viernes, 17 de marzo de 2017

Héroe de guerra

Prólogo
 Siempre odié el ruido que hace la puerta de entrada del depósito al abrirse. Reproduce un chirrido insoportable, casi irritante. Caminé deprisa por el pasillo, el interminable trecho hasta las escaleras. Antes de subir replanteé mi situación, pero casi de inmediato huí de esa idea y subí los peldaños. 
 Una vez llegado al primer piso, caminé siete pasos por las baldosas repetidamente grises y pequeñas, hasta la puerta de madera que conducía a una oficina y entonces golpeé dos veces. No esperé que me dieran permiso para entrar, abrí y sin pensarlo siquiera una última vez, escupí lo que venía a decir:
-¡Renuncio!

Primer Capítulo: 
Vía de escape
 Son las dos y veinte de la tarde y estoy encerrada en los vestidores. Cierro los ojos con fuerza, como si existiese una vía de escape directa que pudiese regresarme a casa.
 Me encuentro en mi habitación, leyendo un libro de Scott Fitzgerald, mi favorito, escuchando la voz de mi pequeña sobrina preguntando “Estrellita ¿Cuándo vas a salir?”. Rio y vuelvo a concentrarme en las páginas de mi libro. Me encanta estar en este lugar, en la comodidad de lo que es mío y nadie puede arrebatarme. De repente, los abro. Desaparecen mis placeres. Era un sueño precioso y tangible, pero sueño al fin. Sigo atrapada entre estas cuatro paredes, llorando. Aún quedan dos horas y cuarenta minutos para terminar mi jornada e irme.
 Pero hay un problema, no sé qué voy a hacer: tengo claustrofobia.

Segundo Capítulo: 
Zapato y charol
 Me levanté a las ocho de la mañana, al igual que todos los días. Desayuné, me vestí y fui a la tienda de CDs. Como de costumbre el cansancio asomó y me saludo desde su opulento balcón, regañándome por haberme acostado a horas tan tardes (o tempranas) de la madrugada, por lo que, mentalmente, anoté ser más responsable la próxima vez. Claro está que me engañé a sabiendas de que no lo sería.
 La tienda se encontraba en una zona bastante apartada de la avenida principal y apenas unas ocho calles de donde yo vivo. No es muy frecuentada en el barrio, ya que nuestra mayor competencia (conocida como franquicia y con publicidad en diarios, revistas y televisión) está ubicada en un sector mucho más privilegiado que el nuestro y cuenta con etiquetas de recomendación como “Internacional y de excelente calidad con los mejores precios para tu bolsillo” “Atención personalizada e increíble” “Ideal para aquellos fanáticos de la música clásica y de lo contemporáneo” “Vení y descubrilo, no te lo pierdas” y otras galanterías por el estilo.
 “El mundo de la música y el cine sufrió una crisis muy importante- repetía siempre mi jefe- en lo que respecta a la venta de CDs, entradas y productos comerciales. Lamentablemente, la mayoría de la gente no se preocupa por obtener los originales, ni por retribuir el trabajo de los músicos, ni de los actores, ni de todos los que están detrás. Compran duplicados piratas en las calles o lo bajan a través de Internet, porque es fácil, barato y, hasta algunas veces, gratis. Todo el negocio cayó en picada. Por eso la mayoría de las tiendas que seguimos apostando en este negocio, además de vender CDs y DVDs, también lo complementamos con electrodomésticos y cualquier otra cosa para subsistir, porque estás que vienen de afuera son puro zapato y charol”.

Tercer Capítulo: 
Autobiografía de una inadaptada
 Llegué poco antes de las nueve. Me cambié la ropa por la de trabajo y comencé mi rutina laboral. Empaqueté algunos CDs y DVDs antiguos que ya nadie se molestaba en mirar para terminar la devolución que había comenzado el día anterior. «Lamentablemente, clásicos» pensé. Luego controlé las distintas cajas que enviaban las compañías disqueras con sus respectivas novedades e hice un nuevo pedido para reponer el stock faltante de lo que la gente hoy en día escucha y mira (lamentablemente, otra vez, pasé por alto mi fanatismo por los clásicos con total resignación).
 Anteriormente, pensaba que no podía desear algo mejor que vivir entre música y letras. Era un trabajo increíble para alguien como yo, que adoraba la música con el alma, aquella capas de viajar a cientos de países, por infinitas épocas y regresar como si nunca hubiese extrañado nada. Estaba, como había oído decir, “en mi salsa”. Pero ahora, en cambio, podía resultar realmente tedioso e insoportable el tiempo que transcurría allí, no tanto por el exceso o la escasez de ventas, si no, por el abuso o falta de compañerismo.
- Ahí viene “Rompo-todo-lo-que-toco”- oí decirle a Diego, entre risas, cuando me dirigía hacia él para entregarle el remito que debía revisar y cargar en la base de datos.
-¡Advertencia! Tenemos un fenómeno en el pasillo número tres. Repito, pasillo número tres- se burló Ariel, como siempre imitando un megáfono con ambas manos y reproduciendo sus palabras en un tono ensordecedor.
-Gente con celulares, tablets y cámaras por favor abstenerse a fotografías por el momento. Es por su propia seguridad. Si la ven, aléjense inmediatamente- retrucó Diego.
 «Estúpidos» pensé para mis adentros. Demasiado raro hubiese sido verlos en desacuerdo en algo. Eran carne y uña, inseparables, incluso para molestarme. No les contesté y le dejé el papel arriba del mostrador. «Ya está, doy media vuelta, los ignoro y sigo con lo mío. No es tan difícil». Me concentré inútilmente en seguir mi propio consejo.
-Si vas a romper otra estantería por favor avisanos con antelación.
-Pensar que tengo un palo de golf guardado y sin estrenar en casa... Podes pedírmelo cuando quieras.
-¿Seguro que es lo único guardado y sin usar?- respondí en voz baja mientras caminaba por el pasillo.
-Eh, alto ahí- Diego se adelantó y se detuvo delante de mí, acorralándome con sus ojos negros y desbordados de furia- ¿Qué acabas de decirme fenómeno de circo?
 Me paralicé por un instante. No le tenía miedo, ni mucho menos, pero una sensación de escalofrío me advirtió que debía replantear mi situación.
-Nada- le respondí.
-Ah, con que ese es tu juego ¿Eh?. Primero arrojas la piedra y después escondes la mano.
- Es una pobre cobarde- Acotó Ariel por detrás.
-Primero juega al gallito ciego y no nos invita. Luego se la da de lista y no comparte su astucia. ¿Qué esto, la autobiografía de una inadaptada?
-Muy buena Die- Remarcó nuevamente el estúpido de Ariel mientras se reía y aplaudía estrepitosamente.
 Intenté escaparme de su presencia por un costado, pero no me dejó.
-Eh, ¿A dónde te crees que vas?
-Tengo que seguir trabajando, correte- respondí en seco.
-¿Perdón?¿Esa es tu forma de pedir un favor?
-No es ningún favor, dejame ir idiota- Sin quererlo puse demasiado énfasis en esta última palabra.
-No me gusta el tono que estás usando conmigo nena.
Agarró un mechón de pelo del lado derecho y lo tiró con fuerza hacia abajo.
-¡Ay! ¿Qué estás haciendo? ¡Soltame!
-¿Qué me dijiste?
-¡Soltame! ¡Déjame en paz!
Intenté apartar su mano de mi pelo.
-Que sea la última vez que me hablas así ¿Me escuchaste?
 Susurró tan cerca de mi oreja, que un nuevo escalofrío arremetió contra mi cuerpo.
-¡Respondeme!
 Lo hice. Le escupí directamente y sin escrúpulos en el ojo izquierdo y, cuando me soltó para limpiarse aquella insolencia, no lo dudé un instante, le di un puñetazo en la cara, que lo hizo girar como una calesita, y cayó inconsciente en el suelo.

Cuarto Capítulo: 
Piel ajena
 Para mi poco asombro quedé suspendida durante tres días por agresión física y con un ultimátum de despido si ocurría algún otro inconveniente similar dentro del establecimiento. 
 Cuando volví a trabajar todos se habían apiadado del enorme moretón en la cara del “perjudicado”. Escuchaba como Ariel le decía a mi jefe en voz baja pero lo suficientemente alta como para que yo lo escuchará: “Ahí viene la loca que arruinó el rostro de Die. Cuidate, a ver si prueba boxear con tu cara también” “Yo sabía que era rara, viste. Parecía inofensiva a simple vista, por eso la contraté. Pero ya sabes lo que dicen, esas son las peores”.
 Poco debían de saber, pensaba yo, cómo es realmente una persona, juzgando por lo que aparenta ser.
 Nunca me preguntaron siquiera algo tan sencillo como por qué lo había hecho. Ariel lo sabía de todas formas. Pero no lo justificó, sé que estuve mal. Jamás hice algo parecido. Estaba totalmente en contra de cualquier manifestación de violencia; pero no me arrepiento, se lo merecía. 
 Soportaba su acoso desde la mañana hasta la tarde, cada semana. Tomaban cualquier defecto o error que cometiese y lo estiraban hasta que me dolieran las entrañas o me sangraran las heridas.
 Incluso empecé a desarrollar trastornos del sueño, como el insomnio. Durante varias noches no pude dormir, porque cuando lo hacía soñaba que seguían humillándome y riéndose de mi. Despertaba sin aliento de aquellas pesadillas, y ya nunca pude descansar sin temor a ellas. 
 Odiaban profundamente que me fuera mejor en ventas o que obtuviera comentarios agradables por partes de los clientes. La competitividad sumado a la envidia les corrompía y hacia estragos en sus estúpidos orgullos y yo pagaba el precio más alto por ello. Mi ánimo, alegre y pacífico, se teñía, en menos de un minuto, en agresivo y pesimista; como alguien podía cambiar sencillamente de opinión en un instante.
 "Son palabras que nada significan - me retaba mi hermano Javier- Al aceptarlas como verdaderas no haces más que atribuirles dicha a ese par de imbéciles”. No era tan simple para mí ignorarlas, como lo era para él escucharlas pronunciar desde mi boca; estas no dejaban marcas en piel ajena, pero acumulaban huellas en la propia.  

Quinto Capítulo: 
Susurros de nadie
 Una semana después de que todo volviera a la “normalidad”, es decir, que todo siguiera su curso sin el agobiante chismorreo que volvía a ser susurro de nadie, yo trabajaba con total indiferencia fingida.
 Volví a la rutina de empaquetar discos y separar y controlar novedades, sin prestarle demasiada atención a Diego y al gigantesco y asqueroso moretón que lucía en su cara. Pensé en vano, en una precipitada perdida de mi cordura, disculparme con él por la agresividad de mi respuesta, y que la “víctima” me retribuyera con las mismas (y merecidas) disculpas, no sólo por su agresión si no también por su falta de respeto y humillación continua. Ambos resultaríamos victoriosos, o al menos eso creía yo, pero nada de lo anterior se llegó a concluir jamás. 
 Aun podía oír claramente como susurraban insultos o frases despectivas hacia mi, pero para nada me sorprendían. Incluso, después de dos semanas, era visible la marca que llevaba Diego en el ojo izquierdo, pero éste lo hacía con tal orgullo y altanería de quien es capas de compararse con un héroe de guerra o llamarse así mismo “sobreviviente” de una brutal y sangrienta batalla que no dio tregua.
 Los intentos por mantenerme fuerte y segura resultaron en vano. La poca paz interior que lograba conservar por aquellos días se sacudía de inmediato, dejándome en suelo poco firme y al desnudo, cada vez que lo veía acercarse o lo escuchaba pronunciar mi nombre.
 Mi ánimo estaba deshecho. Me abandonó, al igual que los gorriones abandonan un atardecer de verano, buscando refugio en mitad de una noche oscura, clamando piedad en las frágiles ramas de un viejo árbol.

Sexto Capítulo: Mundos paralelos
 Traté de evitar su arrogante mirada y sus comentarios despreciables durante el resto de la semana siguiente y mantenerme impasible; pero el miércoles, a la hora del almuerzo, no pude evitar colisionar contra uno de mis mayores temores.
 Solíamos turnarnos, mientras uno almorzaba, los otros dos restantes se ocupaban de la atención de la tienda y viceversa, hasta que concluyera el descanso. Yo me quedaba en los vestidores (un lugar bastante reducido), disfrutando de esos cuarenta minutos que se esfumaban de inmediato, donde, además de comer, leía una novela o escuchaba música. Cualquier cosa que me distrajera y pusiera mi mente en blanco era bienvenida. Fueron esas mismas distracciones las que cegaron mis sentidos y apartaron de mis pensamientos la gravedad de la situación que estaba ocurriéndome en aquel lugar.
 Todos los tardes dejaba la puerta con una abertura bastante amplia para que entrará el aire y así apartar de la habitación mis temores. Nunca cerraba con llave, ni dejaba que nadie lo hiciera mientras yo estuviese allí. Todos lo sabían y estaban informados de los delirios que me producía una situación contraria. Hace dos años había sufrido un ataque de claustrofobia (el primero de muchos), al quedarme encerrada durante tres horas en el ascensor de un supermercado, por un corte de luz general.
 Fue el peor día de mi vida y, por mucho que desee quitarlo de mis pensamientos, no puedo olvidarlo. El aire me asfixió, no sabía cómo podía hacerlo si ni siquiera lograba respirar. Mi corazón corría a toda velocidad por el primer lugar en un maratón, mi cuerpo temblaba y sudaba peligro a cada minuto. Mi cabeza se encerraba entre ideas de pánico, terror y oscuridad. Tuve tanto miedo que, cuando me rescataron, no salí durante dos semanas de casa, creyendo que aquella espantosa situación me perseguiría incluso hasta en un espacio abierto.
 Desde entonces, mi temor hacia los lugares pequeños y cerrados aumentó. Sufría horribles pesadillas al escuchar cerrarse un picaporte; ir de compras o estar en un lugar reducido era una tortura; incluso tomar un ascensor desapareció de la lista de atajos para siempre. Había olvidado que existía otro mundo, un mundo paralelo, al que ya no podía pertenecer. Me aseguré de recordar las reglas que exigía este, al que apenas estaba aprendiendo a conocer.
 Aparté la vista del libro “A este lado del paraíso” y revisé el horario en la pantalla de mi celular. Aún me quedaban diez minutos para descansar antes de volver a empaquetar cajas y más cajas. Aproveché aquel intervalo de tiempo para cambiar de canción por una menos deprimente y romántica, y mientras lo hacía, extrañamente, advertí que algo estaba mal en aquella habitación, como si el aire empezará a pesarme alrededor. Giré mi rostro instintivamente hacia la puerta y noté que estaba diferente a como yo la había dejado. Alguien la había cerrado.
 Sin pensarlo dos veces, me deshice de mis auriculares y de mi libro y corrí directamente hacia la entrada del vestidor y pulsé el picaporte hacia abajo, en un intento de abrirla. Pero no funcionó. Lo intenté una segunda vez y, luego, una tercera. Empecé a desesperarme. Me había quedado encerrada. Golpeé frenéticamente y grité “¡Auxilio!¡Que alguien me ayude, por favor, estoy encerrada!”. Nadie me oía, era inútil. El vestidor se encontraba al final de un pasillo, en frente del depósito, ambos detrás del local.
 El aire comenzó a asfixiarme y el sentimiento de pánico tiño por completo la habitación. El terror volvió a apoderarse de gran parte de mi mente hasta convertirse en caótica desesperación y mi cuerpo reaccionó a tal situación con movimientos bruscos, temblores, llanto, sudor, agonía. Yo sabía perfectamente que estas sensaciones no existían, que habían sido creadas en el interior de mi mente como una respuesta de alarma ante el peligro y traté con todas mis fuerzas calmarme y repetirme “Es todo irreal, no existe”. 
 Me volví pequeña e indefensa y deseé estar en cualquier otro lugar. Cerré los ojos y me transporté hacia el cálido refugio de mi habitación.

Séptimo Capítulo: Color negro
 No sé cuánto tiempo estuve delirando, no pude pensar con claridad. Había olvidado que disponía de un teléfono celular, con el cual hubiese resultado ilesa con tan sólo una llamada. Quería escapar lo más rápido posible de allí, no me importaban los riesgos que debía tomar. 
 Levanté la vista hacia la pequeña ventana que asomaba en la esquina superior del lado derecho y no dudé un instante. Me sequé las lágrimas, silencié mis sollozos y me abalancé sobre ella.
 Trepé por los casilleros abiertos que nadie utilizaba del mueble metálico (donde cada empleado guardaba sus pertenencias) y, una vez de pie en él, rompí el cristal de la ventana de una patada. No traté de evitar los restos que podrían lastimarme y me lancé, desesperadamente, hacia el otro lado.
 Caí de costado, encima de cientos de pedazos de cristal, a unos tres metros de altura, ahogada en llanto y gimiendo terriblemente de dolor. Perdí el conocimiento unos segundos después y me sumí en un sueño profundo y tranquilo. 
 Todo lo que recuerdo luego es de color negro.


  Octavo Capítulo: Inconsciente y afortunada

 Desperté en un hospital, en una habitación pálida y luminosa, sin poder moverme, con tubos largos y finos entrando y saliendo por varias partes de mi cuerpo.
 La primer persona que vislumbré cuando logré esclarecer mi vista fue a mi hermano Javier. Estaba con su teléfono, distraído en alguna placentera conversación. Lo vi sonreír, ameno, gesto muy raro en él. Siempre fue una persona relativamente seria.
 Cuando percibió que alguien lo estaba observando giró su rostro hacia mi. Se sorprendió, y lo primero que preguntó fue cuánto tiempo llevaba despierta. Después de responder y esclarecerle algunas dudas de por qué me había lanzado de una ventana a semejante altura, me informó que hacía catorce horas seguidas que no paraba de roncar. Me reí y el dolor se transmitió a cada parte sensible y adolorida de mi cuerpo. Otra vez, noté algo raro en él. No era una persona de chistes.
 Me enteré luego por el médico de guardia que había sufrido graves lesiones en gran parte del lado izquierdo del cuerpo, pero que había logrado, milagrosamente, sobrevivir a la caída sin fracturas mayores, ni derrames cerebrales, ya que al arrojarme en la posición “fetal”, inconscientemente, resguardé el cráneo de sufrir un impacto mayor del que hubiese tenido en caso de haber caído de espaldas, y que, afortunadamente, logré amortiguar el golpe con el brazo. Además, me advirtió que necesitaría entre diez y catorce días de reposo para reponerme, pero que probablemente si seguía como hasta ahora, mejoraría muy pronto.
 Podía jurar que iba a tener mucho más tiempo del previsto por el médico para reponerme física y mentalmente de aquella situación tan perturbadora.

Noveno Capítulo: Vuelo del gorrión
 Trece días después, cuando me sentí completamente apta y sin temor de salir públicamente, regresé a la tienda de CDs. Una leve carga de peso se ponía en evidencia entre mis pensamientos y cada vez me oprimía con mayor presión. Necesitaba deshacerme de ella antes de que olvidará la razón por la que había ido hasta allí.
 Me había enterado previamente, cuando regresé de hacerme los estudios de revisión en el hospital, que la puerta del vestidor había sido cerrada con llave intencionadamente mientras yo estaba dentro (¡Qué novedad!). Mi hermano me relató la situación de cómo lo supo: “Ariel vomitó la confesión. Casi tuve que agarrarlo de las narices. Fueron esos malditos hijos de puta- dijo furioso- Si no me separaban a tiempo, lo mataba” y yo pude adivinar fácilmente que lo habría hecho.
 Cuando llegué nadie esperaba encontrarse conmigo. Saboreé ese momento como si esta vez el héroe de guerra fuese yo. Me acerqué a Ariel, desvió la vista hacia abajo, arrepentido, con notables horas de insomnio sufridas por la carga de conciencia. Vi la espantosa vena que sobresalía de su frente cada vez que se ponía nervioso. Le pregunté si me había extrañado y no supo que responderme. “Cobarde”, pensé.
 Luego, le pregunté lo mismo a Diego. No había rastro de arrepentimiento en aquel ser endemoniado. Me miró fijo unos instantes, rebosante de superioridad y me respondió “Por supuesto, temía que fueras a morir asfixiada. Lástima que olvidé que había una ventana”. “Hijo de puta” pensé y le escupí, por segunda vez, directo en el ojo izquierdo.
 Tenía al culpable de todas las cicatrices de mi cuerpo y de mi salud mental frente a mí. Podía haber reaccionado peor que la primera vez y darle un segundo y, hasta incluso, un tercer puñetazo (en parte, lo deseaba) pero no estaba a favor de la agresión como expresión del ánimo y no quería rebajarme nuevamente a su nivel. Lo máximo que me permití fue escupirle, signo claramente visible de que me desagradaba completamente.
 Cualquier otra manifestación como respuesta hubiese desencadenado una primera plana del diario local con el título “Agresión y espanto: música para matarse”. No pude resistir aquel pensamiento y me marché directo hacia el depósito.
 Golpeé dos veces la puerta de madera, segura de mi decisión, y cuando abrí sin esperar contestación, mi jefe estaba sentado frente a la pantalla de televisión esperando que le dijera porque había interrumpido su glorioso partido de fútbol. Lo adiviné por su cara torcida, la única expresión que podía apreciarse de aquel ser humano si se metían con algo relacionado al fútbol o a las telenovelas que miraba durante la tarde. 
 Me coloqué frente a él, obstruyendo la pantalla, sin importarme las consecuencias. Miré fijamente sus ojos que también me miraban recíprocamente, desprendiendo chispas de ira y, sin más vueltas, antes de que se prendiera fuego totalmente, le grité: ¡Renuncio!

Capítulo Final: Héroe de guerra
 Y aunque no me sienta del todo orgullosa, si no, en parte, un poco cobarde por huir de los problemas también debo confesar que me siento valiente, libre y feliz por hacer uso del punto final. 
 Aprendí a valorarme y decir basta a tantas calamidades que venía soportando. Ninguna cifra elevada se podría comparar con la inigualable sensación de haberle escupido la cara a Diego o haber gritado “¡Renuncio!” frente al alfeñique enfurruñado de mi jefe. 
 Salí por la puerta principal como una verdadera “sobreviviente”, luego de haber abandonado para siempre ese desagradable lugar, repleto de, como dice mi hermano Javier, “Malditos hijos de puta”.

domingo, 5 de marzo de 2017

Punto final

-¿Jura solemnemente decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?
-...
-Repito ¿Jura ante mí, la ley y Dios decir toda la verdad?
-…
-Joven, debe responder.
Levanté la vista.
-Debemos seguir con el procedimiento, para eso fue citada, luego podrá irse ¿Lo entiende? Es su obligación como civil aportar claridad al asunto, jurar honestidad en su declaración, decirnos la verdad. ¿Comprende?
Suspiré. Lo comprendía.
-¿De qué verdad me está hablando?

 Un oficial esperándome en la entrada. Una escalera caracol con desembocadura en una sala de espera. Hombres hambrientos de pena, hombres satisfechos de culpa. Teléfonos sonando, teléfonos siendo contestados, teléfonos descolgados. Papeles amontonados en mesas, sillas, muebles. Olor a café por doquier, olor a una preocupación interminable. Preguntas esperándome. El tic tac del reloj matando lenta y dolorosamente la quietud del silencio. No sé que diablos hago acá.

 Llegué a las ocho y cincuenta y ocho minutos. Dos minutos antes que la hora citada. Aún conservo la manía de la puntualidad, desde que mi papá hace algunos años cuando nos dirigíamos al teatro a ver (o debería decir a casi experimentar) por primera y última vez a mi hermana actuar en “Les Miserables”, me dijo que llegaba siete minutos de retraso. "Nadie tiene porque esperarte¡Ni siquiera yo!- gritaba enfadado mientras me señalaba con su dedo índice- Me perdí el principio de la obra por tu estupidez, ahora no quiero quedarme para ver el final. La noche está arruinada y es tu culpa”. Sus palabras, como espinas, se adentraron en mi interior. Desde entonces, nunca llego tarde a ningún lado. Mi papá nunca me lo perdono. Mi hermana tampoco.

 Un oficial bastante mayor (por no juzgar de anciano) vestido completamente, de pies a cabeza de negro, me recibió en la puerta. Le dije mi nombre y a qué venía. Escuchó con atención. Le pedí amablemente que me dejara pasar, tenía un asunto que resolver. Abrió la puerta mirándome de soslayo, pensativo, como si no lograra entender que hacía alguien como yo ahí; leyendo entre líneas mi pedido, descifrando qué asuntos debía aclarar. Yo tampoco lo entendía.
 Me condujo por unas escaleras en forma de caracol hacia el primer piso. Varios hombres, al pasar, me observaron con hambre voraz. Yo seguí inmutable. Detrás de un mostrador, en la sala de espera, un joven estaba sentado hablando por teléfono. Vestía una remera azul y un par de jeans ceñidos. Mi mente empezó a divagar, y distraídamente comencé a contar los teléfonos que estaban a la vista. En total eran cinco, tres descolgados, uno sonando incesablemente (¡Fastidiosamente!) y otro siendo contestado por él. Cuando termino, se acercó. Saludo amablemente y me preguntó mi nombre. Acto seguido me pidió mi documento de identidad. Además de entregárselo, le devolví la carta que había llegado a mi domicilio y que recibió mi padre. Por supuesto, otro drama se desarrolló en el comedor aquel día. Él dijo: “¿Cuándo vas a dejar de meterte en problemas?¿No ves que con vos es suficiente?” “Cálmate. No son míos, viejo” “Pero son problemas. No huyas cobarde” respondió.
Y hasta esta oficina me trajeron sus espinas venenosas.
“En un momento te llaman, ¿Sabes?” Las palabras del joven me trajeron de regreso a la Tierra. Volvió a acomodarse en su asiento y teclear un sin fin de letras que poco interés generaban en mi.

 Mientras tanto, me preguntaba que hubiese ocurrido si no seguía mi sentido de la cordura y mi buena fe. Siempre tengo que ser correcta ¿Para qué? Tal vez, simplemente, hubiese recibido otra carta y mi padre volvería a reiterar que soy una irresponsable busca problemas y yo lidiaría con sus comentarios un día, dos a más tardar. Quizá me hubiesen impuesto una multa de una suma importante, la manera más rápida y eficaz de solucionar los problemas y ni siquiera hubiese tenido que soportar a mi padre y a su mal genio. Mejor aún, un par de meses detenida por incumplimiento de la ley no resultaría un inconveniente para mi, incluso lo gozaría. Podría haber sucedido cualquier cosa insignificante, hasta la nada misma, y ahorrarme todo este mal paso. Pero estaba ahí, de frente a mi responsabilidad, como respetable ciudadana. No podía huir hacia ninguna parte, y si lo hacía...¿Hacia dónde? Me toparía con un escritorio, caería por las escaleras caracol, quedaría atrapada entre los pies de un oficial. No podía hacer uso de mi cobardía con total ímpetu.

 Por fin pronunciaron mi nombre, después de un largo uso de mis pensamientos rebeldes y una joven, de treinta o treinta y cinco años, alta, de pelo largo y oscuro, de pechos prominentes y piernas infinitas abrió la puerta y me condujo por un pasillo corto hacia otra oficina. Me informó que enseguida su compañero me tomaría la declaración. Luego se retiró.
 Me senté y esperé. Volví distraídamente a contar los teléfonos de aquella oficina. Sólo encontré dos. Me pregunté que manía estaba desarrollando con respecto a la cantidad de teléfonos incorporados en un espacio sencillamente reducido.
Mis pensamientos fueron interrumpidos.

-Hola, mi nombre es Benjamín González. Soy quien te tomará declaración de los hechos presenciados respecto al trabajo de investigación que realizó la policía de drogas ilícitas. Espero que esté lista. Un gusto.
 Estrechó su mano. Le respondí el saludo. Por supuesto, lo último que esperaba es que fuese un gusto.
-Lucía ¿Verdad?- me preguntó.
 Asentí. Me ruboricé inoportunamente. Una pequeña curva tímida, muy parecida a una sonrisa naciente, se deslizo en mi boca. Tenía enfrente a un joven atractivo haciéndome preguntas que pocas ganas tenía de responder. Quería hablar de otras cosas, charlar animadamente de trivialidades. No imaginé cruzarme a alguien de su tipo un día como hoy, ni nunca en este lugar.
 Comenzó con la típica frase que requiere una ocasión como está “Jura decirnos toda la verdad y nada más que...” Pero ¿De qué verdad me está hablando? Pensé. Afortunadamente, para mi humilde valentía, también lo dije en voz alta.
-El proceso de declaración consta de lo siguiente: es necesario que relates algo de lo que recuerdes del día veintiuno de febrero cuando fuiste tomada como testigo de un proceso judicial por allanamiento de drogas.
-¿Solamente algo?
-En realidad, cualquier dato es útil, pero es preferible que relate la situación de la manera más clara posible. Si ante alguna pregunta no recuerda la respuesta puede responder “No lo recuerdo” y no habrá inconveniente.
-Lo recuerdo todo- respondí firme y autoritaria, convencida de mi buena memoria.
-En ese caso, prosigamos. ¿Dónde fuiste interceptada por el auto policial primeramente?
-En la calle Mitre, a dos cuadras de la estación de tren de Ramos Mejía.
-¿Recordás la hora?
Como si nunca la hubiese olvidado.
-Alrededor de las cuatro y media de la madrugada.
-¿Cuántas personas se identificaron?
-Sólo dos. Un hombre y una mujer.
-Y te ofreciste amablemente para empezar el procedimiento ¿Correcto?
No podría haber estado más lejos de la realidad.
-Me negué rotundamente. Discutí con el hombre de uniforme y cédula policial alrededor de media hora, hasta que se hartó de mi. Luego discutí con su compañera, la señora de “Tengo cara de pocos amigos” hasta que me dejó hablando sola, luchando contra mi obligación como ciudadana y peleando absurdamente por mis derechos como la misma. De nada sirvió tanto parloteo, estaba actuando en contra de la ley.
Benjamín dejo entrever una sonrisa. Me alegré de mi terquedad y volví a sonrojarme.
-Luego ¿Qué paso?
-Llamé a la comisaría y repitieron exactamente lo que acabo de decirle. Esperé aproximadamente quince minutos más hasta que los móviles policiales llegaron al lugar del encuentro y me trasladaron hasta el departamento de investigación de drogas ilícitas y crimen organizado.
-Aguarde un momento.

 El sonido de las teclas reproducidas a una velocidad inexistente, más los murmullos de Benjamín que repetían exactamente lo que acaba de relatar, sumado a la sensación que me producía el movimiento de su boca, colisionaron caóticamente en mi cabeza.

-Esta bien, prosiga.
-No tenía otra opción más que cooperar. Quería irme a casa, aunque no deseaba darme por vencida, pero estaba cansada de pelear. Requerían de mi responsabilidad de observación, así que cedí. Tomaron mis datos y me condujeron de nuevo hacia la salida, para que revisará enteramente el baúl de un auto con el cuál iban a transportarme hacia el lugar del allanamiento.
-¿Qué se encontró dentro del auto?
-Absolutamente nada.
-¿Cuánto tiempo transcurrió hasta llegar al lugar del allanamiento?
-Aproximadamente dos horas. Esperé dentro del coche hasta que dieron la orden de salida.
-Continúe.
-Nunca mencionaron hacia dónde nos dirigíamos. Esa falta de información me mantuvo intranquila. Dos oficiales, que debían asegurarse de protegerme durante todo el viaje, tampoco lo sabían. Esperaron a arrancar el coche y conducir ciegamente, sin rumbo fijo, siguiendo a una fila de autos ordinarios que en realidad camuflaban a los agentes.
-Nunca le dan esa información hasta el momento de proceder. Están, disculpe la expresión, al desnudo al igual que usted respecto hacia donde se realiza el operativo.
 Me gusto tanto aquella expresión que no pude evitar sonrojarme. Me hubiera encantado desnudarme ahí mismo.
-Una vez llegados al lugar, varios oficiales se bajaron de los vehículos. Yo seguí dentro, muerta de miedo, adivinará. Calculé que habíamos conducido alrededor de unos cuarenta minutos. Por las descripciones del paisaje a mi alrededor no era una zona que haya concurrido antes. Ni me hubiese agradado hacerlo, con total sinceridad. Esperé hasta que hubiese estado todo “bajo control”. Diez minutos más tarde me encontraba en el interior de un barrio llamado “Puerta de Hierro” de Isidro Casanova, caminando por un sendero de tierra con salidas angostas hacia cada lado, y un sin fin de casas a mi izquierda y mi derecha, todas de ladrillo y chapa, muy humildes, mientras fijaba el rumbo hacia adelante. Me detuve frente a una de ellas y entré acompañada de un agente. Un grupo de oficiales estaba allí reunido. Acababan de detener al matrimonio que vivía allí junto a su hijo pequeño, de diez u once años (supuse yo), que los acompañaba como si fuese algo “casi normal”.¿Me explico?
-Por supuesto. Cómo si sucediese siempre y estuviera acostumbrado.
-Exacto. Después de todo, lo único realmente espantoso del proceso fue haber visto a esa pequeña criatura ignorando el futuro de sus padres y su propio destino.
-¿Qué sucedió luego?
-Lo que cualquiera hubiese esperado. Leyeron los derechos de los acusados y comenzaron a actuar de acuerdo a los procedimientos que usted tan bien conoce y tan bien desconozco yo. Me pidieron que estuviera atenta, que observará minuciosamente. Por supuesto, no había ido hasta allí y peleado con dos oficiales sólo para estar de decorado únicamente. Empezaron por la cocina comedor, luego las dos piezas, el baño y por último un cuarto de trastos viejos.
-¿Recordás si encontraron algo fuera de lo común?
-...

 Aquella pregunta encerraba una respuesta. Él lo sabía al igual que yo. Pero no me atreví a confirmar su sospecha. No sabía exactamente de qué lado estaba. Quiénes eran los buenos, quiénes los malos. ¿Debía elegir formar parte de unos y olvidarme del resto? Sabía muy bien que no lo haría. No quería girar a la izquierda, ignorar los riesgos y darme cuenta tarde que el camino no conducía hacia ninguna parte. Tampoco virar a la derecha si aquel era un trampa y sólo me haría sentir culpable.

-Repito-Aclaró su garganta- ¿Encontraron algo inusual en alguna de aquellas habitaciones?

 Ese era el dilema que no me permitía avanzar. Debía creerle al hombre acusado, un civil común y corriente como yo, que me ofreció un vaso de agua y me dijo “Son unos farsantes todos estos. La semana pasada hicieron el mismo allanamiento, me revolvieron todo y como no encontraron nada me robaron un helicóptero a control remoto que le regalé a mi hijo. Eso si, no sé como van a hacerlo funcionar. Se olvidaron el control remoto los imbéciles”. O debía creerle a la policía, al organismo a quien acudía en caso de estar en alguna emergencia. Cualquier persona optaría por convencerse de lo que es más simple y lógico en estos casos. Para mí resultaba imposible. Ellos me decían “Este hombre se la pasa inventando disparates. Está acusado por dos causas distintas: una, tráfico de drogas, la otra, homicidio” “¿Tienen pruebas afirmativas de que haya asesinado a alguien?” les pregunté. “Están siendo investigadas, pronto lo sabremos. Pero estamos casi seguros, fue él” contestaron.
 ¿A qué lado podría girar sin equivocarme?¿Izquierda? ¿Derecha? ¿Y si no quería estar de ninguno? Me hubiese gustado retroceder y no haber salido a caminar sola durante la noche. Me sentía exhausta. Deseaba volver a casa, descansar y levantarme para enfrentar un nuevo día en mi aburrida vida laboral.

-No recuerdo- contesté.
 No sé por qué lo dije sin reflexionar en las consecuencias que tendría. Las palabras salieron de mi boca, como dardos sin control, apuntando directo hacia al blanco.
-Señorita, usted firmó un documento judicial en presencia de agentes policiales afirmando que vio la prueba del delito. ¿Está usted diciéndome ahora que no lo recuerda?
 Aquella frase cambió el rumbo de la conversación. ¿Qué paso con aquello de “Si no lo recuerda no hay ningún inconveniente”? Ya no me interesaba charlar de absolutamente nada con el sujeto que tenía frente a mí.
 Lo único que pensé fue resguardar de todo el caos mi integridad. Lo que creí que era honesto, tal vez no lo era en absoluto. Los hechos podían haber sido modificados para mostrarme una realidad igualmente alterada.

-Estoy diciendo exactamente lo que escuchó.
-¿Sabe usted que omitir información, o acaso oponerse a decir la verdad de lo ocurrido y tapar los hechos es un delito muy grave?
-Lo sé.
-¿Entonces está segura de que no lo recuerda?- Abrió sus ojos de par en par, esperando que me retracté.
 Lo miré fijamente por unos segundos interminables, hasta que me atreví a romper el silencio. Por supuesto que lo recordaba perfectamente. Pero no pensaba decírselo.
-Si- Contesté.
-¿Si lo recuerda?
-No, afirmaba su pregunta. No lo recuerdo.
-Muy bien, entonces terminamos.
 Se levantó de su asiento. Dio por finalizada nuestra conversación dejándome el peso de mi silencio como una culpa irreparable. Pero yo no pensaba dejarlo ir como si no lo hubiese hecho. Paso la mano por su pelo castaño. Dios estaba tan excitada, tan emocionalmente afectada. Iba a dirigirse hacia la salida cuando...
-¡Esperé!
 Suspiré. ¿Por qué tengo que ser así? La indecisión es mi mayor defecto y mi peor virtud. Siempre hago lo que es correcto, pero ni siquiera mi padre está presente para impresionarlo. ¿Entonces por qué lo hago? ¿Realmente es una carga pesada la culpa?
 Retrocedió y volvió a sentarse frente a mí. Asomó una sonrisa de satisfacción en sus ojos café y en ese instante lo odié.
-¿Qué se olvido señorita?
 Esto ya es algo personal. No me agrado el tono con que dijo señorita.
-Me olvidaba contarle lo que recuerdo, señor- Hice énfasis en la última palabra, respondiendo a su tono de voz desafiante.
-Cuéntemelo entonces.
 Cerré los ojos. Será de la manera en que tenía que haber sido desde el principio. No puedo cambiar los hechos que anteriormente afirmé como verdaderos. Estaba al borde del colapso y sus ojos no paraban de escudriñarme.
-Si recuerdo que paso. Cuando el oficial encargado de la revisión general del lugar empezó su labor, de una manera profesional y detallada, entendí la complejidad del asunto, tanto que logró sorprenderme. La primer habitación fue la del niño. Dio vuelta la cama, volaron sábanas, ropas. Desarmó por completo un par de cajas, vacío todo su contenido y revolvió toda la estantería de libros. No había ventana por donde fluyese el aire, era realmente difícil concentrarse en algo más que no fuese el calor. La humedad era insoportable, al igual que la sensación de estar metida en asuntos que no me correspondían.
 Sin nada más que revisar, pasó a la habitación contigua. Hizo el mismo procedimiento, pero los resultados fueron distintos. Dentro de un par de medias de color azul halló una bolsa transparente muy pequeña, con cientos de papeles diminutos de diversos colores. Dentro había una sustancia de un color amarillo muy claro. Supe una hora después que se trataba de un derivado de la cocaína.
-“Bolsa transparente con pequeños papeles de colores que contenían una sustancia derivada de la cocaína”– Me interrumpió con sus murmullos- Continúe, por favor, si es tan amable.
 Casi pude sentir el sarcasmo de su pedido. Lo ignoré momentáneamente.
-Siguió revisando la habitación. Dentro de un placar encontró nuevamente dos bolsas más con el mismo contenido anterior y, además, dinero en efectivo en gran cantidad. No sé con exactitud cuánto, aunque para mí es irrelevante. En suma también se secuestraron armas y celulares, específicamente seis.
 Benjamín rió.
- “Específicamente seis...”- Repitió, mientras escribía mis palabras sin dejar de mirar la pantalla de su computador- Perfecto. Con esta información ya puedo dar por finalizada la...
-Todavía no acabé.
 Se sorprendió con mi osadía. Separó la mirada de lo que estaba escribiendo inmediatamente. Estaba perplejo. Sonreí para mis adentros.
-Mis disculpas. Continúe, por favor-dijo algo confuso y levanto la mano como gesto intermediario para que terminara mi relato. No esperaba que una jovencita como yo decidiera cuándo hacer uso del punto final ¿No es así, Benjamín?
-Gracias. El hombre acusado estaba convencido de que todo lo anterior no se encontraba allí minutos antes de que los oficiales tirarán abajo la puerta de entrada e ingresarán al domicilio. Gritaba desesperadamente, reiterando una y otra vez “Lo pusieron ustedes, farsantes” “Mentirosos, corruptos. Soy inocente”. Antes de acabar y retirarme del lugar, hubo un procedimiento final para detectar que era aquella sustancia. Si el resultado daba de color azul, al mezclar el contenido con otra sustancia y trasladarla al papel, significaba que era un derivado de la cocaína. En cambio, si el resultado era de color rojo, de la marihuana. Bueno, no necesita que se lo explique.
-Puede explicar lo que deseé.
-Ya lo hice. Lamento no haber sido totalmente sincera la primera vez.
 Realmente me sentí apenada. Había virado hacia ambas direcciones y ninguna tenía un sentido claro para mi.
-No se preocupe, me alegra que haya esclarecido el asunto. Al fin y al cabo por eso vino hasta aquí ¿No es cierto?. Antes de dar por terminada la declaración, ¿Desea agregar algo más?
-No. Eso es todo.

 Se levantó nuevamente de su silla, pero esta vez en dirección a la impresora que estaba detrás de si. Recogió dos papeles y me los entregó.
-Antes de irse, debe leer su declaración. En caso de que necesite modificar algo me lo dice. Luego debe firmar y aclarar aquí. ¿De acuerdo?
-De acuerdo.
 Leí detenidamente ambos papeles. No supe concluir si había obrado o no de la forma correcta y simplemente firmé donde me indicó.
-Muy bien, Lucía. Le agradezco que haya podido sincerarse con nosotros. Somos de los buenos. ¿Sabe?
-No estoy tan segura, ¿Cómo podría saberlo?¿Acaso me diría si fuese de los otros?
 De nuevo, esbozó una sonrisa, pero esta vez demasiado hipócrita para mi gusto.
-Es muy lista, espero que lo sepa. Me alegra haber conversado con usted. ¿Recuerda dónde está la salida? ¿Quiere que la acompañe?
-No se preocupe por mi, González. Si recordé todo lo anterior, ¿Cree usted que olvidaría dónde se encuentran las escaleras que subí hace una hora atrás?
-Tiene razón, discúlpeme. Fue un placer.
-Hubiese querido que lo sea- le respondí.
Y esta vez, no sonrió.



Querido lector: Dejo en tus preciadas manos la llave de mi imaginación, o tal vez la realidad que me tocó vivir, para que virés hacia el costado que más te guste.





domingo, 12 de febrero de 2017

Lágrimas de un sauce

Si no vuelvo a verte más
Igual me levantaría a las diez.
Como hago cada mañana,
cada mes.
Si no vuelvo a verte más
Igual tomaría el mismo tren.
No correría por el de las diez y media
Sé que lo voy a perder.

Las cosas que dejaste en el camino:
las calles, los recuerdos, los amigos
Seguirían iguales, inmóviles
Y yo…extrañándote.

Amor mío, vete ya.
Arrojame al olvido y no mires atrás.
Los has hecho una vez y si hoy te vas,
cubriré las heridas con tinta negra,
como si no lo hubieses hecho jamás.

Amor, si no vuelvo a oír tu voz
Tendrías una llamada perdida
Cada lunes por la tarde,
cada semana en tu corazón.

Y si volvieras a buscarme
(No, sé que no lo harías)
Si te atrevieras a intentarlo
Me hallarías entre las lágrimas de un sauce.

Aquí las cosas empezaron a marchitarse:
Los pétalos de las flores,
los segundos del reloj.
El cielo gris y desteñido,
el cristal hecho añicos.

Amor mío, vete ya.
No demores la despedida
Más difícil será.
Y es a mí…
a quién le duele más.

Y amor, si no vuelvo a verte
Lloraré la vida entera.
Hasta morir y secarme

Hasta morir y encontrarte. 

jueves, 9 de febrero de 2017

Arena y mar

 Fuimos juntos a la playa. Era de noche. Las nubes cubrían parcialmente la claridad de la luna y asomaban pequeños destellos plateados entre las oscuras grietas del cielo. Se aproximaba una despedida descomunal, arrasadora e inevitable y, como si el recuerdo latente de un triste y perdurable adiós nunca antes mencionado destejiera los nudos de mi alma, me preparé para barrer los escombros y convivir con la pena.
Me tomó de la mano, nunca nadie lo había hecho. Fotografié sus ojos con la cámara de mi memoria y grabé para siempre, en los archivos de mi corazón, la magia de su roce. Pronunció una palabra, simple, ordinaria, y rompió el silencio envuelto en nuestras almas. Él dijo “corre” y los dos nos precipitamos hacia el infinito y embravecido mar que se abría ante nosotros, como los pétalos de una rosa negra, y nos regalaba la embriagante dulzura del placer de nuestro primer y último encuentro.


Nunca imaginé que una palabra tan breve podría arrastrar una corriente de sensaciones: incertidumbre, ansiedad, miedo, euforia. No era simplemente una frase que moría en el olvido de los distraídos. Contenía algo más poderoso, como una invitación a la locura, un atrevimiento a la cobardía, una carga de peso vacío, la soltura del dolor que llevaba dentro.


Corre” me repetí a mí misma y no volví a mirar atrás.

La arena penetro en mis pies con tal suavidad que jure nunca más regresar a pisar el asfalto nuevamente. Todo lo que siempre quise estaba ahí, junto a mí, empapándose de mar y locura. De su mirada café desprendían grandes, poderosos y resplandecientes destellos de luz que encendían pequeñas, discontinuas pero sugerentes chispas en la curva de mi sonrisa. No sabía cuáles secretos escondía, ni pretendía descifrarlos. No quería cavar más profundo. Había desnudado mi alma y con eso me bastaba.

Eché la cabeza hacia atrás y deseé que todas las estrellas brillaran, como faroles suspendidos en el cielo, sólo para nosotros. Cerré los ojos para ver más allá de la realidad inalterable y pude imaginarnos bailando en las olas de las casualidades, peleando contra la irreversible marea del destino.
No quise perderme por mucho más tiempo en los laberintos de la imaginación, sabía que el tiempo no me regresaría los segundos inventados y volví a encontrarme entre las grietas de lo que es real y verdadero. Él estaba esperándome en esos huecos y comprendí que era suficiente conservar el reloj intacto sin necesidad de retroceder las agujas.

Abrí los ojos nuevamente y lo vi mirándome con toda la ternura de quién es capaz de soportar el peso de una despedida y camuflarla entre los vestigios de las esperanzas.
Volviste” susurro. “Nunca me fui” le respondí. “Entonces corre y abrázame
Y fui a caer directo en sus brazos.

 Ese era nuestro destino, pensé. Correr hacia ningún lugar, hacia ninguna parte. Huir de lo que tememos para refugiarnos en lo que conocemos. Borrar las huellas, dibujar otras nuevas. Formar parte de todo sin ser dueños de nada. Y en la casualidad perdernos o encontrarnos, amarnos u odiarnos, volvernos locos de remate o cuerdos inestables pero siempre correr, juntos o separados, hacia adelante.


 Yo estaba cansada de correr. Quería parar, detenerme en el tiempo, atreverme a vivir sin necesidad de esperar un futuro que nunca llegaría, ni armar las piezas gastadas de un pasado remoto. Necesitaba el sendero incierto del hoy, para caminar por el asfalto seguro del mañana.
 Quizá fuese el poder de la palabra el impulso que me dio coraje, la invitación a perderme, a caer en las profundidades oscuras de la incertidumbre, o tal vez él, que me invito a soñar despierta, a conversar con las estrellas invisibles y a encontrar suelo firme entre los valles de la tristeza. Él me regalo un instante en el tiempo, la inolvidable imagen del recuerdo. Era él la verdadera magia, la poderosa ilusión de lo irreal, la certeza de lo desconocido. 

 Aquella noche me dijo entre líneas que parara la batalla, que únicamente debía esperar. Susurro: "La ola de la casualidad es la corriente del destino. No existe un final para las almas que buscan reencontrarse”. Yo sólo asentí, quería que siguiera diciendo frases incoherentes, que dibujara borradores de caminos, no me importaba. Quería creer por sobre todas las cosas en la magia de sus palabras. Ojala pudiese retroceder las manecillas del reloj y abandonar la  batalla cuando debí hacerlo, pero no puedo.

 Hubiese deseado quedarme bailando entre las olas de las casualidades infinitamente para volverlo a ver, detener el tiempo y esperar la inevitable corriente del destino y correr. 







martes, 31 de enero de 2017

Desteñido y olvidado

 Durante tres semanas me volví completamente loca. Me paraba frente al espejo, examinaba atentamente a la persona que me saludaba desde el otro lado y me preguntaba si aquella desequilibrada emocional que sonreía mientras lloraba y lloraba matándose de la risa, todo al mismo tiempo, era yo.
Ocultaba mi rostro en las palmas de las manos, como si fuese realmente sencillo esconderse del mundo exterior. Me daba mucha vergüenza actuar así. Y como no podía ver otra cosa que no fuese una sombra negra, las apartaba, para verme de nuevo reflejada en el espejo, y volver a reír-llorar, llorar-reír, infinidad de veces.

 Comía a montones un día, al otro lo escupía todo. Me despertaba abatida por la mañana, me acostaba demasiado exhausta por la noche. Escribía cientos de historias de amor y a todas les cambiaba el final por otro más trágico y verdadero: desamor, engaño, traición, muerte. Después los borraba porque me daba miedo admitir los deseos ocultos que albergaba en mi subconsciente. Luego los volvía a reescribir por algo más fantasioso: finales felices, amor para toda la vida, viajes por el mundo, lunas de miel en Paris. Y cuando estaba decidida a publicarlos y apretar el botón de <<Enviar>> ¡Ay, ay, ay! La realidad me caía como granizo y me aplastaba de golpe. Entonces, devastada, los borraba.

 A veces me encantaba ir a trabajar, me sentía útil para la sociedad. Pensaba “Este es el mejor trabajo del mundo, no podría querer algo mejor”. Otras, en cambio, me sentí completamente un parásito que vivía desperdiciando ocho horas diarias de su vida para una empresa cuyo dueño no conocía, que debía crecer y con los años, si tenía suerte, hacerse multimillonaria. Todo a costo de mi tiempo, mi salud y mi sacrificio. ¿Para qué trabajaba realmente? ¿Por un par de esos arrugados y coloridos papeles? ¿Para comprarme cosas que no necesito? ¿Para vivir o sobrevivir? ¿Para que las empresas compitan, destruyan y se beneficien obteniendo más poder, más dinero, más víctimas? ¡Cuán abatidos debemos estar para que nos engañen con esos disparates!

 Entre esas ideas anticapitalistas que surgían de la nada y esos desequilibrios momentáneos, yo estaba frustrada, ansiosa, triste, preocupada, porque no podía hacer nada para que Andrés me quisiera. De ese amor imposible surgieron todas las agonías que dejaron en ruinas a mi pobre y frágil corazón. Mi problema no era querer a alguien que no me quisiera. Mi problema residía en que él no me diera la posibilidad de hacerle cambiar de opinión.
Andrés estaba perdida y equívocamente enamorado de Samanta. Era el error más grande que pudiese cometer, porque además de que lo utilizara como un placer carnal de fin de semana, le estaba entregando su alma. Él era consciente de eso, pero no le importaba.
Ella no podía ver más lejos que un peinado bonito y un par de bíceps y tríceps bien marcados. Ni de chiste pensaba mantener una relación a largo plazo con ese extravagante ser humano que hacía el amor estupendamente. Excepto por los ojos verdes aceituna de Andrés, esos sí que eran una maravilla, casi inexistentes. Uno podía verse reflejado en esas aguas tan profundas, pero no había la más remota posibilidad de ahogarse en ellos si él no quería que lo hicieses.

 Yo podía pasar horas y horas contemplándolo en mi mente. Se veía precioso con esa camisa sin mangas de color gris y esos jeans oscuros ceñidos que vestía la primera vez que lo vi.  Podía viajar a Neptuno, ida y vuelta, y enamorarme un poquito más cada vez que regresaba y recordaba a ese sabelotodo, a ese tonto orgulloso que pensaba de una forma tan audaz, inteligente, mordaz, que me dejaba petrificada, sin aliento, cada vez que me declaraba la guerra. Era un soldado sin armas en pleno campo de batalla.  
Conservaba una forma sencilla, despreocupada, casi alegre, podría decir, de ver las cosas. Para él nada tenía sentido más que vivir a su antojo.
Pero sé que en el fondo, bajo la superficie, detrás de los muros que construía, la realidad le preocupaba, no lo dejaba dormir, le retorcía el estómago. Nunca jamás me lo confeso, pero uno podía olerlo, saborearlo, escucharlo gritar con la boca cerrada, salírsele el corazón en un segundo cuando estaba en silencio.

 Andrés, para mí, no era simplemente mi amigo. Era la mejor persona que había conocido en todo el mundo. Vivía con su papá a una cuadra de la estación de Haedo. Alquilaban una pequeña casa, vieja y decrépita con dos habitaciones, un baño y un comedor. Tenía tres perros: Lúa, Mostaza y Frodo. De todos Mostaza era su favorito. Nunca supe por qué.
No era una persona que hablara suficiente de sí misma. Si se preparaba para contarme algo que hasta entonces yo no supiera, me sentía afortunada.
Tenía un año más que yo, trabajaba doble turno en una casa de venta de instrumentos musicales y era quien se hacía responsable de los gastos en su casa. Su papá estaba enfermo, le habían diagnosticado leucemia hacía un año. Los médicos le dijeron que debía seguir el tratamiento de la quimioterapia al pie de la letra, pero las posibilidades de que sobreviva eran muy pocas, tenía un cáncer muy avanzado.
 Él amaba a su papá más que a nadie en el mundo. Lo crio solo desde bebé y nunca lo había escuchado quejarse. De su madre nunca me habló. Una vez, conversando, creí que lo había hecho. Me dijo “Ellos dicen que no tiene posibilidad, pero yo estoy vivo, cuando dijeron que debía estar muerto”.
 Desde el momento en que supe lo de su padre creí que a Andrés también le quedaba poco tiempo. Andrés estaba muriendo.

 Atrás quedaba el chico del bar al que conocí y le fascinaba el rock nacional. Cuando nos juntábamos, siempre salíamos a lugares donde pudiésemos escuchar la buena música (palabras textuales de él), a comer comida chatarra (la mejor, otra vez, según él), y a tomar una irresistible cerveza negra (exquisita, según yo). Él siempre escogía dónde y nunca íbamos a otro que no fuera el lugar en donde nos conocimos. Y yo adoraba que fuese así.

 No nos entendimos muy bien el primer día que coincidimos en el bar. No fue fácil, teníamos opiniones distintas de política, de música y de religión. Ni siquiera nos pusimos de acuerdo en quién debía pagar la cuenta. Pero algo hacía que todo lo anterior fuese insignificante: lo que sentíamos el uno por el otro. Supuse que esa era la razón fundamental de nuestro estrecho lazo, para mí su amistad valía más que cualquier pensamiento contradictorio.
 Me acostumbré tanto a su presencia, a su compañía (y hasta, incluso, a la presencia de ella) que preferí ocultar los sentimientos que afloraban en mi interior y seguí a su lado, tal como lo había hecho hasta entonces.
Algunas veces él mencionaba su nombre en diferentes ocasiones, decía: “Samanta no entiende de música, pero me encanta su pelo” 
“Samanta adora las hamburguesas de soja, no la entiendo” “Si, que sé yo. Es linda, le gusto, me gusta. Simple”
“Simple” pensaba yo. Ojalá fuese simple. No podía imaginar siquiera la sencillez de vivir mi vida sin él.
Volvía a casa con la sensación de que si ella era el papel donde él escribía, yo era el cesto donde descartaba los garabatos, los desteñidos, los olvidados. Y así me sentía. No quería ser un pedazo de papel arrugado en el diario de Andrés. Deseaba ser su historia y que él fuese la mía.
Pero yo era ordinaria, torpe. Era su amiga, aquella que conoció por casualidad y de la que se rio y burló durante quince minutos cuando vio como mi bola de billar trastabillaba hacia la mesa donde jugaba él. Soy bastante mala en esa clase de juegos, necesité aclarárselo y disculparme unas cien veces porque me sentí avergonzada. Hasta el día de hoy cuando lo recordamos se burla descaradamente de mí. Y yo rio y me enojo. Disimulo estar ofendida, pero no lo estoy. Nunca estuve más feliz y orgullosa de mi torpeza.  

 Pero todo cambió cuando recibió la noticia de su padre y con la llegada de Samanta. Nos veíamos menos que antes, hablábamos poco y cuando lo hacíamos él estaba distraído, con la cabeza en el hospital y el corazón en manos de ella. Me consolaba pensar que quizá si le daba todo mi apoyo y  mi amor tal vez él me entregara su corazón. Quería dividir su dolor y cargar con su pena, pero no me dejo.

 Un día, más precisamente un miércoles de primavera, Andrés estaba hablando sobre Samanta. Estaba confundido, creía que la relación no iba a ninguna parte, que sólo estaba perdiendo el tiempo. Yo también lo creía.
En ese instante, la voz de mi conciencia me susurro: “Aprovecha ahora, está confundido, mostrale claridad”. De repente, se encendió una luz, una débil llama. Creí que si no le decía en ese momento lo que sentía iba a morir ahogada en un mar de sentimientos. Mi garganta estaba a punto de explotar. Necesitaba decirle que no dormía, que no podía comer. Necesitaba que supiera que estuve echa un ovillo en mi cama durante tres días; que lloraba como una desquiciada, y que sólo reía cuando me acordaba de él. Quería que supiese que lo amaba.

 Intenté esfumar esos pensamientos y pensar en otra cosa, pero no pude. Había escuchado de boca de algún resignado que entre más luchas por salir más rápido te hundís. Pero yo estaba enterrada en el fondo de mi tristeza y no me importaba nada más que Andrés. Andrés y una pala. Andrés y mi rescate. Andrés mi salvador. Andrés y yo.  

 De pronto, sentí como me desprendía de todos los prejuicios que no me dejaban respirar y vencí el miedo a perderlo. Sin detener ese instante de coraje, vi como mis labios se abrían lentamente como si tuviesen vida propia, a punto de cometer un acto de locura si antes no les ponía un bozal. Y no lo hice.
Lo venía soportando hacía meses, pero ya era suficiente. Tenía que arriesgarme. Estaba harta de que Andrés no pudiese ver lo que era obvio. Samanta esto, Samanta lo otro. Samanta no soy yo. Yo nunca voy a ser como Samanta. Mi pelo no se parece ni de chiste al de ella: lacio, rubio, sin frizz. Mi vida tampoco. Soy un desastre, un pequeño y enredado desastre. Sé que no tengo nada para ofrecerle, más que un par de historias que llevan su nombre y un desgastado corazón que lo adora. Pero sé también que si lo tuviera todo, no querría que se quedara.
 Así, un miércoles de primavera, a mitad de la noche, sin más faros que la luz que emanaba de sus ojos aceituna, lo besé.

 No sé realmente qué esperaba o si de verdad esperaba alguna reacción que no fuese la que imaginaba.  
Al principio se sorprendió, no supuso mi atrevimiento. Me besó durante unos segundos, infinitos… y luego se apartó. Me miró fijamente a los ojos como si quisiera adivinar lo que acababa de pasar, apartó la vista y se alejó unos pasos. Sin voltear a verme, perdido en la confusión de la noche me dijo: “No puedo. Perdón. ¿Qué hice? Me dejé llevar, fue una confusión. Pero estoy enamorado, ¿Sabes? La quiero, de verdad, aunque no la entienda”
-“Yo también te quiero. Y estoy confundida, tanto o más que vos. De verdad, te quiero Andrés” le respondí.
-“No. Basta. No sigas, de verdad, no lo arruines. Tal vez, en un futuro, en algún otro momento…”- me dijo aturdido. Levantó la vista. Sus ojos estaban perdidos tratando de buscar una salida. Sin quererlo, sin preverlo, se posaron en los míos.
-“No lo arruiné. Vos lo hiciste”
Y me fui llorando.

 Hace un mes que no hablo con Andrés. Lo último que le mandé fue un mensaje de texto esa misma noche que decía: “Tal vez, algún día… me ames también” pero nunca respondió.
Yo lo sigo queriendo, incluso más que antes. No sé porque los sentimientos tienden a ser más pesados con la distancia, pero así son y no puedo hacer nada para cambiarlo.

 Todavía sigo escribiéndole historias. Todas llevan su nombre, por supuesto. A veces, cuando estoy por escribir un final trágico, opto por alguno que me guste más, como un final feliz, por ejemplo, de esos que algunas veces si son reales.
 Tal vez cambie la historia y reescriba nuestros destinos, y  haga que su dolor desaparezca con una noticia inesperada, con una posibilidad nula. Y haga que todo vuelva a ser como era antes, de la manera en que fue siempre.

 Quizá algún día Andrés me perdone y me confiese que siempre estuvo enamorado de mí, que me amó desde el primer momento en que vio como mi bola de billar iba a parar directo a su antebrazo. Aunque de seguro se ría descaradamente al recordarlo y yo finja un enojo muy grande como para no hablarle durante un largo rato, pero sólo sería uno pequeño, porque no aguanto estar mucho tiempo peleada con él. Y entonces él decida besarme.

Total Andrés nunca va a saber el final que le inventé,  porque Andrés no lee.