martes, 15 de agosto de 2017

El mejor lugar en el que he estado

 Y lo mejor de todo…
¿Sabes qué fue lo mejor de todo? ...

 Dijiste que nunca habías conocido a alguien como yo. 

Y yo estaba ahí, sentada en un rincón de la habitación, escuchándote. 

 Nos recuerdo caminando por la avenida principal, en horas de la tarde, hablando de todo aquello que nunca hablaríamos con nadie más, cuando de pronto paraste. Te escuché decir “Sos la primera chica que no se detiene a mirar un par de zapatos”. Reí y seguí caminando. Observé mis desgastadas zapatillas, pensando que tal vez durarían un par de años más. Luego levanté la vista. Me detuve justo enfrente de una librería.


 Mencionaste no haber conocido nunca a nadie que cargara tan pocas cosas en una mochila como lo hacía yo. Te pareció extraño que probase el sabor de viajar en solitario y más raro aún, que no sintiese temor de hacerlo. Pero para mi no lo fue. Yo no creo necesitar demasiado. 


 “¿Por qué confiaste en mi?” Me cuestionaste luego, mientras subías un escalón detrás de mi. Y yo te respondí con otra simple pregunta: ¿Por qué no debería haberlo hecho?. 


 Era de madrugada ya, estábamos en silencio. Quisiste saber si alguna vez me quede con alguien en una habitación a oscuras, sin hacer nada más que sólo dormir. Yo cerré los ojos y te dije “Hasta mañana”. Luego los abrí y me encontré haciendo cualquier otra cosa, menos dormir.


 -¿Cuál es el mejor lugar en el que has estado?“¿El mejor lugar en el...?” pensé. Tus palabras se repitieron como un eco dentro mío, incluso hasta el día de hoy lo hacen. Debí responder rápido, seguro que lo hice, sin pensarlo demasiado bien, porque recuerdo no ser lo suficientemente honesta. Quisiera serlo ahora, porque sigue dando vueltas en mi cabeza.
El mejor lugar en el que he estado... estaba pasándome, justo en ese momento. Allí, bajo la luna brillante y el cielo estrellado, en un camino de tierra y de barro, escuchando como rompían las olas el silencio, deseando que nunca acabará.

 Y lo mejor de todo…

 Te dije que nunca había conocido a alguien como vos.
Estabas ahí, sentado en un rincón de la habitación, mirándome. 

 Me recuerdo caminando por la habitación, dejando huellas en el suelo de tanto que ande y ande. Hacía frío y estaba nerviosa.
Llegaste. Hacía más de tres horas que te esperaba ver. 
Y al fin, tarde, pero llegaste.

 Estabas conduciendo, eran las dos de la madrugada. Habíamos dejado atrás el incómodo silencio y la desconfianza. Hablé de mis sueños y vos hablaste de una casa en la playa.

Te confesé un secreto, algo que nunca antes había dicho.
“Estás loca” susurraste.“Ya lo sé. Si no lo estuviese no habría venido” respondí, mientras te reías y yo también. 

 El tiempo estaba pasando y nos dejaba atrás. Era nuestra última noche luego de unos días preciosos. Tomé mi libreta y escribí un par de notas. Las esparcí por toda la habitación, deseando que algún día las encontraras y te acordaras de mi. Aún deseo que lo hagas.   

 Apagaste la luz. Te pedí un favor, que te quedarás conmigo hasta la mañana siguiente. Me dijiste que no hacía falta que lo hiciera, que ni loco me dejarías sola. 


 Lo recuerdo, yo estaba a tu lado cuando vinieron por mi. Te abrace una vez, camine unos pasos, miré hacia atrás y corrí a abrazarte de nuevo.

Me despedí, tenía que hacerlo. Miré por el cristal que nos separaba y te vi. Dije adiós con la mano, lo recuerdo, seguías parado allí. Dijiste adiós con los labios. Sonreí. 

Y lo mejor de todo…

¿Sabes qué fue lo mejor de todo?... 

 Hoy me encuentro a una distancia imposible de acortar, a cientos de kilómetros. Y pienso que tal vez debes estar loco. Debes estarlo por haberme dejado acá. 

 No estoy triste. Simplemente debo acostumbrarme a la idea de que nunca existirá un nosotros para nosotros dos. Y eso no es triste en absoluto. Eso no es decepcionante, no. No es trágico, no es doloroso. 
  Las cosas bellas no duran para siempre, lo sé. Y eso no es triste. Eso no es decepcionante, no. Yo sabía que nada de esto duraría, sé que lo sabías también. Pero aún así, jamás hubiese dado marcha atrás. 
 Viajé quinientos kilómetros sólo para verte, y luego viajé otros quinientos más, para volver y separarnos. Y eso no es trágico. No es doloroso, no.
 Aprendí que las mejores personas están de paso una vez en la vida y luego ya no. Y no podría perder el tiempo en otra cosa más que en apreciarlas, amarlas, recordarlas. Y yo… yo volví segura de haberlo hecho. 

 No puedo deshacerme de las cosas no dichas, por eso decidí escribirte. 

No quisiera olvidar jamás los momentos que compartimos. 
Ojalá vos tampoco lo hagas. 
Espero que sepas que grabarte en papel para mí es mantenerte vivo.

Y lo mejor de todo…

fue haberlo hecho.

martes, 4 de julio de 2017

Café de Starbucks

 La mayoría de mujeres, entre los treinta y setenta años, que visitan la librería “García” donde yo trabajo, eligen, por sobre todas las novedades y autores populares, una historia de amor. De esa mayoría, podría dividir un porcentaje bastante alto en las mujeres que desean una trama sencilla de llevar: un amor prohibido que desafié los límites de la imaginación, una medida justa de historia para ambientar la escenografía y un cierre inesperado pero, claramente, satisfactorio.
Yo lo resumo a un final feliz convencional.
 El porcentaje restante, la escasa minoría- por no decir inexistente- opta por algo más dramático, realista, con más crudeza y, por supuesto, con un final alternativo a lo que ya conocen. Luego vuelven con el libro en la mano, escupiendo quejas, pidiendo devolución, defendiéndose de mis atolondradas preguntas con simples respuestas: “Yo quería algo más… como decirte… ficticio” “Es muy fuerte, necesito algo más light, ya bastante tengo con mi vida”. “¿Ficticio entonces?” pregunto. Todas mis “nuevas ideas” se convierten en una lluvia incesante de granizo, porque nada podría ser más soportable que la realidad misma.
 “¿De verdad resulta más sencillo leer algo totalmente irreal para luego descubrir que nada de eso existe?” Pensé para mis adentros.
 Mientras tanto, sigo buscando entre las cientos de variadas opciones que son más populares, clásicas tal vez, porque ese es mi trabajo en resumidas cuentas: lograr que la gente vuelva a su hogar feliz y satisfecha con lo que compra. A veces resulta más difícil de lo que a simple vista parece.
 Primero es muy importante convencerme de que estoy entregando buen material. Tal vez es un detalle insignificante para un vendedor que desconoce pero yo, aparte de ser profesional, soy amante de la buena literatura. Debo asegurarme que son libros recomendados, con historias que cautivan el corazón del lector. Soy consciente de que no siempre sucede y entonces saco a la superficie mi perfil como “vendedora experta” y actuar de acuerdo a mi profesionalidad. Luego de este primer paso necesito expresarlo con claridad, con las palabras adecuadas para que el cliente se sienta a gusto con mi descripción. Muchas veces logró mi propósito, otras en cambio no.

 Cada martes, de cada mes, Vanesa visita la librería para que le recomiende otra fascinante historia, de esas que tanto le apasionan. Se lleva uno o dos libros- incluso tres en ocasiones- que rápidamente se “devora” (palabra textual de ella) en un par de días. Cuando la veo entrar por el pasillo principal hacia mi sector, realmente me siento contenta. Para mí no es simplemente una clienta, es también mi amiga. Con ella puedo hablar todo el tiempo que quiera sobre los libros que adoramos y sobre los que no, porque ella siempre compra. Es una ventaja de trabajar en este rubro, poder hablar horas y horas sobre un tema fascinante: la literatura. 
 En reiteradas ocasiones la encargada de turno tiene que gritar mi nombre varias veces para que termine con tanto parloteo, pero yo asiento con la cabeza y vuelvo rápidamente a la conversación y le susurro a Vanesa: “Me están cagando a pedos, pero no importa... seguí hablándome de Grey”.
 Es una suerte encontrarla con el mismo entusiasmo cada semana, con la pasión intacta desde la última visita. Todavía conserva esa frase tan genuina que me dijo el primer día que la conocí y que hasta hoy repite cada vez que me ve: “Me recomendás algún libro que no haya leído ya”
Y desde ese día lo hago.
 Vanesa es de la mayoría de mujeres que eligen novelas románticas, pero ella opta por las menos corrientes entre las mujeres de su edad: las que están en el sector juvenil. Nunca vi a nadie adorar de una forma tan especial los libros como los adora ella. Colecciona un sin fin de ellos desde que aprendió a leer; los acomoda por orden alfabético y les echa un vistazo de vez en cuando al volver a su departamento. Incluso llegué a convencerme de que podría tener reliquias, libros sagrados, manuscritos originales y otros cientos aún no publicados entre esos estantes viejos y polvorientos. Pero es simplemente un pensamiento ridículo.
 No hace mucho, mientras hablábamos de nuestros libros favoritos- el mío “El Gran Gatsby” de Scott Fitzgerald- tomando un café en Starbucks (su lugar preferido en el mundo después de las librerías) me contó que estuvo dos días a pan y agua sólo para ahorrar lo suficiente y así poder comprar el libro que tanto deseaba leer “Maravilloso desastre” de Jamie Mcguire . Y que, luego, paso otro día más sin alimentarse por quedarse leyendo ese mismo libro durante doce horas seguidas. Me dijo que esa historia la había escogido a ella. Yo le respondí que estaba loca y ambas empezamos a reír.
 Cuando es mi turno de hacer revisiones y controlar las cajas de las distintas editoriales con sus respectivas novedades, deseo que alguna sea lo suficientemente buena y original como para recomendársela a Vanesa. Cuando sucede y llega el día en que viene a visitarme le hago escoger entre dos opciones irresistibles: “Tengo noticias. Una buena y una mala. ¿Por cuál comienzo?” y ella, por una razón incomprensible, siempre deja la mala para el final. “Está bien, la buena es que entraron novedades. La mala... ¡es qué ya las leíste por Internet!”
“¡No me digas! ¿De verdad?- contesta- ¿Y dónde quedaron las buenas noticias?”
Y Vanesa y yo reímos de nuevo.

 El último martes que vino de visita no llevo ningún libro. Este comportamiento hizo que me preocupara lo suficiente, no por un interés de ganancia, si no porque es algo ajeno a su manera de ser. Cuando la vi entrar, con esa expresión de desilusión en su rostro como si su mundo se hubiera puesto patas para arriba en un intercambio de páginas, supe que algo estaba mal. Cambió su frase recurrente por otra un tanto desconcertante. Ella dijo “Hoy no estoy para historias”. Le pregunté por qué. Me contestó que la culpa la tenían las historias de amor cliché que venden desenfrenadamente expectativas ridículas y falsas esperanzas a los lectores con corazones sensibles:
-Pintan el amor de un color inexistente, para que luego la cruda y CRUEL realidad se encargue de pisotearnos y mostrarnos como son realmente las cosas. Es como si escuchara como la vida me susurra al oído “ Te voy a pisar Vanesa, tengo un pie gigante”. Al final, esas historias se tiñen por si solas de colores pasteles y yo ¡Las compro como una idiota! Ya sabes, me encanta ser una.
 Revoleo sus ojos, gesto que veía bastante habitual en ella y luego lo acompaño riéndose sarcásticamente. Sonreí. Pensé que esa era la principal razón por lo que la literatura fuese tan fascinante: la virtud de crear ideas y transitar por diferentes caminos hasta alcanzar grandes rutas y vivir sueños irrealizables en la imaginación de uno, para revivirlas luego en las ilusiones de otros.
 Cuando termino de pronunciar aquellas palabras, que yo escuché cual monologo, presentí que el mismo efecto de sus gustos literarios era la misma causa de sus disgustos en la vida real. Por eso me atreví a confesarle “Van… A veces la vida tiene un sabor amargo, pero se trata del equilibrio. No la quisiera de otra manera. El exceso de azúcar siempre hace daño”. Se quedó en silencio un par de minutos, reflexionando, absorta entre sus pensamientos y, cuando al fin reaccionó y logro gesticular palabra alguna, dijo que volvería a releer su libro favorito, como si fuese la primera vez o como si nunca lo hubiese hecho.
Y entonces, como un recuerdo repentino y fugaz, supe la razón por cuál lo hacía, algo simple y sencillo. La razón de sus gustos y de sus crisis literarias; de los oportunos y momentáneos disgustos hacia las historias cliché, aquellas predecibles.
 Un tiempo atrás, cuando la catalogué como la clienta de la semana, le pregunté porque siempre leía la misma clase de historia de amor si ya sabía cómo terminaban. Y Vanesa respondió “Porque la vida es una mierda”.
Y no me gusta admitirlo, pero a veces tiene razón.

 Hoy me siento como ella, escupiendo la misma respuesta agresiva por mi boca. Debería leer una de esas historias de amor con final feliz, para variar un poco, porque mi relación se está muriendo. Otra más en la lista. Y poco a poco, con el correr de los años, mi esperanza.
 No importa si me ocasiona algún daño el exceso de azúcar o la falta de equilibrio en mi vida. Por una vez, ya no lo quiero. Eso me enseño mi clienta favorita. Además, por supuesto, de desarrollar una pasión incurable por la cafeína. Es necesario perderse en el color pastel de las páginas de un libro y encontrarse amando una pasión infinita.
Vanesa siempre querrá su café de Starbucks bien caliente y con mucho azúcar… Y sus historias también.


lunes, 10 de abril de 2017

Amaya


 Para una persona que conocí un tiempo atrás
y partió, perdiéndose en la inmensidad de la carretera.

                                                       I

 La recuerdo como si nunca la hubiese extrañado. Amaya era una mujer alegre, divertida, independiente y fuerte, como cualquier otra mujer que hubiese conocido antes, pero no se parecía a ninguna, porque de lo contrario, no me habría enamorado de ella.
 Nunca supo lo importante que fue para mí; cuánto la amé mientras la conocí o cuánto la necesité cuando la perdí. Es mi culpa, no encontré ocasión de confesárselo. Mi cobardía tampoco.
 Jamás leí en voz alta un sólo verso de los poemas que le escribí cuando estaba enamorándome, ni dediqué una sola noche a revelar los terribles y oscuros secretos que le ocultaba, durante todos los días que compartí a su lado.

 El amor significaba algo más profundo que escribir una línea, más conmovedor que cantar una vieja y melancólica canción del rock, más compasivo que compartir unas simples palabras de consuelo. Más, tanto más, que nunca nada era suficiente.
 Para mí el amor era amar.
 Mis días podían comenzar bajo el tibio abrazo de una mañana de verano, continuar con las caricias de un atardecer lluvioso y pesado, y acabar con la insoportable necesidad de sus besos en una noche vacía y sin constelaciones.

 Sentía algo diferente cuando Amaya estaba a mi lado, algo difícil de explicar con palabras. Tal vez era magia. Solamente ella y nadie más podía convertir mis días tristes en poesía y hacer de mi dolor un cuadro donde evocar su arte.

 Jamás alguien me había importado tanto, con semejante magnitud, ni con tal influencia, excepto ella.

 Cada mañana me embriagaba con el olor de su pelo y de su piel cubriendo mi pecho. Sus frágiles brazos abrazaban la corta distancia que nos separaba y me enredaba en nudos de piernas, manos y caricias. Y así, entre sábanas blancas y un agradable aroma a perfume de lavanda, comencé a adorarla.

Verla despertar era como verla por primera vez. Ella abría enormemente los ojos y se perdía en algún rincón de los míos. Solía decir “Verde como la miel” porque adoraba como el verde olivo de mis ojos se mezclaba con el dorado desastre de mi cabello. Yo no podía observar los suyos más de diez segundos que nunca eran suficientes. Había escuchado que ese era el tiempo máximo para enamorarse de una persona a primera vista. No podía permitirle a mis ojos semejante dicha de placer. Estos podían delatarme y si lo hacían…volvería a caer.

 Y yo estaba enamorándome de Amaya, rápidamente, sin darme cuenta, de todo su ser: su olor, mi perfume; su boca, mi placer; su locura, mi perdición. Ella era el principio de mi fin, pero no lo supe, hasta que la perdí.
                                               
                                                       II

 Amaya se ganaba la vida como mesera en un restaurante elegante y distinguido en la calle Necochea. Entraba a trabajar a las diez de la mañana, cumplía con su tarea hasta las tres, descansaba durante cuarenta y cinco minutos y luego volvía de nuevo a trabajar. Atendía las mesas, limpiaba el sector que le correspondía y al final del turno contaba sus ganancias.
 Yo la pasaba a buscar alrededor de las siete y siempre la esperaba una hora más, porque ella salía del restaurante a las ocho. Me sentaba en la vereda de enfrente y me deleitaba observándola. Me parecía que así tenía otra perspectiva el amor, el deseo o lo que es igual, lo que sentía por ella.
 Comprendí que a cierta distancia los sentimientos tienden a pesar de una manera insoportable, como si estuviesen prisioneros dentro de uno, luchando por encontrar una salida, ansiosos por recorrer el camino hacia la libertad. Pero...¿Qué es la libertad? Es, acaso, el mismo cielo el que nos conduce a las puertas del encierro, a través de infinitos caminos dorados del que no somos dueños, si no esclavos, en la corriente del destino. Sin embargo, si los sentimientos logran salir de su propia cárcel sellada, a unos pocos metros más allá del camino, quedan varados, mudos, confundidos. Luego corren asustados a cualquier parte, hacia el encierro, la desesperación o la melancolía. Porque esa es la verdadera libertad de sentimientos: un eterno camino de regreso.
 Cuando salía del restaurante y se acercaba a mí, solía tararear un verso de la canción “Fast Car” de Tracy Chapman. Luego decía, como si soñara en voz alta: “No soporto el ritmo de la ciudad. Voy a comprarme un auto y me iré de aquí. De verdad, lo haré. Conduciré toda la noche y me perderé en los caminos de tierra y gritaré ¡Soy libre, soy libre!”.
 Todas las veces que pasé a buscarla cantaba esa canción y repetía lo mismo, como si quisiera convencerse más a si misma que a mí. Yo solía responderle que la echaría muchísimo de menos si lo hacía y ella volvía a embriagarme con el sonido de su dulce voz: “No te preocupes, siempre podrás ver el cielo estrellado. Y ahí, quizá, me encuentres también”.
 Podría jurar que al escucharla hablar de esa manera perdía totalmente los estribos, imaginando que, alguna vez, ella se alejaría de mi. Estaba totalmente seguro, moriría en las noches oscuras si nunca más la volvía a ver.
 Pero mentí. No morí. Sigo vivo entre nubes de humo y estrellas que tienen forma de somníferos para poder dormir. La verdad es que sufro de insomnio desde el primer día en que descubrí que se había ido. “Es imposible, como voy a acostarme en una cama tan grande, con espacio para dos, si sólo estoy yo” pensé. “Es inútil, no vale la pena”. Y así comenzó mi enfermedad.
 Me volví un ermitaño, un alma solitaria y pesimista. No es que me fasciné serlo, pero no hago demasiado por cambiarlo. Las distintas circunstancias de la vida me trajeron hasta aquí, yo hice el resto. Pero no me apetece contar mi vida en soledad, solo quiero hablar de ella.
 Ella... Amaya...mi amor. 

                                                      III

 Recuerdo el primer día que la conocí. Ella estaba mirándome, le había dado la inequívoca impresión de que era un tipo interesante- me contó tiempo después- pero yo estaba distraído, con mi cabeza en alguna otra parte, absortó en mis preocupaciones. La luz, el gas, el teléfono, la cuota de alquiler; todos esos gastos, que a mi visión lucían inmensos, hicieron que la presencia de Amaya pasará desapercibida e insignificante. 
 Yo era el siguiente en la fila. Me pregunté cual de todas mis sonrisas podría usar para anular el vencimiento de las facturas. Pero ninguna funcionó con la empleada del Banco. Ni siquiera cuando la invité a cenar. Entonces noté que alguien me escudriñaba con su mirada desde la parte de atrás: Amaya.
 Sus grandes ojos café me observaban inadmisibles y sus labios lucían un perfecto vestido rojo. Su atención estaba puesta, exclusivamente, sobre mí. Cuando terminé de pagar y ella también, resignado a mi deber, me acerqué a saludar. Lo primero que dijo fue que le había parecido ridícula y hasta ofensiva mi manera de actuar. Me consideró un verdadero idiota por chantajear a la empleada del Banco por una factura retrasada de mi propio incumplimiento. Siguió desquitándose, ofreciéndome el primer puesto en su lista de “Hombres estúpidos y otros que se le parecen” pero, humildemente, no lo acepté.
 Esa fue nuestra primera discusión. Así empezó todo. Con una pequeña extorsión. Un intercambio de desacuerdos. Un nombre. Un atrevimiento. Y un café. Ahora, volviendo la vista hacia atrás, puedo afirmar claramente que no había mejor manera de conocernos.
 Fue una coincidencia encontrarla allí, ella decía que una casualidad. Yo le repetía que una coincidencia y, cuando creía que estaba a punto de abandonar, la empataba. Respondía “Es igual”.
 Para mí no lo fue. Ya nada será igual.
 Cuando la conocí no tenía idea qué pensaba realmente, de qué autores estaba enamorada, cuál comida era su favorita, ni qué le gustaba hacer en los días lluviosos. Sabía que era una mujer hermosa, con cabello ondulado, curvas delicadamente esculpidas y una sonrisa de cristal. Pero poco me interesaba saber que había detrás del maquillaje. Cuáles eran sus miedos, qué secretos escondía o qué pensaba de la luna. La deseaba de una manera carnal, de una manera violenta.
 De un soplido borró mis pensamientos, cuando, una tarde, me distraje mirando su escote y me dijo “Te vas a perder el atardecer mirando los valles” y señalo sus ojos.
 A partir de ese instante, lo supe. Cualquier hombre podría adivinarlo. Todo cambió desde entonces. La empecé a ver con otros ojos, como un joven que observa y experimenta por primera vez la inocencia del amor; desde un lugar más alto, desde una butaca más cómoda, porque una chica así no coincidía conmigo todos los días.
 Y la verdad no lo hacía. No congeniábamos en muchas cosas, peleábamos hasta por el color de los azulejos del baño: ella los quería azul, pero yo los prefería blancos. Disfrutaba pelear con ella por cualquier tontería, sentía que el fuego de nuestras discusiones podrían apagarse con el océano que era nuestro amor, nuestra salvación. Pero más que pelear por unos simples azulejos, disfrutaba de pelear por quién de los dos terminaría de ceder primero.
 La mayoría de las veces la dejaba ganar, sólo porque adoraba ver como sus mejillas se ponían coloradas de satisfacción y me sacaba la lengua como si fuese una niña de preescolar. Luego volvíamos a pelear, hasta que llegaba el anochecer y compartíamos el placer de observar, desde el balcón de nuestro séptimo piso, como la ciudad, lentamente, se desvanecía en el silencio y se sumergía en la oscuridad. Desde allí todo tenía un sentido distinto, todo lucía vulnerable. Luego nos sentábamos a leer, el único momento del día que esperaba más que cualquier otro y que, aún hoy, extraño inmensamente.
 Con Amaya descubrí que la belleza de lo simple remitía en todos los gestos que ignoraba de los demás. Lo perfecto, lo bello, lo ordinario, todo estaba en las pequeñas cosas que veía desde el momento en que despertaba. Incluso me parecía tolerable el tráfico de las ocho de la mañana. Adoraba ver a esos cientos de transeúntes ir hacia ninguna parte. Me preguntaba qué pasaría si un día despertara y ya no los volviera a ver.
 ¿Qué pasaría con los parques si los niños dejaran de jugar? 
¿Qué sería de los árboles si el otoño no hiciera su magia? 
¿De qué serviría el corazón si no fuese para amar?
¿Qué sería de mí si nunca hubiese conocido a Amaya?
 Todas y cada una de esas preguntas las descubrí planteándomelas el día en que Amaya corrió hacia mí llorando. No supe que hacer. Era la primera vez que la veía llorar. Me abrazo tan fuerte que todas sus lágrimas inundaron mi camisa y desbordaron nuestro océano. No pronunció frase coherente entre todos sus lamentos, ella dijo “Te juro no…” “Realmente si…” “Ya no lo so…”“Es mi culpa”. Luego, como un acto involuntario de mi cuerpo, sólo la abrace.
 Nunca intente descifrar que quiso decirme. Pero verla así de frágil, desvanecida entre mis brazos, llorando como un niño que alejaran de sus padres, estrujó todas mis fuerzas. Se me deshizo el alma a pedazos, se quebrantaron todos mis muros, mi corazón se partió en dos y le cedí la mitad a ella.
 Desde entonces, juré que nunca más la vería derramar una lágrima. Nunca. Quería protegerla, quería que sintiera que yo la amaba y que nunca, sin importar que nos pasará, la dejaría sola. 

                                                      IV

 Durante una semana estuvo completamente absorta. En otro mundo, uno muy lejos de este. Si no podía ir hacia donde ella estaba, debía traerla de regreso.
 Despertaba antes que ella y le preparaba el café en su taza de porcelana todas las mañanas sin falta; le tarareaba sus temas favoritos de Roy Orbinson, incluso le regalé el libro “Rayuela” de Cortázar que tanto quería leer. Pero nada de lo anterior la saco de su encierro. Seguía perdida en algún lugar de su mente, donde yo nunca pude hallarla.
 Una noche, al volver de una reunión de trabajo, la descubrí en la habitación preparando una valija. Me asomé al umbral de la puerta, confundido y le pregunté qué estaba haciendo. No me había escuchado llegar, me miró atónita unos segundos y luego, sin demasiado interés, respondió “No mucho, sólo ordenando unas cosas”. Le pregunté a dónde iba, por qué guardaba su ropa en una valija y, otra vez, como si una grabadora hablará por ella, repitió: “A ningún lado, sólo estoy ordenando unas cosas”. Me quedé en silencio esperando. Siempre esperaba que dijera algo más. Quería que esta vez realmente lo hiciera, que hablara con claridad, pero no sucedió.
 Volví a la cocina y preparé la cena. No era un experto en lo que se refiere a temas culinarios, pero me las arreglaba bastante bien preparando pasta con salsa de queso y orégano. Serví dos platos y esperé a que viniera a sentarse a mi lado. Pero cuando la llamé para compartir la cena, salió de la habitación, se acerco y me dijo “No me odies, no tengo hambre”. Pensé “¿Odiarte? Eso ni loco”. Le pregunté si estaba bien, asintió con la cabeza e hizo ademán de retirarse pero no lo hizo. Me miró un par de segundos con sus preciosos ojos café- tal vez sólo fue un instante- le brillaban, como nunca antes, de melancolía. Luego, se marchó. No la seguí. Debí haberlo hecho.
 Cuando terminé de cenar, dejé los platos en la vajilla y fui directo hacia la habitación. La luz del velador de su mesita de cama estaba encendida. Ella estaba allí, acostada. Pero no dormía. Sólo miraba, distraídamente, hacia algún lugar de la ciudad, a través de las cortinas color crema, levemente transparentes. Me acosté a su lado y volví a preguntarle si se encontraba bien. Me susurro que sí. Le dí un beso en la mejilla y le dije: “Buenas Noches, May”. Cerró los ojos.
 Luego apagué la luz.

                                                      V

 “Buenas noches, May” fue lo único que se me ocurrió decir.
 Y lo último.
 No me atreví a decirle “Te amo”. Era una de esas frases que se me atoraban en la garganta y rara vez podía pronunciar. Ella lo sabía de todas formas, era lo que suponía yo, pero quizá hubiera querido escucharlo. Tal vez lo necesitaba. Tal vez necesitaba que le hiciera cambiar de opinión. Pero no lo hice.
 Debí haber estado muy distraído como para no advertirlo. Para no ver como mi mundo estaba en un perfecto derrumbe y yo seguía allí parado, viéndolo girar. Pronto todo caería a pedazos y yo no podría reaccionar a tiempo ante semejante desastre. Y nunca lo supe, hasta que los escombros me enterraron.
 Cuando desperté al otro día Amaya no estaba. Eran las nueve de la mañana del sábado veintidós de junio. Yo no trabajaba, pero me levanté a preparar el desayuno, como todos los días. Me desperecé, salí de la cama y me dirigí a la cocina esperando encontrarla allí. Pero tampoco estaba. Revisé el cuarto de baño, el comedor, pero no había señales de ella en ningún lugar del departamento. No me alarmé. Pensé que quizá había salido temprano a hacer alguna compra.
 Luego recordé la noche anterior.
 La imagen de Amaya guardando su ropa en una valija la noche anterior apareció repentinamente, desordenó mis ideas y se esfumó con la misma velocidad. Fui corriendo a la habitación. La valija y la mitad de su ropa no estaba. Tampoco sus dos libros favoritos, ni el CD de clásicos del rock, que solía dejar arriba de la mesa de luz, que yo grabé especialmente para ella y le regalé en su cumpleaños.
 No. No podía haberme dejado. No podía irse sin decirme a dónde. La conocía... ¿La conocía?
 Llamé a su teléfono un centenar de veces- incluso hasta el día de hoy lo hago- pero la voz de una mujer contestó por ella“El número que usted ha marcado se encuentra momentáneamente fuera de servicio”. Maldije en voz baja. Deseé haber gritado, haber desatado mi furia contra los muebles de la habitación, calmar los nervios que conducían a través de mis venas hacia cada extremo de mi cuerpo, pero me contuve.
 Me vestí tan rápido, de un tirón, que me sorprendí a mí mismo por no conocer el terror que podía llegar a afligirme el no saber de ella y salí a buscarla al restaurante. Recé por encontrarla allí.
 Cuando entré reconocí a Julia, la encargada del lugar. Era una mujer alta, de una figura prominente. Llevaba el pelo recogido en una coleta por detrás de la cabeza, unos jeans ajustados, unas botas y una remera negra. Cuando me acerqué y le pregunté por Amaya me dijo que aún no había llegado. Su mirada era serena y podía percibir cierto instinto maternal en sus palabras, como si le hablase a un niño.
 Me senté en una de las mesas de la esquina que daba de frente a la calle donde yo la solía contemplar y esperé. Noté que el mundo detrás del cristal de la ventana volvía a nacer, ajeno a lo que estaba ocurriéndome. La gente caminaba apresurada, chocándose unos a otros, sin importarles nada más que su propio bienestar. Los coches avanzaban en fila, uno estacionaba, mientras que los demás proferían alguna grosería y tocaban bocina para expresar el disgusto que le producía la espera. Observé como la vida podía seguir sencillamente sin Amaya y fluía a un ritmo constante que, para mi, era imposible de soportar sin la compañía de ella y, de repente, esos pensamientos hicieron que me levantará bruscamente de la mesa.
 Volví a interrogar a Julia y ella me dijo que no la había visto desde ayer, pero que no me preocupara. Eso era precisamente lo que no podía dejar de hacer y, luego, por alguna razón que no me replanteé, le conté sobre la valija y sobre la manera extraña en que había estado actuando esa semana. Pero Julia ni siquiera lo había notado. Otra vez, la gente simplemente no podía ver más lejos que su propio campo de visión.
 Hablé nervioso, acelerado. Me trabé en la mitad de las frases, en la otra mitad, tartamudeé. Me tropezaba con la imagen fugaz de Amaya llorando entre mis brazos. Sollozando por algo que no terminé de descifrar. Indefensa como una niña asustada, frágil como un vaso de cristal, rota como un pedazo de papel. Mi alma se quebraba irremediablemente, se deshacía a pedazos. Creo que Julia no logró entender ni la mitad de mis palabras, tampoco mi preocupación, pero aún así le agradecí su tiempo y le supliqué que me avisará apenas supiera alguna novedad y me marché.
 No supe por donde comenzar a buscarla. Me sentía perdido. Amaya me había dejado, se había marchado lejos, mucho antes que hoy, pero no sabía a dónde, ni por qué. Pensé vagamente que volvería tarde o temprano. Me negué rotundamente a dejar que nuestra historia llegara a su fin sin siquiera haber tenido la posibilidad de despedirme. Lo merecía. Merecía el derecho a una segunda oportunidad, tal vez sin haber perdido, siquiera, la primera. No estaba dispuesto a creer que todo se había acabado. 
 Al menos no para mí. 

                                                      VI

 Nadie supo decirme dónde estaba. Nadie la vió otra vez. La policía la busco durante semanas, meses, pero siguió sin aparecer. Dijeron que se había esfumado sin dejar rastro, que la tierra, literalmente, se la había tragado.
 Yo era el principal sospechoso en la causa de la desaparición de Amaya, pero luego de investigarme y retenerme cuarenta y ocho horas en la cárcel, tuvieron que soltarme por falta de pruebas. A mí no me importó cuánto tiempo transcurrí allí adentro. Hubiese dado mi vida entera para volverla a ver. Yo la quería de vuelta. Todo había perdido el sentido. Estar preso en una celda o vivir preso de su recuerdo en la comodidad de mi casa, era la misma basura.
 Empecé a delirar y a creer que la había inventado, que era producto de mi imaginación. “Ella es real” trataba de convencerme. Tenía que haber sido real.
 Me encerré en mi departamento semanas enteras. Mi hermana, Elena, dijo que estaba volviéndome loco, que había perdido la cordura. No. Sólo la había perdido a ella.
 Me abandoné a la tristeza. Me afligí por completo. Dejé mi destino en manos de la casualidad, como lo había hecho Amaya, para que se mezclará con los susurros del viento. Tal vez, algún día, él me la trajera de regreso. La esperanza de volver a escuchar su voz y que pronunciará mi nombre o que tarareara el verso de una canción, era mi sueño. Algunas noches podía jurar que la veía entre las sombras de la habitación, riéndose, susurrando “Verde como la miel” y que bailaba y saltaba por todo el espacio. Luego, pensaba “Debo estar delirando, Amaya no está”. Y cuando, sin quererlo, despertaba de esa fascinante ensoñación me castigaba por haberlo hecho. Repetía “¡Qué hice! ¡Idiota, la dejaste escapar otra vez!”. Era un sueño precioso, un sueño increíble. Aunque yo nunca pude volver a dormir.
 Hasta el día de hoy la sigo esperando y siempre lo haré. Me gusta recordarla con una sonrisa en su rostro, con el atardecer en su mirada. Nunca supe por qué se fue, tan repentinamente, sin decirme siquiera adiós. Pero ese es mi anhelo, despedirme.
 Y no podría hacerlo, sin confesarle que la amo.
 Me habría encantado formar parte de su viaje y que me llevará consigo. A veces la imagino conduciendo por los caminos de tierra, dejando atrás los ruidos de la ciudad, guiada por la luz de una estrella, gritando “¡Soy libre!”. Perdida en el abrigo de la noche, descubriendo la inmensidad de la carretera. Después de todo ese era su anhelo.
 Allí soñaba llegar alguna vez.


viernes, 17 de marzo de 2017

Héroe de guerra

Prólogo
 Siempre odié el ruido que hace la puerta de entrada del depósito al abrirse. Reproduce un chirrido insoportable, casi irritante. Caminé deprisa por el pasillo, el interminable trecho hasta las escaleras. Antes de subir replanteé mi situación, pero casi de inmediato huí de esa idea y subí los peldaños. 
 Una vez llegado al primer piso, caminé siete pasos por las baldosas repetidamente grises y pequeñas, hasta la puerta de madera que conducía a una oficina y entonces golpeé dos veces. No esperé que me dieran permiso para entrar, abrí y sin pensarlo siquiera una última vez, escupí lo que venía a decir:
-¡Renuncio!

Primer Capítulo: 
Vía de escape
 Son las dos y veinte de la tarde y estoy encerrada en los vestidores. Cierro los ojos con fuerza, como si existiese una vía de escape directa que pudiese regresarme a casa.
 Me encuentro en mi habitación, leyendo un libro de Scott Fitzgerald, mi favorito, escuchando la voz de mi pequeña sobrina preguntando “Estrellita ¿Cuándo vas a salir?”. Rio y vuelvo a concentrarme en las páginas de mi libro. Me encanta estar en este lugar, en la comodidad de lo que es mío y nadie puede arrebatarme. De repente, los abro. Desaparecen mis placeres. Era un sueño precioso y tangible, pero sueño al fin. Sigo atrapada entre estas cuatro paredes, llorando. Aún quedan dos horas y cuarenta minutos para terminar mi jornada e irme.
 Pero hay un problema, no sé qué voy a hacer: tengo claustrofobia.

Segundo Capítulo: 
Zapato y charol
 Me levanté a las ocho de la mañana, al igual que todos los días. Desayuné, me vestí y fui a la tienda de CDs. Como de costumbre el cansancio asomó y me saludo desde su opulento balcón, regañándome por haberme acostado a horas tan tardes (o tempranas) de la madrugada, por lo que, mentalmente, anoté ser más responsable la próxima vez. Claro está que me engañé a sabiendas de que no lo sería.
 La tienda se encontraba en una zona bastante apartada de la avenida principal y apenas unas ocho calles de donde yo vivo. No es muy frecuentada en el barrio, ya que nuestra mayor competencia (conocida como franquicia y con publicidad en diarios, revistas y televisión) está ubicada en un sector mucho más privilegiado que el nuestro y cuenta con etiquetas de recomendación como “Internacional y de excelente calidad con los mejores precios para tu bolsillo” “Atención personalizada e increíble” “Ideal para aquellos fanáticos de la música clásica y de lo contemporáneo” “Vení y descubrilo, no te lo pierdas” y otras galanterías por el estilo.
 “El mundo de la música y el cine sufrió una crisis muy importante- repetía siempre mi jefe- en lo que respecta a la venta de CDs, entradas y productos comerciales. Lamentablemente, la mayoría de la gente no se preocupa por obtener los originales, ni por retribuir el trabajo de los músicos, ni de los actores, ni de todos los que están detrás. Compran duplicados piratas en las calles o lo bajan a través de Internet, porque es fácil, barato y, hasta algunas veces, gratis. Todo el negocio cayó en picada. Por eso la mayoría de las tiendas que seguimos apostando en este negocio, además de vender CDs y DVDs, también lo complementamos con electrodomésticos y cualquier otra cosa para subsistir, porque estás que vienen de afuera son puro zapato y charol”.

Tercer Capítulo: 
Autobiografía de una inadaptada
 Llegué poco antes de las nueve. Me cambié la ropa por la de trabajo y comencé mi rutina laboral. Empaqueté algunos CDs y DVDs antiguos que ya nadie se molestaba en mirar para terminar la devolución que había comenzado el día anterior. «Lamentablemente, clásicos» pensé. Luego controlé las distintas cajas que enviaban las compañías disqueras con sus respectivas novedades e hice un nuevo pedido para reponer el stock faltante de lo que la gente hoy en día escucha y mira (lamentablemente, otra vez, pasé por alto mi fanatismo por los clásicos con total resignación).
 Anteriormente, pensaba que no podía desear algo mejor que vivir entre música y letras. Era un trabajo increíble para alguien como yo, que adoraba la música con el alma, aquella capas de viajar a cientos de países, por infinitas épocas y regresar como si nunca hubiese extrañado nada. Estaba, como había oído decir, “en mi salsa”. Pero ahora, en cambio, podía resultar realmente tedioso e insoportable el tiempo que transcurría allí, no tanto por el exceso o la escasez de ventas, si no, por el abuso o falta de compañerismo.
- Ahí viene “Rompo-todo-lo-que-toco”- oí decirle a Diego, entre risas, cuando me dirigía hacia él para entregarle el remito que debía revisar y cargar en la base de datos.
-¡Advertencia! Tenemos un fenómeno en el pasillo número tres. Repito, pasillo número tres- se burló Ariel, como siempre imitando un megáfono con ambas manos y reproduciendo sus palabras en un tono ensordecedor.
-Gente con celulares, tablets y cámaras por favor abstenerse a fotografías por el momento. Es por su propia seguridad. Si la ven, aléjense inmediatamente- retrucó Diego.
 «Estúpidos» pensé para mis adentros. Demasiado raro hubiese sido verlos en desacuerdo en algo. Eran carne y uña, inseparables, incluso para molestarme. No les contesté y le dejé el papel arriba del mostrador. «Ya está, doy media vuelta, los ignoro y sigo con lo mío. No es tan difícil». Me concentré inútilmente en seguir mi propio consejo.
-Si vas a romper otra estantería por favor avisanos con antelación.
-Pensar que tengo un palo de golf guardado y sin estrenar en casa... Podes pedírmelo cuando quieras.
-¿Seguro que es lo único guardado y sin usar?- respondí en voz baja mientras caminaba por el pasillo.
-Eh, alto ahí- Diego se adelantó y se detuvo delante de mí, acorralándome con sus ojos negros y desbordados de furia- ¿Qué acabas de decirme fenómeno de circo?
 Me paralicé por un instante. No le tenía miedo, ni mucho menos, pero una sensación de escalofrío me advirtió que debía replantear mi situación.
-Nada- le respondí.
-Ah, con que ese es tu juego ¿Eh?. Primero arrojas la piedra y después escondes la mano.
- Es una pobre cobarde- Acotó Ariel por detrás.
-Primero juega al gallito ciego y no nos invita. Luego se la da de lista y no comparte su astucia. ¿Qué esto, la autobiografía de una inadaptada?
-Muy buena Die- Remarcó nuevamente el estúpido de Ariel mientras se reía y aplaudía estrepitosamente.
 Intenté escaparme de su presencia por un costado, pero no me dejó.
-Eh, ¿A dónde te crees que vas?
-Tengo que seguir trabajando, correte- respondí en seco.
-¿Perdón?¿Esa es tu forma de pedir un favor?
-No es ningún favor, dejame ir idiota- Sin quererlo puse demasiado énfasis en esta última palabra.
-No me gusta el tono que estás usando conmigo nena.
Agarró un mechón de pelo del lado derecho y lo tiró con fuerza hacia abajo.
-¡Ay! ¿Qué estás haciendo? ¡Soltame!
-¿Qué me dijiste?
-¡Soltame! ¡Déjame en paz!
Intenté apartar su mano de mi pelo.
-Que sea la última vez que me hablas así ¿Me escuchaste?
 Susurró tan cerca de mi oreja, que un nuevo escalofrío arremetió contra mi cuerpo.
-¡Respondeme!
 Lo hice. Le escupí directamente y sin escrúpulos en el ojo izquierdo y, cuando me soltó para limpiarse aquella insolencia, no lo dudé un instante, le di un puñetazo en la cara, que lo hizo girar como una calesita, y cayó inconsciente en el suelo.

Cuarto Capítulo: 
Piel ajena
 Para mi poco asombro quedé suspendida durante tres días por agresión física y con un ultimátum de despido si ocurría algún otro inconveniente similar dentro del establecimiento. 
 Cuando volví a trabajar todos se habían apiadado del enorme moretón en la cara del “perjudicado”. Escuchaba como Ariel le decía a mi jefe en voz baja pero lo suficientemente alta como para que yo lo escuchará: “Ahí viene la loca que arruinó el rostro de Die. Cuidate, a ver si prueba boxear con tu cara también” “Yo sabía que era rara, viste. Parecía inofensiva a simple vista, por eso la contraté. Pero ya sabes lo que dicen, esas son las peores”.
 Poco debían de saber, pensaba yo, cómo es realmente una persona, juzgando por lo que aparenta ser.
 Nunca me preguntaron siquiera algo tan sencillo como por qué lo había hecho. Ariel lo sabía de todas formas. Pero no lo justificó, sé que estuve mal. Jamás hice algo parecido. Estaba totalmente en contra de cualquier manifestación de violencia; pero no me arrepiento, se lo merecía. 
 Soportaba su acoso desde la mañana hasta la tarde, cada semana. Tomaban cualquier defecto o error que cometiese y lo estiraban hasta que me dolieran las entrañas o me sangraran las heridas.
 Incluso empecé a desarrollar trastornos del sueño, como el insomnio. Durante varias noches no pude dormir, porque cuando lo hacía soñaba que seguían humillándome y riéndose de mi. Despertaba sin aliento de aquellas pesadillas, y ya nunca pude descansar sin temor a ellas. 
 Odiaban profundamente que me fuera mejor en ventas o que obtuviera comentarios agradables por partes de los clientes. La competitividad sumado a la envidia les corrompía y hacia estragos en sus estúpidos orgullos y yo pagaba el precio más alto por ello. Mi ánimo, alegre y pacífico, se teñía, en menos de un minuto, en agresivo y pesimista; como alguien podía cambiar sencillamente de opinión en un instante.
 "Son palabras que nada significan - me retaba mi hermano Javier- Al aceptarlas como verdaderas no haces más que atribuirles dicha a ese par de imbéciles”. No era tan simple para mí ignorarlas, como lo era para él escucharlas pronunciar desde mi boca; estas no dejaban marcas en piel ajena, pero acumulaban huellas en la propia.  

Quinto Capítulo: 
Susurros de nadie
 Una semana después de que todo volviera a la “normalidad”, es decir, que todo siguiera su curso sin el agobiante chismorreo que volvía a ser susurro de nadie, yo trabajaba con total indiferencia fingida.
 Volví a la rutina de empaquetar discos y separar y controlar novedades, sin prestarle demasiada atención a Diego y al gigantesco y asqueroso moretón que lucía en su cara. Pensé en vano, en una precipitada perdida de mi cordura, disculparme con él por la agresividad de mi respuesta, y que la “víctima” me retribuyera con las mismas (y merecidas) disculpas, no sólo por su agresión si no también por su falta de respeto y humillación continua. Ambos resultaríamos victoriosos, o al menos eso creía yo, pero nada de lo anterior se llegó a concluir jamás. 
 Aun podía oír claramente como susurraban insultos o frases despectivas hacia mi, pero para nada me sorprendían. Incluso, después de dos semanas, era visible la marca que llevaba Diego en el ojo izquierdo, pero éste lo hacía con tal orgullo y altanería de quien es capas de compararse con un héroe de guerra o llamarse así mismo “sobreviviente” de una brutal y sangrienta batalla que no dio tregua.
 Los intentos por mantenerme fuerte y segura resultaron en vano. La poca paz interior que lograba conservar por aquellos días se sacudía de inmediato, dejándome en suelo poco firme y al desnudo, cada vez que lo veía acercarse o lo escuchaba pronunciar mi nombre.
 Mi ánimo estaba deshecho. Me abandonó, al igual que los gorriones abandonan un atardecer de verano, buscando refugio en mitad de una noche oscura, clamando piedad en las frágiles ramas de un viejo árbol.

Sexto Capítulo: Mundos paralelos
 Traté de evitar su arrogante mirada y sus comentarios despreciables durante el resto de la semana siguiente y mantenerme impasible; pero el miércoles, a la hora del almuerzo, no pude evitar colisionar contra uno de mis mayores temores.
 Solíamos turnarnos, mientras uno almorzaba, los otros dos restantes se ocupaban de la atención de la tienda y viceversa, hasta que concluyera el descanso. Yo me quedaba en los vestidores (un lugar bastante reducido), disfrutando de esos cuarenta minutos que se esfumaban de inmediato, donde, además de comer, leía una novela o escuchaba música. Cualquier cosa que me distrajera y pusiera mi mente en blanco era bienvenida. Fueron esas mismas distracciones las que cegaron mis sentidos y apartaron de mis pensamientos la gravedad de la situación que estaba ocurriéndome en aquel lugar.
 Todos los tardes dejaba la puerta con una abertura bastante amplia para que entrará el aire y así apartar de la habitación mis temores. Nunca cerraba con llave, ni dejaba que nadie lo hiciera mientras yo estuviese allí. Todos lo sabían y estaban informados de los delirios que me producía una situación contraria. Hace dos años había sufrido un ataque de claustrofobia (el primero de muchos), al quedarme encerrada durante tres horas en el ascensor de un supermercado, por un corte de luz general.
 Fue el peor día de mi vida y, por mucho que desee quitarlo de mis pensamientos, no puedo olvidarlo. El aire me asfixió, no sabía cómo podía hacerlo si ni siquiera lograba respirar. Mi corazón corría a toda velocidad por el primer lugar en un maratón, mi cuerpo temblaba y sudaba peligro a cada minuto. Mi cabeza se encerraba entre ideas de pánico, terror y oscuridad. Tuve tanto miedo que, cuando me rescataron, no salí durante dos semanas de casa, creyendo que aquella espantosa situación me perseguiría incluso hasta en un espacio abierto.
 Desde entonces, mi temor hacia los lugares pequeños y cerrados aumentó. Sufría horribles pesadillas al escuchar cerrarse un picaporte; ir de compras o estar en un lugar reducido era una tortura; incluso tomar un ascensor desapareció de la lista de atajos para siempre. Había olvidado que existía otro mundo, un mundo paralelo, al que ya no podía pertenecer. Me aseguré de recordar las reglas que exigía este, al que apenas estaba aprendiendo a conocer.
 Aparté la vista del libro “A este lado del paraíso” y revisé el horario en la pantalla de mi celular. Aún me quedaban diez minutos para descansar antes de volver a empaquetar cajas y más cajas. Aproveché aquel intervalo de tiempo para cambiar de canción por una menos deprimente y romántica, y mientras lo hacía, extrañamente, advertí que algo estaba mal en aquella habitación, como si el aire empezará a pesarme alrededor. Giré mi rostro instintivamente hacia la puerta y noté que estaba diferente a como yo la había dejado. Alguien la había cerrado.
 Sin pensarlo dos veces, me deshice de mis auriculares y de mi libro y corrí directamente hacia la entrada del vestidor y pulsé el picaporte hacia abajo, en un intento de abrirla. Pero no funcionó. Lo intenté una segunda vez y, luego, una tercera. Empecé a desesperarme. Me había quedado encerrada. Golpeé frenéticamente y grité “¡Auxilio!¡Que alguien me ayude, por favor, estoy encerrada!”. Nadie me oía, era inútil. El vestidor se encontraba al final de un pasillo, en frente del depósito, ambos detrás del local.
 El aire comenzó a asfixiarme y el sentimiento de pánico tiño por completo la habitación. El terror volvió a apoderarse de gran parte de mi mente hasta convertirse en caótica desesperación y mi cuerpo reaccionó a tal situación con movimientos bruscos, temblores, llanto, sudor, agonía. Yo sabía perfectamente que estas sensaciones no existían, que habían sido creadas en el interior de mi mente como una respuesta de alarma ante el peligro y traté con todas mis fuerzas calmarme y repetirme “Es todo irreal, no existe”. 
 Me volví pequeña e indefensa y deseé estar en cualquier otro lugar. Cerré los ojos y me transporté hacia el cálido refugio de mi habitación.

Séptimo Capítulo: Color negro
 No sé cuánto tiempo estuve delirando, no pude pensar con claridad. Había olvidado que disponía de un teléfono celular, con el cual hubiese resultado ilesa con tan sólo una llamada. Quería escapar lo más rápido posible de allí, no me importaban los riesgos que debía tomar. 
 Levanté la vista hacia la pequeña ventana que asomaba en la esquina superior del lado derecho y no dudé un instante. Me sequé las lágrimas, silencié mis sollozos y me abalancé sobre ella.
 Trepé por los casilleros abiertos que nadie utilizaba del mueble metálico (donde cada empleado guardaba sus pertenencias) y, una vez de pie en él, rompí el cristal de la ventana de una patada. No traté de evitar los restos que podrían lastimarme y me lancé, desesperadamente, hacia el otro lado.
 Caí de costado, encima de cientos de pedazos de cristal, a unos tres metros de altura, ahogada en llanto y gimiendo terriblemente de dolor. Perdí el conocimiento unos segundos después y me sumí en un sueño profundo y tranquilo. 
 Todo lo que recuerdo luego es de color negro.


  Octavo Capítulo: Inconsciente y afortunada

 Desperté en un hospital, en una habitación pálida y luminosa, sin poder moverme, con tubos largos y finos entrando y saliendo por varias partes de mi cuerpo.
 La primer persona que vislumbré cuando logré esclarecer mi vista fue a mi hermano Javier. Estaba con su teléfono, distraído en alguna placentera conversación. Lo vi sonreír, ameno, gesto muy raro en él. Siempre fue una persona relativamente seria.
 Cuando percibió que alguien lo estaba observando giró su rostro hacia mi. Se sorprendió, y lo primero que preguntó fue cuánto tiempo llevaba despierta. Después de responder y esclarecerle algunas dudas de por qué me había lanzado de una ventana a semejante altura, me informó que hacía catorce horas seguidas que no paraba de roncar. Me reí y el dolor se transmitió a cada parte sensible y adolorida de mi cuerpo. Otra vez, noté algo raro en él. No era una persona de chistes.
 Me enteré luego por el médico de guardia que había sufrido graves lesiones en gran parte del lado izquierdo del cuerpo, pero que había logrado, milagrosamente, sobrevivir a la caída sin fracturas mayores, ni derrames cerebrales, ya que al arrojarme en la posición “fetal”, inconscientemente, resguardé el cráneo de sufrir un impacto mayor del que hubiese tenido en caso de haber caído de espaldas, y que, afortunadamente, logré amortiguar el golpe con el brazo. Además, me advirtió que necesitaría entre diez y catorce días de reposo para reponerme, pero que probablemente si seguía como hasta ahora, mejoraría muy pronto.
 Podía jurar que iba a tener mucho más tiempo del previsto por el médico para reponerme física y mentalmente de aquella situación tan perturbadora.

Noveno Capítulo: Vuelo del gorrión
 Trece días después, cuando me sentí completamente apta y sin temor de salir públicamente, regresé a la tienda de CDs. Una leve carga de peso se ponía en evidencia entre mis pensamientos y cada vez me oprimía con mayor presión. Necesitaba deshacerme de ella antes de que olvidará la razón por la que había ido hasta allí.
 Me había enterado previamente, cuando regresé de hacerme los estudios de revisión en el hospital, que la puerta del vestidor había sido cerrada con llave intencionadamente mientras yo estaba dentro (¡Qué novedad!). Mi hermano me relató la situación de cómo lo supo: “Ariel vomitó la confesión. Casi tuve que agarrarlo de las narices. Fueron esos malditos hijos de puta- dijo furioso- Si no me separaban a tiempo, lo mataba” y yo pude adivinar fácilmente que lo habría hecho.
 Cuando llegué nadie esperaba encontrarse conmigo. Saboreé ese momento como si esta vez el héroe de guerra fuese yo. Me acerqué a Ariel, desvió la vista hacia abajo, arrepentido, con notables horas de insomnio sufridas por la carga de conciencia. Vi la espantosa vena que sobresalía de su frente cada vez que se ponía nervioso. Le pregunté si me había extrañado y no supo que responderme. “Cobarde”, pensé.
 Luego, le pregunté lo mismo a Diego. No había rastro de arrepentimiento en aquel ser endemoniado. Me miró fijo unos instantes, rebosante de superioridad y me respondió “Por supuesto, temía que fueras a morir asfixiada. Lástima que olvidé que había una ventana”. “Hijo de puta” pensé y le escupí, por segunda vez, directo en el ojo izquierdo.
 Tenía al culpable de todas las cicatrices de mi cuerpo y de mi salud mental frente a mí. Podía haber reaccionado peor que la primera vez y darle un segundo y, hasta incluso, un tercer puñetazo (en parte, lo deseaba) pero no estaba a favor de la agresión como expresión del ánimo y no quería rebajarme nuevamente a su nivel. Lo máximo que me permití fue escupirle, signo claramente visible de que me desagradaba completamente.
 Cualquier otra manifestación como respuesta hubiese desencadenado una primera plana del diario local con el título “Agresión y espanto: música para matarse”. No pude resistir aquel pensamiento y me marché directo hacia el depósito.
 Golpeé dos veces la puerta de madera, segura de mi decisión, y cuando abrí sin esperar contestación, mi jefe estaba sentado frente a la pantalla de televisión esperando que le dijera porque había interrumpido su glorioso partido de fútbol. Lo adiviné por su cara torcida, la única expresión que podía apreciarse de aquel ser humano si se metían con algo relacionado al fútbol o a las telenovelas que miraba durante la tarde. 
 Me coloqué frente a él, obstruyendo la pantalla, sin importarme las consecuencias. Miré fijamente sus ojos que también me miraban recíprocamente, desprendiendo chispas de ira y, sin más vueltas, antes de que se prendiera fuego totalmente, le grité: ¡Renuncio!

Capítulo Final: Héroe de guerra
 Y aunque no me sienta del todo orgullosa, si no, en parte, un poco cobarde por huir de los problemas también debo confesar que me siento valiente, libre y feliz por hacer uso del punto final. 
 Aprendí a valorarme y decir basta a tantas calamidades que venía soportando. Ninguna cifra elevada se podría comparar con la inigualable sensación de haberle escupido la cara a Diego o haber gritado “¡Renuncio!” frente al alfeñique enfurruñado de mi jefe. 
 Salí por la puerta principal como una verdadera “sobreviviente”, luego de haber abandonado para siempre ese desagradable lugar, repleto de, como dice mi hermano Javier, “Malditos hijos de puta”.