martes, 31 de enero de 2017

Desteñido y olvidado

 Durante tres semanas me volví completamente loca. Me paraba frente al espejo, examinaba atentamente a la persona que me saludaba desde el otro lado y me preguntaba si aquella desequilibrada emocional que sonreía mientras lloraba y lloraba matándose de la risa, todo al mismo tiempo, era yo.
Ocultaba mi rostro en las palmas de las manos, como si fuese realmente sencillo esconderse del mundo exterior. Me daba mucha vergüenza actuar así. Y como no podía ver otra cosa que no fuese una sombra negra, las apartaba, para verme de nuevo reflejada en el espejo, y volver a reír-llorar, llorar-reír, infinidad de veces.

 Comía a montones un día, al otro lo escupía todo. Me despertaba abatida por la mañana, me acostaba demasiado exhausta por la noche. Escribía cientos de historias de amor y a todas les cambiaba el final por otro más trágico y verdadero: desamor, engaño, traición, muerte. Después los borraba porque me daba miedo admitir los deseos ocultos que albergaba en mi subconsciente. Luego los volvía a reescribir por algo más fantasioso: finales felices, amor para toda la vida, viajes por el mundo, lunas de miel en Paris. Y cuando estaba decidida a publicarlos y apretar el botón de <<Enviar>> ¡Ay, ay, ay! La realidad me caía como granizo y me aplastaba de golpe. Entonces, devastada, los borraba.

 A veces me encantaba ir a trabajar, me sentía útil para la sociedad. Pensaba “Este es el mejor trabajo del mundo, no podría querer algo mejor”. Otras, en cambio, me sentí completamente un parásito que vivía desperdiciando ocho horas diarias de su vida para una empresa cuyo dueño no conocía, que debía crecer y con los años, si tenía suerte, hacerse multimillonaria. Todo a costo de mi tiempo, mi salud y mi sacrificio. ¿Para qué trabajaba realmente? ¿Por un par de esos arrugados y coloridos papeles? ¿Para comprarme cosas que no necesito? ¿Para vivir o sobrevivir? ¿Para que las empresas compitan, destruyan y se beneficien obteniendo más poder, más dinero, más víctimas? ¡Cuán abatidos debemos estar para que nos engañen con esos disparates!

 Entre esas ideas anticapitalistas que surgían de la nada y esos desequilibrios momentáneos, yo estaba frustrada, ansiosa, triste, preocupada, porque no podía hacer nada para que Andrés me quisiera. De ese amor imposible surgieron todas las agonías que dejaron en ruinas a mi pobre y frágil corazón. Mi problema no era querer a alguien que no me quisiera. Mi problema residía en que él no me diera la posibilidad de hacerle cambiar de opinión.
Andrés estaba perdida y equívocamente enamorado de Samanta. Era el error más grande que pudiese cometer, porque además de que lo utilizara como un placer carnal de fin de semana, le estaba entregando su alma. Él era consciente de eso, pero no le importaba.
Ella no podía ver más lejos que un peinado bonito y un par de bíceps y tríceps bien marcados. Ni de chiste pensaba mantener una relación a largo plazo con ese extravagante ser humano que hacía el amor estupendamente. Excepto por los ojos verdes aceituna de Andrés, esos sí que eran una maravilla, casi inexistentes. Uno podía verse reflejado en esas aguas tan profundas, pero no había la más remota posibilidad de ahogarse en ellos si él no quería que lo hicieses.

 Yo podía pasar horas y horas contemplándolo en mi mente. Se veía precioso con esa camisa sin mangas de color gris y esos jeans oscuros ceñidos que vestía la primera vez que lo vi.  Podía viajar a Neptuno, ida y vuelta, y enamorarme un poquito más cada vez que regresaba y recordaba a ese sabelotodo, a ese tonto orgulloso que pensaba de una forma tan audaz, inteligente, mordaz, que me dejaba petrificada, sin aliento, cada vez que me declaraba la guerra. Era un soldado sin armas en pleno campo de batalla.  
Conservaba una forma sencilla, despreocupada, casi alegre, podría decir, de ver las cosas. Para él nada tenía sentido más que vivir a su antojo.
Pero sé que en el fondo, bajo la superficie, detrás de los muros que construía, la realidad le preocupaba, no lo dejaba dormir, le retorcía el estómago. Nunca jamás me lo confeso, pero uno podía olerlo, saborearlo, escucharlo gritar con la boca cerrada, salírsele el corazón en un segundo cuando estaba en silencio.

 Andrés, para mí, no era simplemente mi amigo. Era la mejor persona que había conocido en todo el mundo. Vivía con su papá a una cuadra de la estación de Haedo. Alquilaban una pequeña casa, vieja y decrépita con dos habitaciones, un baño y un comedor. Tenía tres perros: Lúa, Mostaza y Frodo. De todos Mostaza era su favorito. Nunca supe por qué.
No era una persona que hablara suficiente de sí misma. Si se preparaba para contarme algo que hasta entonces yo no supiera, me sentía afortunada.
Tenía un año más que yo, trabajaba doble turno en una casa de venta de instrumentos musicales y era quien se hacía responsable de los gastos en su casa. Su papá estaba enfermo, le habían diagnosticado leucemia hacía un año. Los médicos le dijeron que debía seguir el tratamiento de la quimioterapia al pie de la letra, pero las posibilidades de que sobreviva eran muy pocas, tenía un cáncer muy avanzado.
 Él amaba a su papá más que a nadie en el mundo. Lo crio solo desde bebé y nunca lo había escuchado quejarse. De su madre nunca me habló. Una vez, conversando, creí que lo había hecho. Me dijo “Ellos dicen que no tiene posibilidad, pero yo estoy vivo, cuando dijeron que debía estar muerto”.
 Desde el momento en que supe lo de su padre creí que a Andrés también le quedaba poco tiempo. Andrés estaba muriendo.

 Atrás quedaba el chico del bar al que conocí y le fascinaba el rock nacional. Cuando nos juntábamos, siempre salíamos a lugares donde pudiésemos escuchar la buena música (palabras textuales de él), a comer comida chatarra (la mejor, otra vez, según él), y a tomar una irresistible cerveza negra (exquisita, según yo). Él siempre escogía dónde y nunca íbamos a otro que no fuera el lugar en donde nos conocimos. Y yo adoraba que fuese así.

 No nos entendimos muy bien el primer día que coincidimos en el bar. No fue fácil, teníamos opiniones distintas de política, de música y de religión. Ni siquiera nos pusimos de acuerdo en quién debía pagar la cuenta. Pero algo hacía que todo lo anterior fuese insignificante: lo que sentíamos el uno por el otro. Supuse que esa era la razón fundamental de nuestro estrecho lazo, para mí su amistad valía más que cualquier pensamiento contradictorio.
 Me acostumbré tanto a su presencia, a su compañía (y hasta, incluso, a la presencia de ella) que preferí ocultar los sentimientos que afloraban en mi interior y seguí a su lado, tal como lo había hecho hasta entonces.
Algunas veces él mencionaba su nombre en diferentes ocasiones, decía: “Samanta no entiende de música, pero me encanta su pelo” 
“Samanta adora las hamburguesas de soja, no la entiendo” “Si, que sé yo. Es linda, le gusto, me gusta. Simple”
“Simple” pensaba yo. Ojalá fuese simple. No podía imaginar siquiera la sencillez de vivir mi vida sin él.
Volvía a casa con la sensación de que si ella era el papel donde él escribía, yo era el cesto donde descartaba los garabatos, los desteñidos, los olvidados. Y así me sentía. No quería ser un pedazo de papel arrugado en el diario de Andrés. Deseaba ser su historia y que él fuese la mía.
Pero yo era ordinaria, torpe. Era su amiga, aquella que conoció por casualidad y de la que se rio y burló durante quince minutos cuando vio como mi bola de billar trastabillaba hacia la mesa donde jugaba él. Soy bastante mala en esa clase de juegos, necesité aclarárselo y disculparme unas cien veces porque me sentí avergonzada. Hasta el día de hoy cuando lo recordamos se burla descaradamente de mí. Y yo rio y me enojo. Disimulo estar ofendida, pero no lo estoy. Nunca estuve más feliz y orgullosa de mi torpeza.  

 Pero todo cambió cuando recibió la noticia de su padre y con la llegada de Samanta. Nos veíamos menos que antes, hablábamos poco y cuando lo hacíamos él estaba distraído, con la cabeza en el hospital y el corazón en manos de ella. Me consolaba pensar que quizá si le daba todo mi apoyo y  mi amor tal vez él me entregara su corazón. Quería dividir su dolor y cargar con su pena, pero no me dejo.

 Un día, más precisamente un miércoles de primavera, Andrés estaba hablando sobre Samanta. Estaba confundido, creía que la relación no iba a ninguna parte, que sólo estaba perdiendo el tiempo. Yo también lo creía.
En ese instante, la voz de mi conciencia me susurro: “Aprovecha ahora, está confundido, mostrale claridad”. De repente, se encendió una luz, una débil llama. Creí que si no le decía en ese momento lo que sentía iba a morir ahogada en un mar de sentimientos. Mi garganta estaba a punto de explotar. Necesitaba decirle que no dormía, que no podía comer. Necesitaba que supiera que estuve echa un ovillo en mi cama durante tres días; que lloraba como una desquiciada, y que sólo reía cuando me acordaba de él. Quería que supiese que lo amaba.

 Intenté esfumar esos pensamientos y pensar en otra cosa, pero no pude. Había escuchado de boca de algún resignado que entre más luchas por salir más rápido te hundís. Pero yo estaba enterrada en el fondo de mi tristeza y no me importaba nada más que Andrés. Andrés y una pala. Andrés y mi rescate. Andrés mi salvador. Andrés y yo.  

 De pronto, sentí como me desprendía de todos los prejuicios que no me dejaban respirar y vencí el miedo a perderlo. Sin detener ese instante de coraje, vi como mis labios se abrían lentamente como si tuviesen vida propia, a punto de cometer un acto de locura si antes no les ponía un bozal. Y no lo hice.
Lo venía soportando hacía meses, pero ya era suficiente. Tenía que arriesgarme. Estaba harta de que Andrés no pudiese ver lo que era obvio. Samanta esto, Samanta lo otro. Samanta no soy yo. Yo nunca voy a ser como Samanta. Mi pelo no se parece ni de chiste al de ella: lacio, rubio, sin frizz. Mi vida tampoco. Soy un desastre, un pequeño y enredado desastre. Sé que no tengo nada para ofrecerle, más que un par de historias que llevan su nombre y un desgastado corazón que lo adora. Pero sé también que si lo tuviera todo, no querría que se quedara.
 Así, un miércoles de primavera, a mitad de la noche, sin más faros que la luz que emanaba de sus ojos aceituna, lo besé.

 No sé realmente qué esperaba o si de verdad esperaba alguna reacción que no fuese la que imaginaba.  
Al principio se sorprendió, no supuso mi atrevimiento. Me besó durante unos segundos, infinitos… y luego se apartó. Me miró fijamente a los ojos como si quisiera adivinar lo que acababa de pasar, apartó la vista y se alejó unos pasos. Sin voltear a verme, perdido en la confusión de la noche me dijo: “No puedo. Perdón. ¿Qué hice? Me dejé llevar, fue una confusión. Pero estoy enamorado, ¿Sabes? La quiero, de verdad, aunque no la entienda”
-“Yo también te quiero. Y estoy confundida, tanto o más que vos. De verdad, te quiero Andrés” le respondí.
-“No. Basta. No sigas, de verdad, no lo arruines. Tal vez, en un futuro, en algún otro momento…”- me dijo aturdido. Levantó la vista. Sus ojos estaban perdidos tratando de buscar una salida. Sin quererlo, sin preverlo, se posaron en los míos.
-“No lo arruiné. Vos lo hiciste”
Y me fui llorando.

 Hace un mes que no hablo con Andrés. Lo último que le mandé fue un mensaje de texto esa misma noche que decía: “Tal vez, algún día… me ames también” pero nunca respondió.
Yo lo sigo queriendo, incluso más que antes. No sé porque los sentimientos tienden a ser más pesados con la distancia, pero así son y no puedo hacer nada para cambiarlo.

 Todavía sigo escribiéndole historias. Todas llevan su nombre, por supuesto. A veces, cuando estoy por escribir un final trágico, opto por alguno que me guste más, como un final feliz, por ejemplo, de esos que algunas veces si son reales.
 Tal vez cambie la historia y reescriba nuestros destinos, y  haga que su dolor desaparezca con una noticia inesperada, con una posibilidad nula. Y haga que todo vuelva a ser como era antes, de la manera en que fue siempre.

 Quizá algún día Andrés me perdone y me confiese que siempre estuvo enamorado de mí, que me amó desde el primer momento en que vio como mi bola de billar iba a parar directo a su antebrazo. Aunque de seguro se ría descaradamente al recordarlo y yo finja un enojo muy grande como para no hablarle durante un largo rato, pero sólo sería uno pequeño, porque no aguanto estar mucho tiempo peleada con él. Y entonces él decida besarme.

Total Andrés nunca va a saber el final que le inventé,  porque Andrés no lee.



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