viernes, 17 de marzo de 2017

Héroe de guerra

Prólogo
 Siempre odié el ruido que hace la puerta de entrada del depósito al abrirse. Reproduce un chirrido insoportable, casi irritante. Caminé deprisa por el pasillo, el interminable trecho hasta las escaleras. Antes de subir replanteé mi situación, pero casi de inmediato huí de esa idea y subí los peldaños. 
 Una vez llegado al primer piso, caminé siete pasos por las baldosas repetidamente grises y pequeñas, hasta la puerta de madera que conducía a una oficina y entonces golpeé dos veces. No esperé que me dieran permiso para entrar, abrí y sin pensarlo siquiera una última vez, escupí lo que venía a decir:
-¡Renuncio!

Primer Capítulo: 
Vía de escape
 Son las dos y veinte de la tarde y estoy encerrada en los vestidores. Cierro los ojos con fuerza, como si existiese una vía de escape directa que pudiese regresarme a casa.
 Me encuentro en mi habitación, leyendo un libro de Scott Fitzgerald, mi favorito, escuchando la voz de mi pequeña sobrina preguntando “Estrellita ¿Cuándo vas a salir?”. Rio y vuelvo a concentrarme en las páginas de mi libro. Me encanta estar en este lugar, en la comodidad de lo que es mío y nadie puede arrebatarme. De repente, los abro. Desaparecen mis placeres. Era un sueño precioso y tangible, pero sueño al fin. Sigo atrapada entre estas cuatro paredes, llorando. Aún quedan dos horas y cuarenta minutos para terminar mi jornada e irme.
 Pero hay un problema, no sé qué voy a hacer: tengo claustrofobia.

Segundo Capítulo: 
Zapato y charol
 Me levanté a las ocho de la mañana, al igual que todos los días. Desayuné, me vestí y fui a la tienda de CDs. Como de costumbre el cansancio asomó y me saludo desde su opulento balcón, regañándome por haberme acostado a horas tan tardes (o tempranas) de la madrugada, por lo que, mentalmente, anoté ser más responsable la próxima vez. Claro está que me engañé a sabiendas de que no lo sería.
 La tienda se encontraba en una zona bastante apartada de la avenida principal y apenas unas ocho calles de donde yo vivo. No es muy frecuentada en el barrio, ya que nuestra mayor competencia (conocida como franquicia y con publicidad en diarios, revistas y televisión) está ubicada en un sector mucho más privilegiado que el nuestro y cuenta con etiquetas de recomendación como “Internacional y de excelente calidad con los mejores precios para tu bolsillo” “Atención personalizada e increíble” “Ideal para aquellos fanáticos de la música clásica y de lo contemporáneo” “Vení y descubrilo, no te lo pierdas” y otras galanterías por el estilo.
 “El mundo de la música y el cine sufrió una crisis muy importante- repetía siempre mi jefe- en lo que respecta a la venta de CDs, entradas y productos comerciales. Lamentablemente, la mayoría de la gente no se preocupa por obtener los originales, ni por retribuir el trabajo de los músicos, ni de los actores, ni de todos los que están detrás. Compran duplicados piratas en las calles o lo bajan a través de Internet, porque es fácil, barato y, hasta algunas veces, gratis. Todo el negocio cayó en picada. Por eso la mayoría de las tiendas que seguimos apostando en este negocio, además de vender CDs y DVDs, también lo complementamos con electrodomésticos y cualquier otra cosa para subsistir, porque estás que vienen de afuera son puro zapato y charol”.

Tercer Capítulo: 
Autobiografía de una inadaptada
 Llegué poco antes de las nueve. Me cambié la ropa por la de trabajo y comencé mi rutina laboral. Empaqueté algunos CDs y DVDs antiguos que ya nadie se molestaba en mirar para terminar la devolución que había comenzado el día anterior. «Lamentablemente, clásicos» pensé. Luego controlé las distintas cajas que enviaban las compañías disqueras con sus respectivas novedades e hice un nuevo pedido para reponer el stock faltante de lo que la gente hoy en día escucha y mira (lamentablemente, otra vez, pasé por alto mi fanatismo por los clásicos con total resignación).
 Anteriormente, pensaba que no podía desear algo mejor que vivir entre música y letras. Era un trabajo increíble para alguien como yo, que adoraba la música con el alma, aquella capas de viajar a cientos de países, por infinitas épocas y regresar como si nunca hubiese extrañado nada. Estaba, como había oído decir, “en mi salsa”. Pero ahora, en cambio, podía resultar realmente tedioso e insoportable el tiempo que transcurría allí, no tanto por el exceso o la escasez de ventas, si no, por el abuso o falta de compañerismo.
- Ahí viene “Rompo-todo-lo-que-toco”- oí decirle a Diego, entre risas, cuando me dirigía hacia él para entregarle el remito que debía revisar y cargar en la base de datos.
-¡Advertencia! Tenemos un fenómeno en el pasillo número tres. Repito, pasillo número tres- se burló Ariel, como siempre imitando un megáfono con ambas manos y reproduciendo sus palabras en un tono ensordecedor.
-Gente con celulares, tablets y cámaras por favor abstenerse a fotografías por el momento. Es por su propia seguridad. Si la ven, aléjense inmediatamente- retrucó Diego.
 «Estúpidos» pensé para mis adentros. Demasiado raro hubiese sido verlos en desacuerdo en algo. Eran carne y uña, inseparables, incluso para molestarme. No les contesté y le dejé el papel arriba del mostrador. «Ya está, doy media vuelta, los ignoro y sigo con lo mío. No es tan difícil». Me concentré inútilmente en seguir mi propio consejo.
-Si vas a romper otra estantería por favor avisanos con antelación.
-Pensar que tengo un palo de golf guardado y sin estrenar en casa... Podes pedírmelo cuando quieras.
-¿Seguro que es lo único guardado y sin usar?- respondí en voz baja mientras caminaba por el pasillo.
-Eh, alto ahí- Diego se adelantó y se detuvo delante de mí, acorralándome con sus ojos negros y desbordados de furia- ¿Qué acabas de decirme fenómeno de circo?
 Me paralicé por un instante. No le tenía miedo, ni mucho menos, pero una sensación de escalofrío me advirtió que debía replantear mi situación.
-Nada- le respondí.
-Ah, con que ese es tu juego ¿Eh?. Primero arrojas la piedra y después escondes la mano.
- Es una pobre cobarde- Acotó Ariel por detrás.
-Primero juega al gallito ciego y no nos invita. Luego se la da de lista y no comparte su astucia. ¿Qué esto, la autobiografía de una inadaptada?
-Muy buena Die- Remarcó nuevamente el estúpido de Ariel mientras se reía y aplaudía estrepitosamente.
 Intenté escaparme de su presencia por un costado, pero no me dejó.
-Eh, ¿A dónde te crees que vas?
-Tengo que seguir trabajando, correte- respondí en seco.
-¿Perdón?¿Esa es tu forma de pedir un favor?
-No es ningún favor, dejame ir idiota- Sin quererlo puse demasiado énfasis en esta última palabra.
-No me gusta el tono que estás usando conmigo nena.
Agarró un mechón de pelo del lado derecho y lo tiró con fuerza hacia abajo.
-¡Ay! ¿Qué estás haciendo? ¡Soltame!
-¿Qué me dijiste?
-¡Soltame! ¡Déjame en paz!
Intenté apartar su mano de mi pelo.
-Que sea la última vez que me hablas así ¿Me escuchaste?
 Susurró tan cerca de mi oreja, que un nuevo escalofrío arremetió contra mi cuerpo.
-¡Respondeme!
 Lo hice. Le escupí directamente y sin escrúpulos en el ojo izquierdo y, cuando me soltó para limpiarse aquella insolencia, no lo dudé un instante, le di un puñetazo en la cara, que lo hizo girar como una calesita, y cayó inconsciente en el suelo.

Cuarto Capítulo: 
Piel ajena
 Para mi poco asombro quedé suspendida durante tres días por agresión física y con un ultimátum de despido si ocurría algún otro inconveniente similar dentro del establecimiento. 
 Cuando volví a trabajar todos se habían apiadado del enorme moretón en la cara del “perjudicado”. Escuchaba como Ariel le decía a mi jefe en voz baja pero lo suficientemente alta como para que yo lo escuchará: “Ahí viene la loca que arruinó el rostro de Die. Cuidate, a ver si prueba boxear con tu cara también” “Yo sabía que era rara, viste. Parecía inofensiva a simple vista, por eso la contraté. Pero ya sabes lo que dicen, esas son las peores”.
 Poco debían de saber, pensaba yo, cómo es realmente una persona, juzgando por lo que aparenta ser.
 Nunca me preguntaron siquiera algo tan sencillo como por qué lo había hecho. Ariel lo sabía de todas formas. Pero no lo justificó, sé que estuve mal. Jamás hice algo parecido. Estaba totalmente en contra de cualquier manifestación de violencia; pero no me arrepiento, se lo merecía. 
 Soportaba su acoso desde la mañana hasta la tarde, cada semana. Tomaban cualquier defecto o error que cometiese y lo estiraban hasta que me dolieran las entrañas o me sangraran las heridas.
 Incluso empecé a desarrollar trastornos del sueño, como el insomnio. Durante varias noches no pude dormir, porque cuando lo hacía soñaba que seguían humillándome y riéndose de mi. Despertaba sin aliento de aquellas pesadillas, y ya nunca pude descansar sin temor a ellas. 
 Odiaban profundamente que me fuera mejor en ventas o que obtuviera comentarios agradables por partes de los clientes. La competitividad sumado a la envidia les corrompía y hacia estragos en sus estúpidos orgullos y yo pagaba el precio más alto por ello. Mi ánimo, alegre y pacífico, se teñía, en menos de un minuto, en agresivo y pesimista; como alguien podía cambiar sencillamente de opinión en un instante.
 "Son palabras que nada significan - me retaba mi hermano Javier- Al aceptarlas como verdaderas no haces más que atribuirles dicha a ese par de imbéciles”. No era tan simple para mí ignorarlas, como lo era para él escucharlas pronunciar desde mi boca; estas no dejaban marcas en piel ajena, pero acumulaban huellas en la propia.  

Quinto Capítulo: 
Susurros de nadie
 Una semana después de que todo volviera a la “normalidad”, es decir, que todo siguiera su curso sin el agobiante chismorreo que volvía a ser susurro de nadie, yo trabajaba con total indiferencia fingida.
 Volví a la rutina de empaquetar discos y separar y controlar novedades, sin prestarle demasiada atención a Diego y al gigantesco y asqueroso moretón que lucía en su cara. Pensé en vano, en una precipitada perdida de mi cordura, disculparme con él por la agresividad de mi respuesta, y que la “víctima” me retribuyera con las mismas (y merecidas) disculpas, no sólo por su agresión si no también por su falta de respeto y humillación continua. Ambos resultaríamos victoriosos, o al menos eso creía yo, pero nada de lo anterior se llegó a concluir jamás. 
 Aun podía oír claramente como susurraban insultos o frases despectivas hacia mi, pero para nada me sorprendían. Incluso, después de dos semanas, era visible la marca que llevaba Diego en el ojo izquierdo, pero éste lo hacía con tal orgullo y altanería de quien es capas de compararse con un héroe de guerra o llamarse así mismo “sobreviviente” de una brutal y sangrienta batalla que no dio tregua.
 Los intentos por mantenerme fuerte y segura resultaron en vano. La poca paz interior que lograba conservar por aquellos días se sacudía de inmediato, dejándome en suelo poco firme y al desnudo, cada vez que lo veía acercarse o lo escuchaba pronunciar mi nombre.
 Mi ánimo estaba deshecho. Me abandonó, al igual que los gorriones abandonan un atardecer de verano, buscando refugio en mitad de una noche oscura, clamando piedad en las frágiles ramas de un viejo árbol.

Sexto Capítulo: Mundos paralelos
 Traté de evitar su arrogante mirada y sus comentarios despreciables durante el resto de la semana siguiente y mantenerme impasible; pero el miércoles, a la hora del almuerzo, no pude evitar colisionar contra uno de mis mayores temores.
 Solíamos turnarnos, mientras uno almorzaba, los otros dos restantes se ocupaban de la atención de la tienda y viceversa, hasta que concluyera el descanso. Yo me quedaba en los vestidores (un lugar bastante reducido), disfrutando de esos cuarenta minutos que se esfumaban de inmediato, donde, además de comer, leía una novela o escuchaba música. Cualquier cosa que me distrajera y pusiera mi mente en blanco era bienvenida. Fueron esas mismas distracciones las que cegaron mis sentidos y apartaron de mis pensamientos la gravedad de la situación que estaba ocurriéndome en aquel lugar.
 Todos los tardes dejaba la puerta con una abertura bastante amplia para que entrará el aire y así apartar de la habitación mis temores. Nunca cerraba con llave, ni dejaba que nadie lo hiciera mientras yo estuviese allí. Todos lo sabían y estaban informados de los delirios que me producía una situación contraria. Hace dos años había sufrido un ataque de claustrofobia (el primero de muchos), al quedarme encerrada durante tres horas en el ascensor de un supermercado, por un corte de luz general.
 Fue el peor día de mi vida y, por mucho que desee quitarlo de mis pensamientos, no puedo olvidarlo. El aire me asfixió, no sabía cómo podía hacerlo si ni siquiera lograba respirar. Mi corazón corría a toda velocidad por el primer lugar en un maratón, mi cuerpo temblaba y sudaba peligro a cada minuto. Mi cabeza se encerraba entre ideas de pánico, terror y oscuridad. Tuve tanto miedo que, cuando me rescataron, no salí durante dos semanas de casa, creyendo que aquella espantosa situación me perseguiría incluso hasta en un espacio abierto.
 Desde entonces, mi temor hacia los lugares pequeños y cerrados aumentó. Sufría horribles pesadillas al escuchar cerrarse un picaporte; ir de compras o estar en un lugar reducido era una tortura; incluso tomar un ascensor desapareció de la lista de atajos para siempre. Había olvidado que existía otro mundo, un mundo paralelo, al que ya no podía pertenecer. Me aseguré de recordar las reglas que exigía este, al que apenas estaba aprendiendo a conocer.
 Aparté la vista del libro “A este lado del paraíso” y revisé el horario en la pantalla de mi celular. Aún me quedaban diez minutos para descansar antes de volver a empaquetar cajas y más cajas. Aproveché aquel intervalo de tiempo para cambiar de canción por una menos deprimente y romántica, y mientras lo hacía, extrañamente, advertí que algo estaba mal en aquella habitación, como si el aire empezará a pesarme alrededor. Giré mi rostro instintivamente hacia la puerta y noté que estaba diferente a como yo la había dejado. Alguien la había cerrado.
 Sin pensarlo dos veces, me deshice de mis auriculares y de mi libro y corrí directamente hacia la entrada del vestidor y pulsé el picaporte hacia abajo, en un intento de abrirla. Pero no funcionó. Lo intenté una segunda vez y, luego, una tercera. Empecé a desesperarme. Me había quedado encerrada. Golpeé frenéticamente y grité “¡Auxilio!¡Que alguien me ayude, por favor, estoy encerrada!”. Nadie me oía, era inútil. El vestidor se encontraba al final de un pasillo, en frente del depósito, ambos detrás del local.
 El aire comenzó a asfixiarme y el sentimiento de pánico tiño por completo la habitación. El terror volvió a apoderarse de gran parte de mi mente hasta convertirse en caótica desesperación y mi cuerpo reaccionó a tal situación con movimientos bruscos, temblores, llanto, sudor, agonía. Yo sabía perfectamente que estas sensaciones no existían, que habían sido creadas en el interior de mi mente como una respuesta de alarma ante el peligro y traté con todas mis fuerzas calmarme y repetirme “Es todo irreal, no existe”. 
 Me volví pequeña e indefensa y deseé estar en cualquier otro lugar. Cerré los ojos y me transporté hacia el cálido refugio de mi habitación.

Séptimo Capítulo: Color negro
 No sé cuánto tiempo estuve delirando, no pude pensar con claridad. Había olvidado que disponía de un teléfono celular, con el cual hubiese resultado ilesa con tan sólo una llamada. Quería escapar lo más rápido posible de allí, no me importaban los riesgos que debía tomar. 
 Levanté la vista hacia la pequeña ventana que asomaba en la esquina superior del lado derecho y no dudé un instante. Me sequé las lágrimas, silencié mis sollozos y me abalancé sobre ella.
 Trepé por los casilleros abiertos que nadie utilizaba del mueble metálico (donde cada empleado guardaba sus pertenencias) y, una vez de pie en él, rompí el cristal de la ventana de una patada. No traté de evitar los restos que podrían lastimarme y me lancé, desesperadamente, hacia el otro lado.
 Caí de costado, encima de cientos de pedazos de cristal, a unos tres metros de altura, ahogada en llanto y gimiendo terriblemente de dolor. Perdí el conocimiento unos segundos después y me sumí en un sueño profundo y tranquilo. 
 Todo lo que recuerdo luego es de color negro.


  Octavo Capítulo: Inconsciente y afortunada

 Desperté en un hospital, en una habitación pálida y luminosa, sin poder moverme, con tubos largos y finos entrando y saliendo por varias partes de mi cuerpo.
 La primer persona que vislumbré cuando logré esclarecer mi vista fue a mi hermano Javier. Estaba con su teléfono, distraído en alguna placentera conversación. Lo vi sonreír, ameno, gesto muy raro en él. Siempre fue una persona relativamente seria.
 Cuando percibió que alguien lo estaba observando giró su rostro hacia mi. Se sorprendió, y lo primero que preguntó fue cuánto tiempo llevaba despierta. Después de responder y esclarecerle algunas dudas de por qué me había lanzado de una ventana a semejante altura, me informó que hacía catorce horas seguidas que no paraba de roncar. Me reí y el dolor se transmitió a cada parte sensible y adolorida de mi cuerpo. Otra vez, noté algo raro en él. No era una persona de chistes.
 Me enteré luego por el médico de guardia que había sufrido graves lesiones en gran parte del lado izquierdo del cuerpo, pero que había logrado, milagrosamente, sobrevivir a la caída sin fracturas mayores, ni derrames cerebrales, ya que al arrojarme en la posición “fetal”, inconscientemente, resguardé el cráneo de sufrir un impacto mayor del que hubiese tenido en caso de haber caído de espaldas, y que, afortunadamente, logré amortiguar el golpe con el brazo. Además, me advirtió que necesitaría entre diez y catorce días de reposo para reponerme, pero que probablemente si seguía como hasta ahora, mejoraría muy pronto.
 Podía jurar que iba a tener mucho más tiempo del previsto por el médico para reponerme física y mentalmente de aquella situación tan perturbadora.

Noveno Capítulo: Vuelo del gorrión
 Trece días después, cuando me sentí completamente apta y sin temor de salir públicamente, regresé a la tienda de CDs. Una leve carga de peso se ponía en evidencia entre mis pensamientos y cada vez me oprimía con mayor presión. Necesitaba deshacerme de ella antes de que olvidará la razón por la que había ido hasta allí.
 Me había enterado previamente, cuando regresé de hacerme los estudios de revisión en el hospital, que la puerta del vestidor había sido cerrada con llave intencionadamente mientras yo estaba dentro (¡Qué novedad!). Mi hermano me relató la situación de cómo lo supo: “Ariel vomitó la confesión. Casi tuve que agarrarlo de las narices. Fueron esos malditos hijos de puta- dijo furioso- Si no me separaban a tiempo, lo mataba” y yo pude adivinar fácilmente que lo habría hecho.
 Cuando llegué nadie esperaba encontrarse conmigo. Saboreé ese momento como si esta vez el héroe de guerra fuese yo. Me acerqué a Ariel, desvió la vista hacia abajo, arrepentido, con notables horas de insomnio sufridas por la carga de conciencia. Vi la espantosa vena que sobresalía de su frente cada vez que se ponía nervioso. Le pregunté si me había extrañado y no supo que responderme. “Cobarde”, pensé.
 Luego, le pregunté lo mismo a Diego. No había rastro de arrepentimiento en aquel ser endemoniado. Me miró fijo unos instantes, rebosante de superioridad y me respondió “Por supuesto, temía que fueras a morir asfixiada. Lástima que olvidé que había una ventana”. “Hijo de puta” pensé y le escupí, por segunda vez, directo en el ojo izquierdo.
 Tenía al culpable de todas las cicatrices de mi cuerpo y de mi salud mental frente a mí. Podía haber reaccionado peor que la primera vez y darle un segundo y, hasta incluso, un tercer puñetazo (en parte, lo deseaba) pero no estaba a favor de la agresión como expresión del ánimo y no quería rebajarme nuevamente a su nivel. Lo máximo que me permití fue escupirle, signo claramente visible de que me desagradaba completamente.
 Cualquier otra manifestación como respuesta hubiese desencadenado una primera plana del diario local con el título “Agresión y espanto: música para matarse”. No pude resistir aquel pensamiento y me marché directo hacia el depósito.
 Golpeé dos veces la puerta de madera, segura de mi decisión, y cuando abrí sin esperar contestación, mi jefe estaba sentado frente a la pantalla de televisión esperando que le dijera porque había interrumpido su glorioso partido de fútbol. Lo adiviné por su cara torcida, la única expresión que podía apreciarse de aquel ser humano si se metían con algo relacionado al fútbol o a las telenovelas que miraba durante la tarde. 
 Me coloqué frente a él, obstruyendo la pantalla, sin importarme las consecuencias. Miré fijamente sus ojos que también me miraban recíprocamente, desprendiendo chispas de ira y, sin más vueltas, antes de que se prendiera fuego totalmente, le grité: ¡Renuncio!

Capítulo Final: Héroe de guerra
 Y aunque no me sienta del todo orgullosa, si no, en parte, un poco cobarde por huir de los problemas también debo confesar que me siento valiente, libre y feliz por hacer uso del punto final. 
 Aprendí a valorarme y decir basta a tantas calamidades que venía soportando. Ninguna cifra elevada se podría comparar con la inigualable sensación de haberle escupido la cara a Diego o haber gritado “¡Renuncio!” frente al alfeñique enfurruñado de mi jefe. 
 Salí por la puerta principal como una verdadera “sobreviviente”, luego de haber abandonado para siempre ese desagradable lugar, repleto de, como dice mi hermano Javier, “Malditos hijos de puta”.

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