domingo, 5 de marzo de 2017

Punto final

-¿Jura solemnemente decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?
-...
-Repito ¿Jura ante mí, la ley y Dios decir toda la verdad?
-…
-Joven, debe responder.
Levanté la vista.
-Debemos seguir con el procedimiento, para eso fue citada, luego podrá irse ¿Lo entiende? Es su obligación como civil aportar claridad al asunto, jurar honestidad en su declaración, decirnos la verdad. ¿Comprende?
Suspiré. Lo comprendía.
-¿De qué verdad me está hablando?

 Un oficial esperándome en la entrada. Una escalera caracol con desembocadura en una sala de espera. Hombres hambrientos de pena, hombres satisfechos de culpa. Teléfonos sonando, teléfonos siendo contestados, teléfonos descolgados. Papeles amontonados en mesas, sillas, muebles. Olor a café por doquier, olor a una preocupación interminable. Preguntas esperándome. El tic tac del reloj matando lenta y dolorosamente la quietud del silencio. No sé que diablos hago acá.

 Llegué a las ocho y cincuenta y ocho minutos. Dos minutos antes que la hora citada. Aún conservo la manía de la puntualidad, desde que mi papá hace algunos años cuando nos dirigíamos al teatro a ver (o debería decir a casi experimentar) por primera y última vez a mi hermana actuar en “Les Miserables”, me dijo que llegaba siete minutos de retraso. "Nadie tiene porque esperarte¡Ni siquiera yo!- gritaba enfadado mientras me señalaba con su dedo índice- Me perdí el principio de la obra por tu estupidez, ahora no quiero quedarme para ver el final. La noche está arruinada y es tu culpa”. Sus palabras, como espinas, se adentraron en mi interior. Desde entonces, nunca llego tarde a ningún lado. Mi papá nunca me lo perdono. Mi hermana tampoco.

 Un oficial bastante mayor (por no juzgar de anciano) vestido completamente, de pies a cabeza de negro, me recibió en la puerta. Le dije mi nombre y a qué venía. Escuchó con atención. Le pedí amablemente que me dejara pasar, tenía un asunto que resolver. Abrió la puerta mirándome de soslayo, pensativo, como si no lograra entender que hacía alguien como yo ahí; leyendo entre líneas mi pedido, descifrando qué asuntos debía aclarar. Yo tampoco lo entendía.
 Me condujo por unas escaleras en forma de caracol hacia el primer piso. Varios hombres, al pasar, me observaron con hambre voraz. Yo seguí inmutable. Detrás de un mostrador, en la sala de espera, un joven estaba sentado hablando por teléfono. Vestía una remera azul y un par de jeans ceñidos. Mi mente empezó a divagar, y distraídamente comencé a contar los teléfonos que estaban a la vista. En total eran cinco, tres descolgados, uno sonando incesablemente (¡Fastidiosamente!) y otro siendo contestado por él. Cuando termino, se acercó. Saludo amablemente y me preguntó mi nombre. Acto seguido me pidió mi documento de identidad. Además de entregárselo, le devolví la carta que había llegado a mi domicilio y que recibió mi padre. Por supuesto, otro drama se desarrolló en el comedor aquel día. Él dijo: “¿Cuándo vas a dejar de meterte en problemas?¿No ves que con vos es suficiente?” “Cálmate. No son míos, viejo” “Pero son problemas. No huyas cobarde” respondió.
Y hasta esta oficina me trajeron sus espinas venenosas.
“En un momento te llaman, ¿Sabes?” Las palabras del joven me trajeron de regreso a la Tierra. Volvió a acomodarse en su asiento y teclear un sin fin de letras que poco interés generaban en mi.

 Mientras tanto, me preguntaba que hubiese ocurrido si no seguía mi sentido de la cordura y mi buena fe. Siempre tengo que ser correcta ¿Para qué? Tal vez, simplemente, hubiese recibido otra carta y mi padre volvería a reiterar que soy una irresponsable busca problemas y yo lidiaría con sus comentarios un día, dos a más tardar. Quizá me hubiesen impuesto una multa de una suma importante, la manera más rápida y eficaz de solucionar los problemas y ni siquiera hubiese tenido que soportar a mi padre y a su mal genio. Mejor aún, un par de meses detenida por incumplimiento de la ley no resultaría un inconveniente para mi, incluso lo gozaría. Podría haber sucedido cualquier cosa insignificante, hasta la nada misma, y ahorrarme todo este mal paso. Pero estaba ahí, de frente a mi responsabilidad, como respetable ciudadana. No podía huir hacia ninguna parte, y si lo hacía...¿Hacia dónde? Me toparía con un escritorio, caería por las escaleras caracol, quedaría atrapada entre los pies de un oficial. No podía hacer uso de mi cobardía con total ímpetu.

 Por fin pronunciaron mi nombre, después de un largo uso de mis pensamientos rebeldes y una joven, de treinta o treinta y cinco años, alta, de pelo largo y oscuro, de pechos prominentes y piernas infinitas abrió la puerta y me condujo por un pasillo corto hacia otra oficina. Me informó que enseguida su compañero me tomaría la declaración. Luego se retiró.
 Me senté y esperé. Volví distraídamente a contar los teléfonos de aquella oficina. Sólo encontré dos. Me pregunté que manía estaba desarrollando con respecto a la cantidad de teléfonos incorporados en un espacio sencillamente reducido.
Mis pensamientos fueron interrumpidos.

-Hola, mi nombre es Benjamín González. Soy quien te tomará declaración de los hechos presenciados respecto al trabajo de investigación que realizó la policía de drogas ilícitas. Espero que esté lista. Un gusto.
 Estrechó su mano. Le respondí el saludo. Por supuesto, lo último que esperaba es que fuese un gusto.
-Lucía ¿Verdad?- me preguntó.
 Asentí. Me ruboricé inoportunamente. Una pequeña curva tímida, muy parecida a una sonrisa naciente, se deslizo en mi boca. Tenía enfrente a un joven atractivo haciéndome preguntas que pocas ganas tenía de responder. Quería hablar de otras cosas, charlar animadamente de trivialidades. No imaginé cruzarme a alguien de su tipo un día como hoy, ni nunca en este lugar.
 Comenzó con la típica frase que requiere una ocasión como está “Jura decirnos toda la verdad y nada más que...” Pero ¿De qué verdad me está hablando? Pensé. Afortunadamente, para mi humilde valentía, también lo dije en voz alta.
-El proceso de declaración consta de lo siguiente: es necesario que relates algo de lo que recuerdes del día veintiuno de febrero cuando fuiste tomada como testigo de un proceso judicial por allanamiento de drogas.
-¿Solamente algo?
-En realidad, cualquier dato es útil, pero es preferible que relate la situación de la manera más clara posible. Si ante alguna pregunta no recuerda la respuesta puede responder “No lo recuerdo” y no habrá inconveniente.
-Lo recuerdo todo- respondí firme y autoritaria, convencida de mi buena memoria.
-En ese caso, prosigamos. ¿Dónde fuiste interceptada por el auto policial primeramente?
-En la calle Mitre, a dos cuadras de la estación de tren de Ramos Mejía.
-¿Recordás la hora?
Como si nunca la hubiese olvidado.
-Alrededor de las cuatro y media de la madrugada.
-¿Cuántas personas se identificaron?
-Sólo dos. Un hombre y una mujer.
-Y te ofreciste amablemente para empezar el procedimiento ¿Correcto?
No podría haber estado más lejos de la realidad.
-Me negué rotundamente. Discutí con el hombre de uniforme y cédula policial alrededor de media hora, hasta que se hartó de mi. Luego discutí con su compañera, la señora de “Tengo cara de pocos amigos” hasta que me dejó hablando sola, luchando contra mi obligación como ciudadana y peleando absurdamente por mis derechos como la misma. De nada sirvió tanto parloteo, estaba actuando en contra de la ley.
Benjamín dejo entrever una sonrisa. Me alegré de mi terquedad y volví a sonrojarme.
-Luego ¿Qué paso?
-Llamé a la comisaría y repitieron exactamente lo que acabo de decirle. Esperé aproximadamente quince minutos más hasta que los móviles policiales llegaron al lugar del encuentro y me trasladaron hasta el departamento de investigación de drogas ilícitas y crimen organizado.
-Aguarde un momento.

 El sonido de las teclas reproducidas a una velocidad inexistente, más los murmullos de Benjamín que repetían exactamente lo que acaba de relatar, sumado a la sensación que me producía el movimiento de su boca, colisionaron caóticamente en mi cabeza.

-Esta bien, prosiga.
-No tenía otra opción más que cooperar. Quería irme a casa, aunque no deseaba darme por vencida, pero estaba cansada de pelear. Requerían de mi responsabilidad de observación, así que cedí. Tomaron mis datos y me condujeron de nuevo hacia la salida, para que revisará enteramente el baúl de un auto con el cuál iban a transportarme hacia el lugar del allanamiento.
-¿Qué se encontró dentro del auto?
-Absolutamente nada.
-¿Cuánto tiempo transcurrió hasta llegar al lugar del allanamiento?
-Aproximadamente dos horas. Esperé dentro del coche hasta que dieron la orden de salida.
-Continúe.
-Nunca mencionaron hacia dónde nos dirigíamos. Esa falta de información me mantuvo intranquila. Dos oficiales, que debían asegurarse de protegerme durante todo el viaje, tampoco lo sabían. Esperaron a arrancar el coche y conducir ciegamente, sin rumbo fijo, siguiendo a una fila de autos ordinarios que en realidad camuflaban a los agentes.
-Nunca le dan esa información hasta el momento de proceder. Están, disculpe la expresión, al desnudo al igual que usted respecto hacia donde se realiza el operativo.
 Me gusto tanto aquella expresión que no pude evitar sonrojarme. Me hubiera encantado desnudarme ahí mismo.
-Una vez llegados al lugar, varios oficiales se bajaron de los vehículos. Yo seguí dentro, muerta de miedo, adivinará. Calculé que habíamos conducido alrededor de unos cuarenta minutos. Por las descripciones del paisaje a mi alrededor no era una zona que haya concurrido antes. Ni me hubiese agradado hacerlo, con total sinceridad. Esperé hasta que hubiese estado todo “bajo control”. Diez minutos más tarde me encontraba en el interior de un barrio llamado “Puerta de Hierro” de Isidro Casanova, caminando por un sendero de tierra con salidas angostas hacia cada lado, y un sin fin de casas a mi izquierda y mi derecha, todas de ladrillo y chapa, muy humildes, mientras fijaba el rumbo hacia adelante. Me detuve frente a una de ellas y entré acompañada de un agente. Un grupo de oficiales estaba allí reunido. Acababan de detener al matrimonio que vivía allí junto a su hijo pequeño, de diez u once años (supuse yo), que los acompañaba como si fuese algo “casi normal”.¿Me explico?
-Por supuesto. Cómo si sucediese siempre y estuviera acostumbrado.
-Exacto. Después de todo, lo único realmente espantoso del proceso fue haber visto a esa pequeña criatura ignorando el futuro de sus padres y su propio destino.
-¿Qué sucedió luego?
-Lo que cualquiera hubiese esperado. Leyeron los derechos de los acusados y comenzaron a actuar de acuerdo a los procedimientos que usted tan bien conoce y tan bien desconozco yo. Me pidieron que estuviera atenta, que observará minuciosamente. Por supuesto, no había ido hasta allí y peleado con dos oficiales sólo para estar de decorado únicamente. Empezaron por la cocina comedor, luego las dos piezas, el baño y por último un cuarto de trastos viejos.
-¿Recordás si encontraron algo fuera de lo común?
-...

 Aquella pregunta encerraba una respuesta. Él lo sabía al igual que yo. Pero no me atreví a confirmar su sospecha. No sabía exactamente de qué lado estaba. Quiénes eran los buenos, quiénes los malos. ¿Debía elegir formar parte de unos y olvidarme del resto? Sabía muy bien que no lo haría. No quería girar a la izquierda, ignorar los riesgos y darme cuenta tarde que el camino no conducía hacia ninguna parte. Tampoco virar a la derecha si aquel era un trampa y sólo me haría sentir culpable.

-Repito-Aclaró su garganta- ¿Encontraron algo inusual en alguna de aquellas habitaciones?

 Ese era el dilema que no me permitía avanzar. Debía creerle al hombre acusado, un civil común y corriente como yo, que me ofreció un vaso de agua y me dijo “Son unos farsantes todos estos. La semana pasada hicieron el mismo allanamiento, me revolvieron todo y como no encontraron nada me robaron un helicóptero a control remoto que le regalé a mi hijo. Eso si, no sé como van a hacerlo funcionar. Se olvidaron el control remoto los imbéciles”. O debía creerle a la policía, al organismo a quien acudía en caso de estar en alguna emergencia. Cualquier persona optaría por convencerse de lo que es más simple y lógico en estos casos. Para mí resultaba imposible. Ellos me decían “Este hombre se la pasa inventando disparates. Está acusado por dos causas distintas: una, tráfico de drogas, la otra, homicidio” “¿Tienen pruebas afirmativas de que haya asesinado a alguien?” les pregunté. “Están siendo investigadas, pronto lo sabremos. Pero estamos casi seguros, fue él” contestaron.
 ¿A qué lado podría girar sin equivocarme?¿Izquierda? ¿Derecha? ¿Y si no quería estar de ninguno? Me hubiese gustado retroceder y no haber salido a caminar sola durante la noche. Me sentía exhausta. Deseaba volver a casa, descansar y levantarme para enfrentar un nuevo día en mi aburrida vida laboral.

-No recuerdo- contesté.
 No sé por qué lo dije sin reflexionar en las consecuencias que tendría. Las palabras salieron de mi boca, como dardos sin control, apuntando directo hacia al blanco.
-Señorita, usted firmó un documento judicial en presencia de agentes policiales afirmando que vio la prueba del delito. ¿Está usted diciéndome ahora que no lo recuerda?
 Aquella frase cambió el rumbo de la conversación. ¿Qué paso con aquello de “Si no lo recuerda no hay ningún inconveniente”? Ya no me interesaba charlar de absolutamente nada con el sujeto que tenía frente a mí.
 Lo único que pensé fue resguardar de todo el caos mi integridad. Lo que creí que era honesto, tal vez no lo era en absoluto. Los hechos podían haber sido modificados para mostrarme una realidad igualmente alterada.

-Estoy diciendo exactamente lo que escuchó.
-¿Sabe usted que omitir información, o acaso oponerse a decir la verdad de lo ocurrido y tapar los hechos es un delito muy grave?
-Lo sé.
-¿Entonces está segura de que no lo recuerda?- Abrió sus ojos de par en par, esperando que me retracté.
 Lo miré fijamente por unos segundos interminables, hasta que me atreví a romper el silencio. Por supuesto que lo recordaba perfectamente. Pero no pensaba decírselo.
-Si- Contesté.
-¿Si lo recuerda?
-No, afirmaba su pregunta. No lo recuerdo.
-Muy bien, entonces terminamos.
 Se levantó de su asiento. Dio por finalizada nuestra conversación dejándome el peso de mi silencio como una culpa irreparable. Pero yo no pensaba dejarlo ir como si no lo hubiese hecho. Paso la mano por su pelo castaño. Dios estaba tan excitada, tan emocionalmente afectada. Iba a dirigirse hacia la salida cuando...
-¡Esperé!
 Suspiré. ¿Por qué tengo que ser así? La indecisión es mi mayor defecto y mi peor virtud. Siempre hago lo que es correcto, pero ni siquiera mi padre está presente para impresionarlo. ¿Entonces por qué lo hago? ¿Realmente es una carga pesada la culpa?
 Retrocedió y volvió a sentarse frente a mí. Asomó una sonrisa de satisfacción en sus ojos café y en ese instante lo odié.
-¿Qué se olvido señorita?
 Esto ya es algo personal. No me agrado el tono con que dijo señorita.
-Me olvidaba contarle lo que recuerdo, señor- Hice énfasis en la última palabra, respondiendo a su tono de voz desafiante.
-Cuéntemelo entonces.
 Cerré los ojos. Será de la manera en que tenía que haber sido desde el principio. No puedo cambiar los hechos que anteriormente afirmé como verdaderos. Estaba al borde del colapso y sus ojos no paraban de escudriñarme.
-Si recuerdo que paso. Cuando el oficial encargado de la revisión general del lugar empezó su labor, de una manera profesional y detallada, entendí la complejidad del asunto, tanto que logró sorprenderme. La primer habitación fue la del niño. Dio vuelta la cama, volaron sábanas, ropas. Desarmó por completo un par de cajas, vacío todo su contenido y revolvió toda la estantería de libros. No había ventana por donde fluyese el aire, era realmente difícil concentrarse en algo más que no fuese el calor. La humedad era insoportable, al igual que la sensación de estar metida en asuntos que no me correspondían.
 Sin nada más que revisar, pasó a la habitación contigua. Hizo el mismo procedimiento, pero los resultados fueron distintos. Dentro de un par de medias de color azul halló una bolsa transparente muy pequeña, con cientos de papeles diminutos de diversos colores. Dentro había una sustancia de un color amarillo muy claro. Supe una hora después que se trataba de un derivado de la cocaína.
-“Bolsa transparente con pequeños papeles de colores que contenían una sustancia derivada de la cocaína”– Me interrumpió con sus murmullos- Continúe, por favor, si es tan amable.
 Casi pude sentir el sarcasmo de su pedido. Lo ignoré momentáneamente.
-Siguió revisando la habitación. Dentro de un placar encontró nuevamente dos bolsas más con el mismo contenido anterior y, además, dinero en efectivo en gran cantidad. No sé con exactitud cuánto, aunque para mí es irrelevante. En suma también se secuestraron armas y celulares, específicamente seis.
 Benjamín rió.
- “Específicamente seis...”- Repitió, mientras escribía mis palabras sin dejar de mirar la pantalla de su computador- Perfecto. Con esta información ya puedo dar por finalizada la...
-Todavía no acabé.
 Se sorprendió con mi osadía. Separó la mirada de lo que estaba escribiendo inmediatamente. Estaba perplejo. Sonreí para mis adentros.
-Mis disculpas. Continúe, por favor-dijo algo confuso y levanto la mano como gesto intermediario para que terminara mi relato. No esperaba que una jovencita como yo decidiera cuándo hacer uso del punto final ¿No es así, Benjamín?
-Gracias. El hombre acusado estaba convencido de que todo lo anterior no se encontraba allí minutos antes de que los oficiales tirarán abajo la puerta de entrada e ingresarán al domicilio. Gritaba desesperadamente, reiterando una y otra vez “Lo pusieron ustedes, farsantes” “Mentirosos, corruptos. Soy inocente”. Antes de acabar y retirarme del lugar, hubo un procedimiento final para detectar que era aquella sustancia. Si el resultado daba de color azul, al mezclar el contenido con otra sustancia y trasladarla al papel, significaba que era un derivado de la cocaína. En cambio, si el resultado era de color rojo, de la marihuana. Bueno, no necesita que se lo explique.
-Puede explicar lo que deseé.
-Ya lo hice. Lamento no haber sido totalmente sincera la primera vez.
 Realmente me sentí apenada. Había virado hacia ambas direcciones y ninguna tenía un sentido claro para mi.
-No se preocupe, me alegra que haya esclarecido el asunto. Al fin y al cabo por eso vino hasta aquí ¿No es cierto?. Antes de dar por terminada la declaración, ¿Desea agregar algo más?
-No. Eso es todo.

 Se levantó nuevamente de su silla, pero esta vez en dirección a la impresora que estaba detrás de si. Recogió dos papeles y me los entregó.
-Antes de irse, debe leer su declaración. En caso de que necesite modificar algo me lo dice. Luego debe firmar y aclarar aquí. ¿De acuerdo?
-De acuerdo.
 Leí detenidamente ambos papeles. No supe concluir si había obrado o no de la forma correcta y simplemente firmé donde me indicó.
-Muy bien, Lucía. Le agradezco que haya podido sincerarse con nosotros. Somos de los buenos. ¿Sabe?
-No estoy tan segura, ¿Cómo podría saberlo?¿Acaso me diría si fuese de los otros?
 De nuevo, esbozó una sonrisa, pero esta vez demasiado hipócrita para mi gusto.
-Es muy lista, espero que lo sepa. Me alegra haber conversado con usted. ¿Recuerda dónde está la salida? ¿Quiere que la acompañe?
-No se preocupe por mi, González. Si recordé todo lo anterior, ¿Cree usted que olvidaría dónde se encuentran las escaleras que subí hace una hora atrás?
-Tiene razón, discúlpeme. Fue un placer.
-Hubiese querido que lo sea- le respondí.
Y esta vez, no sonrió.



Querido lector: Dejo en tus preciadas manos la llave de mi imaginación, o tal vez la realidad que me tocó vivir, para que virés hacia el costado que más te guste.





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