lunes, 10 de abril de 2017

Amaya


 Para una persona que conocí un tiempo atrás
y partió, perdiéndose en la inmensidad de la carretera.

                                                       I

 La recuerdo como si nunca la hubiese extrañado. Amaya era una mujer alegre, divertida, independiente y fuerte, como cualquier otra mujer que hubiese conocido antes, pero no se parecía a ninguna, porque de lo contrario, no me habría enamorado de ella.
 Nunca supo lo importante que fue para mí; cuánto la amé mientras la conocí o cuánto la necesité cuando la perdí. Es mi culpa, no encontré ocasión de confesárselo. Mi cobardía tampoco.
 Jamás leí en voz alta un sólo verso de los poemas que le escribí cuando estaba enamorándome, ni dediqué una sola noche a revelar los terribles y oscuros secretos que le ocultaba, durante todos los días que compartí a su lado.

 El amor significaba algo más profundo que escribir una línea, más conmovedor que cantar una vieja y melancólica canción del rock, más compasivo que compartir unas simples palabras de consuelo. Más, tanto más, que nunca nada era suficiente.
 Para mí el amor era amar.
 Mis días podían comenzar bajo el tibio abrazo de una mañana de verano, continuar con las caricias de un atardecer lluvioso y pesado, y acabar con la insoportable necesidad de sus besos en una noche vacía y sin constelaciones.

 Sentía algo diferente cuando Amaya estaba a mi lado, algo difícil de explicar con palabras. Tal vez era magia. Solamente ella y nadie más podía convertir mis días tristes en poesía y hacer de mi dolor un cuadro donde evocar su arte.

 Jamás alguien me había importado tanto, con semejante magnitud, ni con tal influencia, excepto ella.

 Cada mañana me embriagaba con el olor de su pelo y de su piel cubriendo mi pecho. Sus frágiles brazos abrazaban la corta distancia que nos separaba y me enredaba en nudos de piernas, manos y caricias. Y así, entre sábanas blancas y un agradable aroma a perfume de lavanda, comencé a adorarla.

Verla despertar era como verla por primera vez. Ella abría enormemente los ojos y se perdía en algún rincón de los míos. Solía decir “Verde como la miel” porque adoraba como el verde olivo de mis ojos se mezclaba con el dorado desastre de mi cabello. Yo no podía observar los suyos más de diez segundos que nunca eran suficientes. Había escuchado que ese era el tiempo máximo para enamorarse de una persona a primera vista. No podía permitirle a mis ojos semejante dicha de placer. Estos podían delatarme y si lo hacían…volvería a caer.

 Y yo estaba enamorándome de Amaya, rápidamente, sin darme cuenta, de todo su ser: su olor, mi perfume; su boca, mi placer; su locura, mi perdición. Ella era el principio de mi fin, pero no lo supe, hasta que la perdí.
                                               
                                                       II

 Amaya se ganaba la vida como mesera en un restaurante elegante y distinguido en la calle Necochea. Entraba a trabajar a las diez de la mañana, cumplía con su tarea hasta las tres, descansaba durante cuarenta y cinco minutos y luego volvía de nuevo a trabajar. Atendía las mesas, limpiaba el sector que le correspondía y al final del turno contaba sus ganancias.
 Yo la pasaba a buscar alrededor de las siete y siempre la esperaba una hora más, porque ella salía del restaurante a las ocho. Me sentaba en la vereda de enfrente y me deleitaba observándola. Me parecía que así tenía otra perspectiva el amor, el deseo o lo que es igual, lo que sentía por ella.
 Comprendí que a cierta distancia los sentimientos tienden a pesar de una manera insoportable, como si estuviesen prisioneros dentro de uno, luchando por encontrar una salida, ansiosos por recorrer el camino hacia la libertad. Pero...¿Qué es la libertad? Es, acaso, el mismo cielo el que nos conduce a las puertas del encierro, a través de infinitos caminos dorados del que no somos dueños, si no esclavos, en la corriente del destino. Sin embargo, si los sentimientos logran salir de su propia cárcel sellada, a unos pocos metros más allá del camino, quedan varados, mudos, confundidos. Luego corren asustados a cualquier parte, hacia el encierro, la desesperación o la melancolía. Porque esa es la verdadera libertad de sentimientos: un eterno camino de regreso.
 Cuando salía del restaurante y se acercaba a mí, solía tararear un verso de la canción “Fast Car” de Tracy Chapman. Luego decía, como si soñara en voz alta: “No soporto el ritmo de la ciudad. Voy a comprarme un auto y me iré de aquí. De verdad, lo haré. Conduciré toda la noche y me perderé en los caminos de tierra y gritaré ¡Soy libre, soy libre!”.
 Todas las veces que pasé a buscarla cantaba esa canción y repetía lo mismo, como si quisiera convencerse más a si misma que a mí. Yo solía responderle que la echaría muchísimo de menos si lo hacía y ella volvía a embriagarme con el sonido de su dulce voz: “No te preocupes, siempre podrás ver el cielo estrellado. Y ahí, quizá, me encuentres también”.
 Podría jurar que al escucharla hablar de esa manera perdía totalmente los estribos, imaginando que, alguna vez, ella se alejaría de mi. Estaba totalmente seguro, moriría en las noches oscuras si nunca más la volvía a ver.
 Pero mentí. No morí. Sigo vivo entre nubes de humo y estrellas que tienen forma de somníferos para poder dormir. La verdad es que sufro de insomnio desde el primer día en que descubrí que se había ido. “Es imposible, como voy a acostarme en una cama tan grande, con espacio para dos, si sólo estoy yo” pensé. “Es inútil, no vale la pena”. Y así comenzó mi enfermedad.
 Me volví un ermitaño, un alma solitaria y pesimista. No es que me fasciné serlo, pero no hago demasiado por cambiarlo. Las distintas circunstancias de la vida me trajeron hasta aquí, yo hice el resto. Pero no me apetece contar mi vida en soledad, solo quiero hablar de ella.
 Ella... Amaya...mi amor. 

                                                      III

 Recuerdo el primer día que la conocí. Ella estaba mirándome, le había dado la inequívoca impresión de que era un tipo interesante- me contó tiempo después- pero yo estaba distraído, con mi cabeza en alguna otra parte, absortó en mis preocupaciones. La luz, el gas, el teléfono, la cuota de alquiler; todos esos gastos, que a mi visión lucían inmensos, hicieron que la presencia de Amaya pasará desapercibida e insignificante. 
 Yo era el siguiente en la fila. Me pregunté cual de todas mis sonrisas podría usar para anular el vencimiento de las facturas. Pero ninguna funcionó con la empleada del Banco. Ni siquiera cuando la invité a cenar. Entonces noté que alguien me escudriñaba con su mirada desde la parte de atrás: Amaya.
 Sus grandes ojos café me observaban inadmisibles y sus labios lucían un perfecto vestido rojo. Su atención estaba puesta, exclusivamente, sobre mí. Cuando terminé de pagar y ella también, resignado a mi deber, me acerqué a saludar. Lo primero que dijo fue que le había parecido ridícula y hasta ofensiva mi manera de actuar. Me consideró un verdadero idiota por chantajear a la empleada del Banco por una factura retrasada de mi propio incumplimiento. Siguió desquitándose, ofreciéndome el primer puesto en su lista de “Hombres estúpidos y otros que se le parecen” pero, humildemente, no lo acepté.
 Esa fue nuestra primera discusión. Así empezó todo. Con una pequeña extorsión. Un intercambio de desacuerdos. Un nombre. Un atrevimiento. Y un café. Ahora, volviendo la vista hacia atrás, puedo afirmar claramente que no había mejor manera de conocernos.
 Fue una coincidencia encontrarla allí, ella decía que una casualidad. Yo le repetía que una coincidencia y, cuando creía que estaba a punto de abandonar, la empataba. Respondía “Es igual”.
 Para mí no lo fue. Ya nada será igual.
 Cuando la conocí no tenía idea qué pensaba realmente, de qué autores estaba enamorada, cuál comida era su favorita, ni qué le gustaba hacer en los días lluviosos. Sabía que era una mujer hermosa, con cabello ondulado, curvas delicadamente esculpidas y una sonrisa de cristal. Pero poco me interesaba saber que había detrás del maquillaje. Cuáles eran sus miedos, qué secretos escondía o qué pensaba de la luna. La deseaba de una manera carnal, de una manera violenta.
 De un soplido borró mis pensamientos, cuando, una tarde, me distraje mirando su escote y me dijo “Te vas a perder el atardecer mirando los valles” y señalo sus ojos.
 A partir de ese instante, lo supe. Cualquier hombre podría adivinarlo. Todo cambió desde entonces. La empecé a ver con otros ojos, como un joven que observa y experimenta por primera vez la inocencia del amor; desde un lugar más alto, desde una butaca más cómoda, porque una chica así no coincidía conmigo todos los días.
 Y la verdad no lo hacía. No congeniábamos en muchas cosas, peleábamos hasta por el color de los azulejos del baño: ella los quería azul, pero yo los prefería blancos. Disfrutaba pelear con ella por cualquier tontería, sentía que el fuego de nuestras discusiones podrían apagarse con el océano que era nuestro amor, nuestra salvación. Pero más que pelear por unos simples azulejos, disfrutaba de pelear por quién de los dos terminaría de ceder primero.
 La mayoría de las veces la dejaba ganar, sólo porque adoraba ver como sus mejillas se ponían coloradas de satisfacción y me sacaba la lengua como si fuese una niña de preescolar. Luego volvíamos a pelear, hasta que llegaba el anochecer y compartíamos el placer de observar, desde el balcón de nuestro séptimo piso, como la ciudad, lentamente, se desvanecía en el silencio y se sumergía en la oscuridad. Desde allí todo tenía un sentido distinto, todo lucía vulnerable. Luego nos sentábamos a leer, el único momento del día que esperaba más que cualquier otro y que, aún hoy, extraño inmensamente.
 Con Amaya descubrí que la belleza de lo simple remitía en todos los gestos que ignoraba de los demás. Lo perfecto, lo bello, lo ordinario, todo estaba en las pequeñas cosas que veía desde el momento en que despertaba. Incluso me parecía tolerable el tráfico de las ocho de la mañana. Adoraba ver a esos cientos de transeúntes ir hacia ninguna parte. Me preguntaba qué pasaría si un día despertara y ya no los volviera a ver.
 ¿Qué pasaría con los parques si los niños dejaran de jugar? 
¿Qué sería de los árboles si el otoño no hiciera su magia? 
¿De qué serviría el corazón si no fuese para amar?
¿Qué sería de mí si nunca hubiese conocido a Amaya?
 Todas y cada una de esas preguntas las descubrí planteándomelas el día en que Amaya corrió hacia mí llorando. No supe que hacer. Era la primera vez que la veía llorar. Me abrazo tan fuerte que todas sus lágrimas inundaron mi camisa y desbordaron nuestro océano. No pronunció frase coherente entre todos sus lamentos, ella dijo “Te juro no…” “Realmente si…” “Ya no lo so…”“Es mi culpa”. Luego, como un acto involuntario de mi cuerpo, sólo la abrace.
 Nunca intente descifrar que quiso decirme. Pero verla así de frágil, desvanecida entre mis brazos, llorando como un niño que alejaran de sus padres, estrujó todas mis fuerzas. Se me deshizo el alma a pedazos, se quebrantaron todos mis muros, mi corazón se partió en dos y le cedí la mitad a ella.
 Desde entonces, juré que nunca más la vería derramar una lágrima. Nunca. Quería protegerla, quería que sintiera que yo la amaba y que nunca, sin importar que nos pasará, la dejaría sola. 

                                                      IV

 Durante una semana estuvo completamente absorta. En otro mundo, uno muy lejos de este. Si no podía ir hacia donde ella estaba, debía traerla de regreso.
 Despertaba antes que ella y le preparaba el café en su taza de porcelana todas las mañanas sin falta; le tarareaba sus temas favoritos de Roy Orbinson, incluso le regalé el libro “Rayuela” de Cortázar que tanto quería leer. Pero nada de lo anterior la saco de su encierro. Seguía perdida en algún lugar de su mente, donde yo nunca pude hallarla.
 Una noche, al volver de una reunión de trabajo, la descubrí en la habitación preparando una valija. Me asomé al umbral de la puerta, confundido y le pregunté qué estaba haciendo. No me había escuchado llegar, me miró atónita unos segundos y luego, sin demasiado interés, respondió “No mucho, sólo ordenando unas cosas”. Le pregunté a dónde iba, por qué guardaba su ropa en una valija y, otra vez, como si una grabadora hablará por ella, repitió: “A ningún lado, sólo estoy ordenando unas cosas”. Me quedé en silencio esperando. Siempre esperaba que dijera algo más. Quería que esta vez realmente lo hiciera, que hablara con claridad, pero no sucedió.
 Volví a la cocina y preparé la cena. No era un experto en lo que se refiere a temas culinarios, pero me las arreglaba bastante bien preparando pasta con salsa de queso y orégano. Serví dos platos y esperé a que viniera a sentarse a mi lado. Pero cuando la llamé para compartir la cena, salió de la habitación, se acerco y me dijo “No me odies, no tengo hambre”. Pensé “¿Odiarte? Eso ni loco”. Le pregunté si estaba bien, asintió con la cabeza e hizo ademán de retirarse pero no lo hizo. Me miró un par de segundos con sus preciosos ojos café- tal vez sólo fue un instante- le brillaban, como nunca antes, de melancolía. Luego, se marchó. No la seguí. Debí haberlo hecho.
 Cuando terminé de cenar, dejé los platos en la vajilla y fui directo hacia la habitación. La luz del velador de su mesita de cama estaba encendida. Ella estaba allí, acostada. Pero no dormía. Sólo miraba, distraídamente, hacia algún lugar de la ciudad, a través de las cortinas color crema, levemente transparentes. Me acosté a su lado y volví a preguntarle si se encontraba bien. Me susurro que sí. Le dí un beso en la mejilla y le dije: “Buenas Noches, May”. Cerró los ojos.
 Luego apagué la luz.

                                                      V

 “Buenas noches, May” fue lo único que se me ocurrió decir.
 Y lo último.
 No me atreví a decirle “Te amo”. Era una de esas frases que se me atoraban en la garganta y rara vez podía pronunciar. Ella lo sabía de todas formas, era lo que suponía yo, pero quizá hubiera querido escucharlo. Tal vez lo necesitaba. Tal vez necesitaba que le hiciera cambiar de opinión. Pero no lo hice.
 Debí haber estado muy distraído como para no advertirlo. Para no ver como mi mundo estaba en un perfecto derrumbe y yo seguía allí parado, viéndolo girar. Pronto todo caería a pedazos y yo no podría reaccionar a tiempo ante semejante desastre. Y nunca lo supe, hasta que los escombros me enterraron.
 Cuando desperté al otro día Amaya no estaba. Eran las nueve de la mañana del sábado veintidós de junio. Yo no trabajaba, pero me levanté a preparar el desayuno, como todos los días. Me desperecé, salí de la cama y me dirigí a la cocina esperando encontrarla allí. Pero tampoco estaba. Revisé el cuarto de baño, el comedor, pero no había señales de ella en ningún lugar del departamento. No me alarmé. Pensé que quizá había salido temprano a hacer alguna compra.
 Luego recordé la noche anterior.
 La imagen de Amaya guardando su ropa en una valija la noche anterior apareció repentinamente, desordenó mis ideas y se esfumó con la misma velocidad. Fui corriendo a la habitación. La valija y la mitad de su ropa no estaba. Tampoco sus dos libros favoritos, ni el CD de clásicos del rock, que solía dejar arriba de la mesa de luz, que yo grabé especialmente para ella y le regalé en su cumpleaños.
 No. No podía haberme dejado. No podía irse sin decirme a dónde. La conocía... ¿La conocía?
 Llamé a su teléfono un centenar de veces- incluso hasta el día de hoy lo hago- pero la voz de una mujer contestó por ella“El número que usted ha marcado se encuentra momentáneamente fuera de servicio”. Maldije en voz baja. Deseé haber gritado, haber desatado mi furia contra los muebles de la habitación, calmar los nervios que conducían a través de mis venas hacia cada extremo de mi cuerpo, pero me contuve.
 Me vestí tan rápido, de un tirón, que me sorprendí a mí mismo por no conocer el terror que podía llegar a afligirme el no saber de ella y salí a buscarla al restaurante. Recé por encontrarla allí.
 Cuando entré reconocí a Julia, la encargada del lugar. Era una mujer alta, de una figura prominente. Llevaba el pelo recogido en una coleta por detrás de la cabeza, unos jeans ajustados, unas botas y una remera negra. Cuando me acerqué y le pregunté por Amaya me dijo que aún no había llegado. Su mirada era serena y podía percibir cierto instinto maternal en sus palabras, como si le hablase a un niño.
 Me senté en una de las mesas de la esquina que daba de frente a la calle donde yo la solía contemplar y esperé. Noté que el mundo detrás del cristal de la ventana volvía a nacer, ajeno a lo que estaba ocurriéndome. La gente caminaba apresurada, chocándose unos a otros, sin importarles nada más que su propio bienestar. Los coches avanzaban en fila, uno estacionaba, mientras que los demás proferían alguna grosería y tocaban bocina para expresar el disgusto que le producía la espera. Observé como la vida podía seguir sencillamente sin Amaya y fluía a un ritmo constante que, para mi, era imposible de soportar sin la compañía de ella y, de repente, esos pensamientos hicieron que me levantará bruscamente de la mesa.
 Volví a interrogar a Julia y ella me dijo que no la había visto desde ayer, pero que no me preocupara. Eso era precisamente lo que no podía dejar de hacer y, luego, por alguna razón que no me replanteé, le conté sobre la valija y sobre la manera extraña en que había estado actuando esa semana. Pero Julia ni siquiera lo había notado. Otra vez, la gente simplemente no podía ver más lejos que su propio campo de visión.
 Hablé nervioso, acelerado. Me trabé en la mitad de las frases, en la otra mitad, tartamudeé. Me tropezaba con la imagen fugaz de Amaya llorando entre mis brazos. Sollozando por algo que no terminé de descifrar. Indefensa como una niña asustada, frágil como un vaso de cristal, rota como un pedazo de papel. Mi alma se quebraba irremediablemente, se deshacía a pedazos. Creo que Julia no logró entender ni la mitad de mis palabras, tampoco mi preocupación, pero aún así le agradecí su tiempo y le supliqué que me avisará apenas supiera alguna novedad y me marché.
 No supe por donde comenzar a buscarla. Me sentía perdido. Amaya me había dejado, se había marchado lejos, mucho antes que hoy, pero no sabía a dónde, ni por qué. Pensé vagamente que volvería tarde o temprano. Me negué rotundamente a dejar que nuestra historia llegara a su fin sin siquiera haber tenido la posibilidad de despedirme. Lo merecía. Merecía el derecho a una segunda oportunidad, tal vez sin haber perdido, siquiera, la primera. No estaba dispuesto a creer que todo se había acabado. 
 Al menos no para mí. 

                                                      VI

 Nadie supo decirme dónde estaba. Nadie la vió otra vez. La policía la busco durante semanas, meses, pero siguió sin aparecer. Dijeron que se había esfumado sin dejar rastro, que la tierra, literalmente, se la había tragado.
 Yo era el principal sospechoso en la causa de la desaparición de Amaya, pero luego de investigarme y retenerme cuarenta y ocho horas en la cárcel, tuvieron que soltarme por falta de pruebas. A mí no me importó cuánto tiempo transcurrí allí adentro. Hubiese dado mi vida entera para volverla a ver. Yo la quería de vuelta. Todo había perdido el sentido. Estar preso en una celda o vivir preso de su recuerdo en la comodidad de mi casa, era la misma basura.
 Empecé a delirar y a creer que la había inventado, que era producto de mi imaginación. “Ella es real” trataba de convencerme. Tenía que haber sido real.
 Me encerré en mi departamento semanas enteras. Mi hermana, Elena, dijo que estaba volviéndome loco, que había perdido la cordura. No. Sólo la había perdido a ella.
 Me abandoné a la tristeza. Me afligí por completo. Dejé mi destino en manos de la casualidad, como lo había hecho Amaya, para que se mezclará con los susurros del viento. Tal vez, algún día, él me la trajera de regreso. La esperanza de volver a escuchar su voz y que pronunciará mi nombre o que tarareara el verso de una canción, era mi sueño. Algunas noches podía jurar que la veía entre las sombras de la habitación, riéndose, susurrando “Verde como la miel” y que bailaba y saltaba por todo el espacio. Luego, pensaba “Debo estar delirando, Amaya no está”. Y cuando, sin quererlo, despertaba de esa fascinante ensoñación me castigaba por haberlo hecho. Repetía “¡Qué hice! ¡Idiota, la dejaste escapar otra vez!”. Era un sueño precioso, un sueño increíble. Aunque yo nunca pude volver a dormir.
 Hasta el día de hoy la sigo esperando y siempre lo haré. Me gusta recordarla con una sonrisa en su rostro, con el atardecer en su mirada. Nunca supe por qué se fue, tan repentinamente, sin decirme siquiera adiós. Pero ese es mi anhelo, despedirme.
 Y no podría hacerlo, sin confesarle que la amo.
 Me habría encantado formar parte de su viaje y que me llevará consigo. A veces la imagino conduciendo por los caminos de tierra, dejando atrás los ruidos de la ciudad, guiada por la luz de una estrella, gritando “¡Soy libre!”. Perdida en el abrigo de la noche, descubriendo la inmensidad de la carretera. Después de todo ese era su anhelo.
 Allí soñaba llegar alguna vez.