martes, 4 de julio de 2017

Café de Starbucks

 La mayoría de mujeres, entre los treinta y setenta años, que visitan la librería “García” donde yo trabajo, eligen, por sobre todas las novedades y autores populares, una historia de amor. De esa mayoría, podría dividir un porcentaje bastante alto en las mujeres que desean una trama sencilla de llevar: un amor prohibido que desafié los límites de la imaginación, una medida justa de historia para ambientar la escenografía y un cierre inesperado pero, claramente, satisfactorio.
Yo lo resumo a un final feliz convencional.
 El porcentaje restante, la escasa minoría- por no decir inexistente- opta por algo más dramático, realista, con más crudeza y, por supuesto, con un final alternativo a lo que ya conocen. Luego vuelven con el libro en la mano, escupiendo quejas, pidiendo devolución, defendiéndose de mis atolondradas preguntas con simples respuestas: “Yo quería algo más… como decirte… ficticio” “Es muy fuerte, necesito algo más light, ya bastante tengo con mi vida”. “¿Ficticio entonces?” pregunto. Todas mis “nuevas ideas” se convierten en una lluvia incesante de granizo, porque nada podría ser más soportable que la realidad misma.
 “¿De verdad resulta más sencillo leer algo totalmente irreal para luego descubrir que nada de eso existe?” Pensé para mis adentros.
 Mientras tanto, sigo buscando entre las cientos de variadas opciones que son más populares, clásicas tal vez, porque ese es mi trabajo en resumidas cuentas: lograr que la gente vuelva a su hogar feliz y satisfecha con lo que compra. A veces resulta más difícil de lo que a simple vista parece.
 Primero es muy importante convencerme de que estoy entregando buen material. Tal vez es un detalle insignificante para un vendedor que desconoce pero yo, aparte de ser profesional, soy amante de la buena literatura. Debo asegurarme que son libros recomendados, con historias que cautivan el corazón del lector. Soy consciente de que no siempre sucede y entonces saco a la superficie mi perfil como “vendedora experta” y actuar de acuerdo a mi profesionalidad. Luego de este primer paso necesito expresarlo con claridad, con las palabras adecuadas para que el cliente se sienta a gusto con mi descripción. Muchas veces logró mi propósito, otras en cambio no.

 Cada martes, de cada mes, Vanesa visita la librería para que le recomiende otra fascinante historia, de esas que tanto le apasionan. Se lleva uno o dos libros- incluso tres en ocasiones- que rápidamente se “devora” (palabra textual de ella) en un par de días. Cuando la veo entrar por el pasillo principal hacia mi sector, realmente me siento contenta. Para mí no es simplemente una clienta, es también mi amiga. Con ella puedo hablar todo el tiempo que quiera sobre los libros que adoramos y sobre los que no, porque ella siempre compra. Es una ventaja de trabajar en este rubro, poder hablar horas y horas sobre un tema fascinante: la literatura. 
 En reiteradas ocasiones la encargada de turno tiene que gritar mi nombre varias veces para que termine con tanto parloteo, pero yo asiento con la cabeza y vuelvo rápidamente a la conversación y le susurro a Vanesa: “Me están cagando a pedos, pero no importa... seguí hablándome de Grey”.
 Es una suerte encontrarla con el mismo entusiasmo cada semana, con la pasión intacta desde la última visita. Todavía conserva esa frase tan genuina que me dijo el primer día que la conocí y que hasta hoy repite cada vez que me ve: “Me recomendás algún libro que no haya leído ya”
Y desde ese día lo hago.
 Vanesa es de la mayoría de mujeres que eligen novelas románticas, pero ella opta por las menos corrientes entre las mujeres de su edad: las que están en el sector juvenil. Nunca vi a nadie adorar de una forma tan especial los libros como los adora ella. Colecciona un sin fin de ellos desde que aprendió a leer; los acomoda por orden alfabético y les echa un vistazo de vez en cuando al volver a su departamento. Incluso llegué a convencerme de que podría tener reliquias, libros sagrados, manuscritos originales y otros cientos aún no publicados entre esos estantes viejos y polvorientos. Pero es simplemente un pensamiento ridículo.
 No hace mucho, mientras hablábamos de nuestros libros favoritos- el mío “El Gran Gatsby” de Scott Fitzgerald- tomando un café en Starbucks (su lugar preferido en el mundo después de las librerías) me contó que estuvo dos días a pan y agua sólo para ahorrar lo suficiente y así poder comprar el libro que tanto deseaba leer “Maravilloso desastre” de Jamie Mcguire . Y que, luego, paso otro día más sin alimentarse por quedarse leyendo ese mismo libro durante doce horas seguidas. Me dijo que esa historia la había escogido a ella. Yo le respondí que estaba loca y ambas empezamos a reír.
 Cuando es mi turno de hacer revisiones y controlar las cajas de las distintas editoriales con sus respectivas novedades, deseo que alguna sea lo suficientemente buena y original como para recomendársela a Vanesa. Cuando sucede y llega el día en que viene a visitarme le hago escoger entre dos opciones irresistibles: “Tengo noticias. Una buena y una mala. ¿Por cuál comienzo?” y ella, por una razón incomprensible, siempre deja la mala para el final. “Está bien, la buena es que entraron novedades. La mala... ¡es qué ya las leíste por Internet!”
“¡No me digas! ¿De verdad?- contesta- ¿Y dónde quedaron las buenas noticias?”
Y Vanesa y yo reímos de nuevo.

 El último martes que vino de visita no llevo ningún libro. Este comportamiento hizo que me preocupara lo suficiente, no por un interés de ganancia, si no porque es algo ajeno a su manera de ser. Cuando la vi entrar, con esa expresión de desilusión en su rostro como si su mundo se hubiera puesto patas para arriba en un intercambio de páginas, supe que algo estaba mal. Cambió su frase recurrente por otra un tanto desconcertante. Ella dijo “Hoy no estoy para historias”. Le pregunté por qué. Me contestó que la culpa la tenían las historias de amor cliché que venden desenfrenadamente expectativas ridículas y falsas esperanzas a los lectores con corazones sensibles:
-Pintan el amor de un color inexistente, para que luego la cruda y CRUEL realidad se encargue de pisotearnos y mostrarnos como son realmente las cosas. Es como si escuchara como la vida me susurra al oído “ Te voy a pisar Vanesa, tengo un pie gigante”. Al final, esas historias se tiñen por si solas de colores pasteles y yo ¡Las compro como una idiota! Ya sabes, me encanta ser una.
 Revoleo sus ojos, gesto que veía bastante habitual en ella y luego lo acompaño riéndose sarcásticamente. Sonreí. Pensé que esa era la principal razón por lo que la literatura fuese tan fascinante: la virtud de crear ideas y transitar por diferentes caminos hasta alcanzar grandes rutas y vivir sueños irrealizables en la imaginación de uno, para revivirlas luego en las ilusiones de otros.
 Cuando termino de pronunciar aquellas palabras, que yo escuché cual monologo, presentí que el mismo efecto de sus gustos literarios era la misma causa de sus disgustos en la vida real. Por eso me atreví a confesarle “Van… A veces la vida tiene un sabor amargo, pero se trata del equilibrio. No la quisiera de otra manera. El exceso de azúcar siempre hace daño”. Se quedó en silencio un par de minutos, reflexionando, absorta entre sus pensamientos y, cuando al fin reaccionó y logro gesticular palabra alguna, dijo que volvería a releer su libro favorito, como si fuese la primera vez o como si nunca lo hubiese hecho.
Y entonces, como un recuerdo repentino y fugaz, supe la razón por cuál lo hacía, algo simple y sencillo. La razón de sus gustos y de sus crisis literarias; de los oportunos y momentáneos disgustos hacia las historias cliché, aquellas predecibles.
 Un tiempo atrás, cuando la catalogué como la clienta de la semana, le pregunté porque siempre leía la misma clase de historia de amor si ya sabía cómo terminaban. Y Vanesa respondió “Porque la vida es una mierda”.
Y no me gusta admitirlo, pero a veces tiene razón.

 Hoy me siento como ella, escupiendo la misma respuesta agresiva por mi boca. Debería leer una de esas historias de amor con final feliz, para variar un poco, porque mi relación se está muriendo. Otra más en la lista. Y poco a poco, con el correr de los años, mi esperanza.
 No importa si me ocasiona algún daño el exceso de azúcar o la falta de equilibrio en mi vida. Por una vez, ya no lo quiero. Eso me enseño mi clienta favorita. Además, por supuesto, de desarrollar una pasión incurable por la cafeína. Es necesario perderse en el color pastel de las páginas de un libro y encontrarse amando una pasión infinita.
Vanesa siempre querrá su café de Starbucks bien caliente y con mucho azúcar… Y sus historias también.