martes, 31 de enero de 2017

Desteñido y olvidado

 Durante tres semanas me volví completamente loca. Me paraba frente al espejo, examinaba atentamente a la persona que me saludaba desde el otro lado y me preguntaba si aquella desequilibrada emocional que sonreía mientras lloraba y lloraba matándose de la risa, todo al mismo tiempo, era yo.
Ocultaba mi rostro en las palmas de las manos, como si fuese realmente sencillo esconderse del mundo exterior. Me daba mucha vergüenza actuar así. Y como no podía ver otra cosa que no fuese una sombra negra, las apartaba, para verme de nuevo reflejada en el espejo, y volver a reír-llorar, llorar-reír, infinidad de veces.

 Comía a montones un día, al otro lo escupía todo. Me despertaba abatida por la mañana, me acostaba demasiado exhausta por la noche. Escribía cientos de historias de amor y a todas les cambiaba el final por otro más trágico y verdadero: desamor, engaño, traición, muerte. Después los borraba porque me daba miedo admitir los deseos ocultos que albergaba en mi subconsciente. Luego los volvía a reescribir por algo más fantasioso: finales felices, amor para toda la vida, viajes por el mundo, lunas de miel en Paris. Y cuando estaba decidida a publicarlos y apretar el botón de <<Enviar>> ¡Ay, ay, ay! La realidad me caía como granizo y me aplastaba de golpe. Entonces, devastada, los borraba.

 A veces me encantaba ir a trabajar, me sentía útil para la sociedad. Pensaba “Este es el mejor trabajo del mundo, no podría querer algo mejor”. Otras, en cambio, me sentí completamente un parásito que vivía desperdiciando ocho horas diarias de su vida para una empresa cuyo dueño no conocía, que debía crecer y con los años, si tenía suerte, hacerse multimillonaria. Todo a costo de mi tiempo, mi salud y mi sacrificio. ¿Para qué trabajaba realmente? ¿Por un par de esos arrugados y coloridos papeles? ¿Para comprarme cosas que no necesito? ¿Para vivir o sobrevivir? ¿Para que las empresas compitan, destruyan y se beneficien obteniendo más poder, más dinero, más víctimas? ¡Cuán abatidos debemos estar para que nos engañen con esos disparates!

 Entre esas ideas anticapitalistas que surgían de la nada y esos desequilibrios momentáneos, yo estaba frustrada, ansiosa, triste, preocupada, porque no podía hacer nada para que Andrés me quisiera. De ese amor imposible surgieron todas las agonías que dejaron en ruinas a mi pobre y frágil corazón. Mi problema no era querer a alguien que no me quisiera. Mi problema residía en que él no me diera la posibilidad de hacerle cambiar de opinión.
Andrés estaba perdida y equívocamente enamorado de Samanta. Era el error más grande que pudiese cometer, porque además de que lo utilizara como un placer carnal de fin de semana, le estaba entregando su alma. Él era consciente de eso, pero no le importaba.
Ella no podía ver más lejos que un peinado bonito y un par de bíceps y tríceps bien marcados. Ni de chiste pensaba mantener una relación a largo plazo con ese extravagante ser humano que hacía el amor estupendamente. Excepto por los ojos verdes aceituna de Andrés, esos sí que eran una maravilla, casi inexistentes. Uno podía verse reflejado en esas aguas tan profundas, pero no había la más remota posibilidad de ahogarse en ellos si él no quería que lo hicieses.

 Yo podía pasar horas y horas contemplándolo en mi mente. Se veía precioso con esa camisa sin mangas de color gris y esos jeans oscuros ceñidos que vestía la primera vez que lo vi.  Podía viajar a Neptuno, ida y vuelta, y enamorarme un poquito más cada vez que regresaba y recordaba a ese sabelotodo, a ese tonto orgulloso que pensaba de una forma tan audaz, inteligente, mordaz, que me dejaba petrificada, sin aliento, cada vez que me declaraba la guerra. Era un soldado sin armas en pleno campo de batalla.  
Conservaba una forma sencilla, despreocupada, casi alegre, podría decir, de ver las cosas. Para él nada tenía sentido más que vivir a su antojo.
Pero sé que en el fondo, bajo la superficie, detrás de los muros que construía, la realidad le preocupaba, no lo dejaba dormir, le retorcía el estómago. Nunca jamás me lo confeso, pero uno podía olerlo, saborearlo, escucharlo gritar con la boca cerrada, salírsele el corazón en un segundo cuando estaba en silencio.

 Andrés, para mí, no era simplemente mi amigo. Era la mejor persona que había conocido en todo el mundo. Vivía con su papá a una cuadra de la estación de Haedo. Alquilaban una pequeña casa, vieja y decrépita con dos habitaciones, un baño y un comedor. Tenía tres perros: Lúa, Mostaza y Frodo. De todos Mostaza era su favorito. Nunca supe por qué.
No era una persona que hablara suficiente de sí misma. Si se preparaba para contarme algo que hasta entonces yo no supiera, me sentía afortunada.
Tenía un año más que yo, trabajaba doble turno en una casa de venta de instrumentos musicales y era quien se hacía responsable de los gastos en su casa. Su papá estaba enfermo, le habían diagnosticado leucemia hacía un año. Los médicos le dijeron que debía seguir el tratamiento de la quimioterapia al pie de la letra, pero las posibilidades de que sobreviva eran muy pocas, tenía un cáncer muy avanzado.
 Él amaba a su papá más que a nadie en el mundo. Lo crio solo desde bebé y nunca lo había escuchado quejarse. De su madre nunca me habló. Una vez, conversando, creí que lo había hecho. Me dijo “Ellos dicen que no tiene posibilidad, pero yo estoy vivo, cuando dijeron que debía estar muerto”.
 Desde el momento en que supe lo de su padre creí que a Andrés también le quedaba poco tiempo. Andrés estaba muriendo.

 Atrás quedaba el chico del bar al que conocí y le fascinaba el rock nacional. Cuando nos juntábamos, siempre salíamos a lugares donde pudiésemos escuchar la buena música (palabras textuales de él), a comer comida chatarra (la mejor, otra vez, según él), y a tomar una irresistible cerveza negra (exquisita, según yo). Él siempre escogía dónde y nunca íbamos a otro que no fuera el lugar en donde nos conocimos. Y yo adoraba que fuese así.

 No nos entendimos muy bien el primer día que coincidimos en el bar. No fue fácil, teníamos opiniones distintas de política, de música y de religión. Ni siquiera nos pusimos de acuerdo en quién debía pagar la cuenta. Pero algo hacía que todo lo anterior fuese insignificante: lo que sentíamos el uno por el otro. Supuse que esa era la razón fundamental de nuestro estrecho lazo, para mí su amistad valía más que cualquier pensamiento contradictorio.
 Me acostumbré tanto a su presencia, a su compañía (y hasta, incluso, a la presencia de ella) que preferí ocultar los sentimientos que afloraban en mi interior y seguí a su lado, tal como lo había hecho hasta entonces.
Algunas veces él mencionaba su nombre en diferentes ocasiones, decía: “Samanta no entiende de música, pero me encanta su pelo” 
“Samanta adora las hamburguesas de soja, no la entiendo” “Si, que sé yo. Es linda, le gusto, me gusta. Simple”
“Simple” pensaba yo. Ojalá fuese simple. No podía imaginar siquiera la sencillez de vivir mi vida sin él.
Volvía a casa con la sensación de que si ella era el papel donde él escribía, yo era el cesto donde descartaba los garabatos, los desteñidos, los olvidados. Y así me sentía. No quería ser un pedazo de papel arrugado en el diario de Andrés. Deseaba ser su historia y que él fuese la mía.
Pero yo era ordinaria, torpe. Era su amiga, aquella que conoció por casualidad y de la que se rio y burló durante quince minutos cuando vio como mi bola de billar trastabillaba hacia la mesa donde jugaba él. Soy bastante mala en esa clase de juegos, necesité aclarárselo y disculparme unas cien veces porque me sentí avergonzada. Hasta el día de hoy cuando lo recordamos se burla descaradamente de mí. Y yo rio y me enojo. Disimulo estar ofendida, pero no lo estoy. Nunca estuve más feliz y orgullosa de mi torpeza.  

 Pero todo cambió cuando recibió la noticia de su padre y con la llegada de Samanta. Nos veíamos menos que antes, hablábamos poco y cuando lo hacíamos él estaba distraído, con la cabeza en el hospital y el corazón en manos de ella. Me consolaba pensar que quizá si le daba todo mi apoyo y  mi amor tal vez él me entregara su corazón. Quería dividir su dolor y cargar con su pena, pero no me dejo.

 Un día, más precisamente un miércoles de primavera, Andrés estaba hablando sobre Samanta. Estaba confundido, creía que la relación no iba a ninguna parte, que sólo estaba perdiendo el tiempo. Yo también lo creía.
En ese instante, la voz de mi conciencia me susurro: “Aprovecha ahora, está confundido, mostrale claridad”. De repente, se encendió una luz, una débil llama. Creí que si no le decía en ese momento lo que sentía iba a morir ahogada en un mar de sentimientos. Mi garganta estaba a punto de explotar. Necesitaba decirle que no dormía, que no podía comer. Necesitaba que supiera que estuve echa un ovillo en mi cama durante tres días; que lloraba como una desquiciada, y que sólo reía cuando me acordaba de él. Quería que supiese que lo amaba.

 Intenté esfumar esos pensamientos y pensar en otra cosa, pero no pude. Había escuchado de boca de algún resignado que entre más luchas por salir más rápido te hundís. Pero yo estaba enterrada en el fondo de mi tristeza y no me importaba nada más que Andrés. Andrés y una pala. Andrés y mi rescate. Andrés mi salvador. Andrés y yo.  

 De pronto, sentí como me desprendía de todos los prejuicios que no me dejaban respirar y vencí el miedo a perderlo. Sin detener ese instante de coraje, vi como mis labios se abrían lentamente como si tuviesen vida propia, a punto de cometer un acto de locura si antes no les ponía un bozal. Y no lo hice.
Lo venía soportando hacía meses, pero ya era suficiente. Tenía que arriesgarme. Estaba harta de que Andrés no pudiese ver lo que era obvio. Samanta esto, Samanta lo otro. Samanta no soy yo. Yo nunca voy a ser como Samanta. Mi pelo no se parece ni de chiste al de ella: lacio, rubio, sin frizz. Mi vida tampoco. Soy un desastre, un pequeño y enredado desastre. Sé que no tengo nada para ofrecerle, más que un par de historias que llevan su nombre y un desgastado corazón que lo adora. Pero sé también que si lo tuviera todo, no querría que se quedara.
 Así, un miércoles de primavera, a mitad de la noche, sin más faros que la luz que emanaba de sus ojos aceituna, lo besé.

 No sé realmente qué esperaba o si de verdad esperaba alguna reacción que no fuese la que imaginaba.  
Al principio se sorprendió, no supuso mi atrevimiento. Me besó durante unos segundos, infinitos… y luego se apartó. Me miró fijamente a los ojos como si quisiera adivinar lo que acababa de pasar, apartó la vista y se alejó unos pasos. Sin voltear a verme, perdido en la confusión de la noche me dijo: “No puedo. Perdón. ¿Qué hice? Me dejé llevar, fue una confusión. Pero estoy enamorado, ¿Sabes? La quiero, de verdad, aunque no la entienda”
-“Yo también te quiero. Y estoy confundida, tanto o más que vos. De verdad, te quiero Andrés” le respondí.
-“No. Basta. No sigas, de verdad, no lo arruines. Tal vez, en un futuro, en algún otro momento…”- me dijo aturdido. Levantó la vista. Sus ojos estaban perdidos tratando de buscar una salida. Sin quererlo, sin preverlo, se posaron en los míos.
-“No lo arruiné. Vos lo hiciste”
Y me fui llorando.

 Hace un mes que no hablo con Andrés. Lo último que le mandé fue un mensaje de texto esa misma noche que decía: “Tal vez, algún día… me ames también” pero nunca respondió.
Yo lo sigo queriendo, incluso más que antes. No sé porque los sentimientos tienden a ser más pesados con la distancia, pero así son y no puedo hacer nada para cambiarlo.

 Todavía sigo escribiéndole historias. Todas llevan su nombre, por supuesto. A veces, cuando estoy por escribir un final trágico, opto por alguno que me guste más, como un final feliz, por ejemplo, de esos que algunas veces si son reales.
 Tal vez cambie la historia y reescriba nuestros destinos, y  haga que su dolor desaparezca con una noticia inesperada, con una posibilidad nula. Y haga que todo vuelva a ser como era antes, de la manera en que fue siempre.

 Quizá algún día Andrés me perdone y me confiese que siempre estuvo enamorado de mí, que me amó desde el primer momento en que vio como mi bola de billar iba a parar directo a su antebrazo. Aunque de seguro se ría descaradamente al recordarlo y yo finja un enojo muy grande como para no hablarle durante un largo rato, pero sólo sería uno pequeño, porque no aguanto estar mucho tiempo peleada con él. Y entonces él decida besarme.

Total Andrés nunca va a saber el final que le inventé,  porque Andrés no lee.



miércoles, 18 de enero de 2017

El señor de la medianoche

  Hay algo en el silencio de la noche. Algún susurro que envuelve la ciudad. No es simple quietud, ni desasosiego. Alguien está despierto. Alguien deambula por las calles, en la más absoluta oscuridad. Es la silueta de un hombre viejo, un hombre solo, destinado a esperar…


 Dicen que está loco. Sus tornillos se fueron aflojando con el paso de los años y ya nunca los volvió a acoplar. Dicen que es peligroso, que lleva un arma letal en sus bolsillos. Lo juran con gestos y promesas, pero nunca nadie lo vio matar. Escuché también que está solo, que no tiene familia y que si la tuviera, lo dejarían tal como esta.

“No se baña nunca, es un inmundo” “Vive en las alcantarillas, como una rata” “Como una no, ES una rata” “No las ofendas, al menos ellas no huelen tan mal” “Yo lo veo todos los días parado a la misma hora, en el mismo lugar. De lejos, claro, no me atrevo a acercar” “Vaya a saber uno si le quieren robar, matar o simplemente espiar.”

 Si alguno de ellos descubriera que, ese hombre loco, esa rata inmunda, los está espiando, lo golpearían hasta que le sangrará la nariz, las pupilas y el cerebro. Lo golpearían hasta matar, decían. Pero sólo suponen, porque suponer no hace daño a nadie.  Suponer es una simple forma de inventar lo que desearíamos que fuera cierto.

“Tal vez no quiera matarlos, ni espiarlos, ni sacarles nada. Tal vez, simplemente, quiera observar” les decía. Ellos se reían a grandes carcajadas, estrepitosas, porque me tildaban de ilusa e ingenua. “Ay, nena. Deja de inventar”.

Me fui con mi imaginación a otra parte, harta de escucharlos hablar y ofender a ese pobre hombre, y decidí que debía saber. 


Esperé la hora en que el sol se esconde detrás de los árboles y desaparece tras la línea del horizonte, y de una vez por todas me animé a callarles la boca. Comí deprisa, para no desperdiciar el coraje que ahora flotaba en el aire y llenaba mis pulmones; guarde un cuaderno, un lápiz y una linterna dentro de la mochila; repasé mentalmente el camino, lo que debía decir y había escuchado, y esperé.

Saqué algunas conclusiones mientras lo hacía, me dije “Son unos cobardes, si se atrevieran a escuchar, si quisieran saber la verdad, el gato les comería la lengua” “Qué digo, qué gato comería una lengua que no fuera de pez…”

 Cuando se acercó la hora de actuar agarré mi bicicleta y me puse a pedalear. Estaba nerviosa, me sudaban las manos, pero me calmé enseguida, pensando que nada se podía comparar con la tranquilidad de escribir la verdad. La podía sentir tan cerca, quería escupirla a gritos y que todos se empaparan. Quería que todos los sobrios se emborracharan de mi pasión. Que todos los vicios nos consumieran enteros y por igual, que nos desgarraran el cuerpo, pero nos limpiaran el alma.

Conducí por calles desiertas, por calles oscuras. No conocía otro camino. Me desprendí de la cordura, sabiendo que ya no la necesitaría y doblé en la esquina. Paré. Traté de divisar algo a lo lejos, alguien a quien conocía a través de los rumores y que ahora emergía frente a mí. “Es tan real” atiné a decir en voz baja.

 Estaba parado, en mitad de la calle, esperando. “Esperándome” pensé. Y sonreí. Dejé la bicicleta apoyada en el suelo y me acerqué. ¿Qué era lo que temían los demás de ese hombre solitario y viejo? ¿Qué daño podía causar acercarme a saludar?

De repente pude vislumbrar como mi propia sombra corría a toda prisa, me abandonaba en mitad de la calle, en plena oscuridad.

Y entonces, lo supe. Era la sensación que traía consigo. La ira y el peligro emanaban de su piel pálida y arrugada. Era fácil adivinar las historias que marcaban su pasado por su larga barba y su pelo canoso. Deduje que hacía años había olvidado el sabor del agua caliente y la dulzura de las pompas de jabón. 

Estaba cubierto (y digo cubierto porque su flacura no podía ser vestida por nada más que un pedazo de carne) por una camisa larga de color verde oscuro, y unos pantalones tan sucios, que no pude distinguir su color original. Su cuerpo desprendía un olor tan asqueroso, que si no fuera por mi habilidad de fingir que “Todo se encuentra en un estado de perfecto funcionamiento” hubiera escupido la cena de hacia una hora atrás.

Me acerqué lo suficiente para observarlo detenidamente y advertí que nunca nadie había descrito sus ojos. Entendí que ninguno de ellos sabía realmente de lo que hablaban y que no me correspondía contarlo. Acerqué mi cuaderno a él y le ofrecí mi lápiz. Le dije casi en voz indescifrable “Escribí”.

 De repente, sin anticiparlo, sentí una gran opresión en el pecho, unas manos que acariciaban mi cuello y apretaban con fuerza. No me importaba respirar, no luché contra mi destino. Sólo volví a repetir en vano “Escribí” y caí al suelo.

 Desperté una hora después, en medio de la calle donde me había desmayado. Me dolía la parte trasera de la cabeza y me sangraba el brazo y la pierna izquierda que habían amortiguado la caída. Traté de ponerme de pie, pero conseguí sentarme y  para mí era suficiente. Miré a un costado y luego miré hacia el otro. Nada. Estaba sola. El hombre había desaparecido, como si nunca hubiese existido, o tal vez sí, dentro de mi imaginación.

Cuando logré ponerme de pie, después de haber estado media hora tratando de recordar lo que había pasado, di media vuelta y caminé hacia delante, rengueando en dirección a la esquina, donde había dejado mi bicicleta. Tropecé con mi cuaderno (olvidé que lo había traído hasta allí) y muy despacio lo levanté. Lo abrí temiendo que el hombre hubiese hecho estragos con mis historias, que hubiese arrancado páginas enteras y se hubiese llevado consigo las mejores. Pero no fue así, me dejé llevar nuevamente por los prejuicios que venía acumulando, y muy claro, en la primera hoja de mi cuaderno (que yo había dejado en blanco por si acaso alguna vez debiera escribir la mejor de las historias), estaba escrito “Te observo”. 


“No comprendo” me dijeron cuando les conté. “Además de inventar, lo haces mal” “Si querés que te crea, mostrá pruebas, si no, rajá”. No lo había imaginado, estaba segura. Tenía las huellas de sus dedos en mi cuello, tenía la prueba escrita en mi cuaderno, pero tampoco quise entregárselos. Deseaba que pudieran ver más allá de lo que a simple vista parecía normal. Deseaba que pudieran creer, que pudieran tomar mi historia y hacerla suya, sin necesidad de una prueba más verdadera que la palabra. Ese era el dilema después de todo. Yo tampoco les había creído. Pero en algo se diferenciaba mi manera de actuar y mis pensamientos: elegí no creer en los prejuicios que había escuchado y formar un juicio propio.

 Tomé la historia de aquel hombre y la hice mía. Empecé a esparcir rumores, a comentar que aquel viejo canoso y solitario, guardaba un secreto y que me lo había contado. Que trabajaba de algo mucho más interesante que ser espía en las Fuerzas Armadas. Y que en su bolsillo, guardaba un arma mucho más peligrosa que la que le habían inventado. Y esta era la curiosidad. No robaba simples aparatos, ni pedazos de papel arrugados que figuran tener algún valor, como algunos ridículos afirmaban por ahí. Él se aseguraba de quitarte lo único que jamás pensaste que te podía faltar: el aliento. 

Pero algo de todo aquello era cierto y no tuve más remedio que callar. El hombre transformaba la quietud del silencio cuando el reloj daba la medianoche y entonces, los gatos allá fuera, se lanzaban a cazar. 

 

Entre las sombras de algún callejón oscuro y los susurros lejanos de la noche, la silueta de un hombre viejo se encuentra sola, destinada a esperar. 

…A esperar al siguiente curioso, al siguiente cobarde que se animé a decir la verdad. Pero él ya lo sabe, él ya te está observando desde algún rincón de la ciudad.    

lunes, 16 de enero de 2017

El sueño infinito de Mara

“Cada vez que Mara abría los ojos, en su pequeña habitación descolorida y con olor a antiséptico en las paredes, abría los ojos al mundo exterior. 
 Se tomaba sólo un par de segundos antes de estirarse y apoyar los pies en el suelo; un par de segundos preciosos, que le servían de prólogo antes de comenzar el día.
 Se calzaba un par de zapatillas de lona (las únicas que tenía), que tiempo atrás, al comprarlas,  recordaba que debían tener un color blanco, pero que ahora, con el desgaste y el paso del tiempo, lucían un tono amarillo. No era una fanática de su aspecto, ni del cuidado de su cuerpo; se vestía con un pantalón claro, y procuraba usar alguna remera que no delatara el olor del duro esfuerzo de cargar con el peso de su existencia, o que no usará el tiempo que tenía libre para desperdiciarlo lavando su ropa.
La habitación permanecía a oscuras hasta las 11 de la mañana, excepto por un vago rayo de sol que se filtraba por un agujero en la superficie del techo; luego Mara abría la persiana sólo hasta la mitad, porque le parecía que la luz de afuera era demasiado prepotente y cegadora, y temía perderse en una realidad ajena a la que ocurría puertas adentro. Preparaba café todos los días, era su motor de arranque, su placer incurable, y leía un capítulo de alguna novela  que tuviera pendiente, pero sólo uno, ni una página más, ni una de menos. Era una extraña manía que empezó y conservó desde pequeña, cuando su abuelo, Tito, comenzó a contarle cuentos de amor y de guerra, y (después de verla llorar y patalear varias horas por haber concluido precipitadamente el final de Romeo y Julieta) le aconsejó que así las historias se prolongaban por más tiempo, y hasta algunas, incluso, llegaban a nunca acabar.
En el confort y la seguridad de esas cuatro paredes, Mara, no sentía el paso del tiempo. Podían ser las doce del mediodía o las seis de la tarde de un año cualquiera, y ella seguía absorta en sus quehaceres cotidianos y en sus pensamientos. Éstos los dejaba pendientes una vez terminada la tarea de su hogar, suspendidos en algún rincón en el aire y volvía a retomarlos siempre por donde los había dejado. A menudo le gustaba transportarse  a Bahía Soledad, un lugar inventado por ella y para ella. Una isla perdida entre las tumultuosas ciudades de la realidad, un mar de secretos entres los ruidos de los aparatos de hospital y una paz desconocida entre la gente inquieta del otro mundo, del que se asoma allá afuera. Ella era la única persona que podía decidir si quería un final feliz en su ciudad inventada, o un drama nostálgico como el que cargaba a menudo. Sea cual fuese su elección, ella era la protagonista y nunca jamás se perdía un capitulo.
Cuando debía volver a las tareas de su pequeña habitación, dejaba los pensamientos y sus historias en pausa, segura de que al otro día volvería a cargarse de energías nuevas para enfrentar los nuevos desafíos que se le presentaran.
Allí la descubrí yo, en Bahía Soledad. Era una tarde nublada; ella había optado cambiar la trama que venía construyendo por un drama nostálgico para acompañar la tristeza que la acompañaba a ella.
No necesitó imaginarme, ni dibujar mis gestos ni ningún detalle de mi rostro, ni de mi cuerpo. Me adelanté a su imaginación, la ansiedad me devoraba y volé solo. Conduje por los túneles perdidos de la memoria dispuesto a hacerla recordar. La encontré acostada en la arena, observando el cielo, esperando que las nubes grises se saturaran y conviertan su ira en fuertes chaparrones. No notó mi presencia, ni siquiera cuando pasé delante de ella. Necesité hablarle, que escuchará mi voz, para traerla de regreso de esa nube gris que lloraba en silencio. Me dijo “vete de aquí, no molestes. Esta isla es mía, me pertenece, yo la inventé. Esta isla es segura y no quiero que  me encuentren”. Me sorprendí a mí mismo desanimado por aquella confesión desabrida, que estaba completamente seguro de que escucharía. Le expliqué serenamente que no buscaba sacarla de allí,  que vine a visitarla porque estaba preocupado y allá afuera empezaban a extrañarla. No contestó, pero adiviné en su silencio que no le interesaban los sentimientos que le pudiera ocasionar a alguien más. Por fin, estaba sola, había logrado ignorar todas las vías de escape que le ofrecieron para ayudarla a reaccionar y creo una propia.
Esa isla, ajena a cualquier sonido ensordecedor, era la vía de escape que Mara había estado creando durante los últimos dos años, para asegurarse que si debía volver en un futuro, lo haría cuándo y cómo ella quisiera.
Me acosté a su lado, y suspiré un par de veces. La había extrañado tanto…Quería abrazarla, deseaba que sintiera que no estaba sola, apartarla unos segundos de ese blanco sufrimiento; que mis suspiros además de secretos también le contaran historias, cortas y sin esperanza, pero al fin y al cabo, historias. Deseaba que pudiera decidir salvarse y enfrentará la realidad a la que tanto le temía y huía, pero esa decisión estaba en mis manos y no en las suyas. Aunque ella tratará de quitarme la pluma y seguir su rumbo, yo debía escribir un final.
Me levanté de la arena y la miré por última vez. Era como la niña que recordaba y despedí hace un tiempo ya, a la que le fascinaba devorar historias y enseñé a atesorarlas hasta la eternidad; y sin embargo era también los restos de una mujer desconocida, que ahora tomaba su lugar. Caminé hacia el frío e infinito mar que se lucía impotente y feroz delante de mí, y me hundí en él, dejando un centenar de huellas atrás. Un centenar de huellas que le recordaran cuanto la amaba, por si acaso, quisiera seguirme. Pero no lo hizo. Y con una última línea, en un último párrafo, termine de escribir.

 Y de nuevo volvió a pedirme que le contara el final de Romeo y Julieta, precipitadamente, y prometió, entre risas, que esta vez no lloraría.”

viernes, 13 de enero de 2017

Vasos vacíos

-Disculpe Sr, ¿Podría llenarlo?

Qué aburrido debe de ser hablar con alguien que ve la luna como una simple roca blanca suspendida en el cielo. Alguien que no sea capaz de imaginar un elefante en las formas que dibujan las nubes; ni que se atreva a pedir deseos a las estrellas, por miedo a que no se le cumplan.
Qué indiferente debe de ser aquella persona que ignora los susurros del viento en la noche y los confunde con simples lamentos. Aquella que observa una planta y no conversa con sus raíces, o que se sienta bajo un árbol y no acaricia sus ramas, sus hojas, sus flores.
Qué pena aquel que no planta una semilla para no desequilibrar el orden impuesto. Aquel que no ríe a carcajadas para no molestar a los sordos del corazón y a los muertos; ni da la mano, por si acaso en una de esas se aprovechan y lo agarran de los pies. Aquel que cubre sus ojos con un antifaz para ocultar lo que no quiere ver.
Qué repulsión me genera aquel que silencia al más pequeño porque sólo da por segura y verdadera la opinión del más grande. Aquel que se adelanta y empuja al débil, para que no retrase al que va detrás y es más fuerte; y el que aplasta y humilla al diferente, para que no se mezcle con los iguales.
Qué inhumanos debiéramos ser para correr la vista hacia un costado y fingir que nada de esto está pasando. Para pintar la escenografía de azul claro, cuando detrás inunda el negro indiferencia y nos cubre las manos, los pies, el cuerpo, los oídos y la lengua.
Qué crueles debiéramos ser para no asumir que si lastiman al otro nos sangra la herida a nosotros.
Cuánto poder, cuánta riqueza nos han hecho creer que tenemos y sin embargo acá estamos, mendigando migajas de compasión, de cariño y de afecto. Cuánta pobreza habrá en el alma del que cree que con dinero puede solucionarlo todo, cualquier inconveniente, que con un regalo es suficiente y no es capaz de pararse frente a un espejo y preguntarse si ese no es el verdadero problema.
Cuánta ignorancia debe llenar mi vaso, por tomar lo que no es mío y hacerlo nuestro. Por hacerme cargo de lo que fui y decir que es lo que pienso.

-Otro trago, por favor.
Pero esta vez, desbórdelo.   


  

miércoles, 11 de enero de 2017

Dulcemente amargo.

La vida nunca fue tan amarga,
desbordando tristeza en una taza
y nadie quiere probarla.

La vida nunca fue más alegre,
desbordando dulzura en una cuchara
y a nadie le alcanza.

Dulcemente amargo,
el sabor del engaño.
Alegremente triste,
los recuerdos olvidados.

Infinitamente siempre,
mil veces,
te prefiero a ti.