domingo, 12 de febrero de 2017

Lágrimas de un sauce

Si no vuelvo a verte más
Igual me levantaría a las diez.
Como hago cada mañana,
cada mes.
Si no vuelvo a verte más
Igual tomaría el mismo tren.
No correría por el de las diez y media
Sé que lo voy a perder.

Las cosas que dejaste en el camino:
las calles, los recuerdos, los amigos
Seguirían iguales, inmóviles
Y yo…extrañándote.

Amor mío, vete ya.
Arrojame al olvido y no mires atrás.
Los has hecho una vez y si hoy te vas,
cubriré las heridas con tinta negra,
como si no lo hubieses hecho jamás.

Amor, si no vuelvo a oír tu voz
Tendrías una llamada perdida
Cada lunes por la tarde,
cada semana en tu corazón.

Y si volvieras a buscarme
(No, sé que no lo harías)
Si te atrevieras a intentarlo
Me hallarías entre las lágrimas de un sauce.

Aquí las cosas empezaron a marchitarse:
Los pétalos de las flores,
los segundos del reloj.
El cielo gris y desteñido,
el cristal hecho añicos.

Amor mío, vete ya.
No demores la despedida
Más difícil será.
Y es a mí…
a quién le duele más.

Y amor, si no vuelvo a verte
Lloraré la vida entera.
Hasta morir y secarme

Hasta morir y encontrarte. 

jueves, 9 de febrero de 2017

Arena y mar

 Fuimos juntos a la playa. Era de noche. Las nubes cubrían parcialmente la claridad de la luna y asomaban pequeños destellos plateados entre las oscuras grietas del cielo. Se aproximaba una despedida descomunal, arrasadora e inevitable y, como si el recuerdo latente de un triste y perdurable adiós nunca antes mencionado destejiera los nudos de mi alma, me preparé para barrer los escombros y convivir con la pena.
Me tomó de la mano, nunca nadie lo había hecho. Fotografié sus ojos con la cámara de mi memoria y grabé para siempre, en los archivos de mi corazón, la magia de su roce. Pronunció una palabra, simple, ordinaria, y rompió el silencio envuelto en nuestras almas. Él dijo “corre” y los dos nos precipitamos hacia el infinito y embravecido mar que se abría ante nosotros, como los pétalos de una rosa negra, y nos regalaba la embriagante dulzura del placer de nuestro primer y último encuentro.


Nunca imaginé que una palabra tan breve podría arrastrar una corriente de sensaciones: incertidumbre, ansiedad, miedo, euforia. No era simplemente una frase que moría en el olvido de los distraídos. Contenía algo más poderoso, como una invitación a la locura, un atrevimiento a la cobardía, una carga de peso vacío, la soltura del dolor que llevaba dentro.


Corre” me repetí a mí misma y no volví a mirar atrás.

La arena penetro en mis pies con tal suavidad que jure nunca más regresar a pisar el asfalto nuevamente. Todo lo que siempre quise estaba ahí, junto a mí, empapándose de mar y locura. De su mirada café desprendían grandes, poderosos y resplandecientes destellos de luz que encendían pequeñas, discontinuas pero sugerentes chispas en la curva de mi sonrisa. No sabía cuáles secretos escondía, ni pretendía descifrarlos. No quería cavar más profundo. Había desnudado mi alma y con eso me bastaba.

Eché la cabeza hacia atrás y deseé que todas las estrellas brillaran, como faroles suspendidos en el cielo, sólo para nosotros. Cerré los ojos para ver más allá de la realidad inalterable y pude imaginarnos bailando en las olas de las casualidades, peleando contra la irreversible marea del destino.
No quise perderme por mucho más tiempo en los laberintos de la imaginación, sabía que el tiempo no me regresaría los segundos inventados y volví a encontrarme entre las grietas de lo que es real y verdadero. Él estaba esperándome en esos huecos y comprendí que era suficiente conservar el reloj intacto sin necesidad de retroceder las agujas.

Abrí los ojos nuevamente y lo vi mirándome con toda la ternura de quién es capaz de soportar el peso de una despedida y camuflarla entre los vestigios de las esperanzas.
Volviste” susurro. “Nunca me fui” le respondí. “Entonces corre y abrázame
Y fui a caer directo en sus brazos.

 Ese era nuestro destino, pensé. Correr hacia ningún lugar, hacia ninguna parte. Huir de lo que tememos para refugiarnos en lo que conocemos. Borrar las huellas, dibujar otras nuevas. Formar parte de todo sin ser dueños de nada. Y en la casualidad perdernos o encontrarnos, amarnos u odiarnos, volvernos locos de remate o cuerdos inestables pero siempre correr, juntos o separados, hacia adelante.


 Yo estaba cansada de correr. Quería parar, detenerme en el tiempo, atreverme a vivir sin necesidad de esperar un futuro que nunca llegaría, ni armar las piezas gastadas de un pasado remoto. Necesitaba el sendero incierto del hoy, para caminar por el asfalto seguro del mañana.
 Quizá fuese el poder de la palabra el impulso que me dio coraje, la invitación a perderme, a caer en las profundidades oscuras de la incertidumbre, o tal vez él, que me invito a soñar despierta, a conversar con las estrellas invisibles y a encontrar suelo firme entre los valles de la tristeza. Él me regalo un instante en el tiempo, la inolvidable imagen del recuerdo. Era él la verdadera magia, la poderosa ilusión de lo irreal, la certeza de lo desconocido. 

 Aquella noche me dijo entre líneas que parara la batalla, que únicamente debía esperar. Susurro: "La ola de la casualidad es la corriente del destino. No existe un final para las almas que buscan reencontrarse”. Yo sólo asentí, quería que siguiera diciendo frases incoherentes, que dibujara borradores de caminos, no me importaba. Quería creer por sobre todas las cosas en la magia de sus palabras. Ojala pudiese retroceder las manecillas del reloj y abandonar la  batalla cuando debí hacerlo, pero no puedo.

 Hubiese deseado quedarme bailando entre las olas de las casualidades infinitamente para volverlo a ver, detener el tiempo y esperar la inevitable corriente del destino y correr.